El hilo conductor de las fuerzas del mal llega desde el gerifalte hasta el más insignificante de los subalternos que salen en procesión. Y para ilación malévola ya están las redes sociales como instrumento creciente de expansión y contracción de designios cavernosos.

Por sindicato del crimen se entiende aquel que institucionaliza el delito a través de organizaciones vertebradas para incumplir la ley y sacar partido. Por analogía, existe un sindicato del mal cuando éste se institucionaliza y queda travestido en organizaciones legales, de manera que puede actuar impunemente contra la verdad, el discernimiento y la dignidad de las personas.

Las dos características definitorias del patrón del mal hogaño son la sindicación y la mistificación como reinterpretación permanente de la realidad o de los hechos, dándoles la apariencia contraria. De este modo es como el sindicato del mal vive su apoteosis en Estados Unidos. No debe asombrar que los rapsodas del sistema no tardaran en cargarle el muerto del numerito del Capitolio a Donald Trump, ni que le expulsaran de las redes sociales dominantes, ni tampoco que precintaran las alternativas a esas plataformas.

Por mor de los enseñoreados de internet y sus pulsiones totalitarias, ya podemos presumir de ser los antropoides mas instrumentalizados de la historia: usuarios de usar y tirar cuando convenga al capo de la tecnología y asociados. El esclavismo ha dejado de ser una iniquidad contingente a la organización política: ahora es una vocación oligárquica del sindicato del mal.

Haciendo cronología de los hechos, se podía leer en redes sociales la proclama de un político subalterno del globalismo en España sobre lo ocurrido en el Capitolio (que aún colea en los pudrideros políticos y mediáticos). Finalizaba así: “Nosotros estamos en el lado correcto de la historia“.

Analizada en cordura, la soflama derrama un puñado de miasmas de progenie moderna, revitalizadas por los nuevos poderes omnímodos: moralina para los renuentes, superstición para el pueblo, historicismo para los curiosos, propaganda para los manuales, politiquería para el ciudadano y carnaza para las audiencias. Pecados domesticados por el imperio del mal, que ya se permite hasta el lujo de recibir la aprobación por su obscenidad censora en redes sociales, o por la maniobra de mistificación el día del supuesto asalto al Capitolio. Convertido el presidente useño en chivo expiatorio, el leviatán globalista ya tenía la coartada perfecta para cerrarle el grifo de las redes sociales y mandarle al calabozo digital de los censurados.

El sindicato global del mal ha aprovechado la inercia de la modernidad y sus miasmas (en especial, la emancipación absoluta del poder político y la religiosa subordinación de los ciudadanos a la política y la propaganda) para terminar de implosionar todo orden consustancial al hombre. Faltaban los tribunales digitales de oprobio y ajusticiamiento popular, el último golpe de mano de los saboteadores que pretenden imponer un lado correcto de la historia valiéndose para ello de los rapsodas de telediario.

Pero hay cosas que pasan inadvertidas. Al día siguiente del asunto del Capitolio, comparecía el presidente dejando una interesante reflexión. Llamaba a la unidad de los norteamericanos con la finalidad de superar la convulsión que atraviesa el país. Lo hacía requiriendo "un énfasis renovado en los valores cívicos: patriotismo, fe, caridad, comunidad y familia". Un pentalema que ha pasado desapercibido para saboteadores y rapsodas, pero no para la rebelión patriótica que defiende el tradicionalismo americano bajo el nombre de trumpismo, y que hace frente al sindicato global del mal en los Estados Unidos. La voz cantante de la rebelión la lleva un calavera, devenido en el aristócrata que requería el pueblo para salir del armario de Silicon Valley y Wall Street y restaurar el orgullo de ser americano.

Lejos de caer en la desesperación, el pentalema de Trump y el oprobio padecido por el trumpismo nos ayudan a entender que ser censurados por el lado correcto de la Historia solo puede ser una bendición para quienes buscan el sentido virtuoso de la vida.