Han pasado ya dos semanas desde que terminó la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ) en Madrid. En su transcurso, el evento generó 54.000 noticias en los teletipos de 108 países, a lo que se añade la gran cantidad de artículos posteriores. En una lectura demasiado ligera, algunos han juzgado que este tipo de iniciativas solo sirven para entusiasmar a los convencidos, y para encrespar más todavía a los contrarios. Sin embargo, pienso que una mirada más profunda nos ayuda a ver las cosas mucho más matizadas, hasta el punto de reconocer que ´algo´ se ha movido en nuestra sociedad con motivo de la celebración de la JMJ.

Es cierto que algunos de los medios de comunicación se han centrado en las reacciones más viscerales; algunas de las cuales, por cierto, nos han parecido más propias de la famosa «niña del exorcista» retorciéndose al contacto con el agua bendita. Pero aun siendo cierta la existencia de estos círculos virulentamente anticlericales, pienso que el fruto principal de la JMJ no es perceptible desde las crónicas de brocha gorda. En efecto, me han llamado la atención algunos artículos de calado como el de Mario Vargas Llosa, quien reconoce el signo transmitido en la JMJ, y concluye que en su día fue un error pensar que la evolución cultural hacia la modernidad resultaría incompatible con la fe religiosa.

También me ha impresionado comprobar cómo algún periodista de crónica religiosa, que se había caracterizado por denostar de forma indisimulada la JMJ («pastoral triunfalista», «fuegos de artificio», etc.), ha reconocido públicamente su equivocación, al comprobar los frutos producidos (según la encuesta de la consultora GAD3, el 81 % de los participantes reconoce haber reforzado su relación con Dios, y el 55% afirma haber avanzado en el discernimiento de su vocación). Yo también puedo dar testimonio de más de un sacerdote y religioso que había juzgado críticamente la JMJ y que había optado por no implicarse en su convocatoria que se ha sentido positivamente ´tocado´ por una juventud admirable. Uno de ellos decía: «He visto de cerca a estos jóvenes, y tengo que reconocer que fuimos injustos al acusarles de ´papalatría´».

Ya antes de acudir a Madrid, los peregrinos de todos los rincones del mundo que convivieron unos días entre nosotros fueron capaces de arrastrar a muchos jóvenes, e incluso a familias, camino de la JMJ. No olvidemos que los meses y las semanas previas a la JMJ no era previsible una movilización de jóvenes españoles tan grande como la que finalmente se produjo. El número de inscripciones de peregrinos de los demás países era muy numeroso, pero no así el de los españoles.

Pues bien, una de las explicaciones de esa asistencia de cerca de dos millones de jóvenes en Cuatro Vientos -como apunte orientativo, las compañías telefónicas han servido el dato de que en el recinto fueron 1.560.000 las terminales telefónicas que estuvieron activas-, que a todos nos ha dejado sorprendidos, la tenemos que buscar, entre otros factores, en la gran animación que los peregrinos venidos de todas las partes del mundo realizaron entre los españoles, los días previos a la JMJ. ¡¡Su alegría y madurez nos habían conquistado!!

Una vez más, como en tantos otros momentos de la historia de la Iglesia, comprobamos cómo la ´catolicidad´ (universalidad) de la Iglesia es sanadora de nuestras crisis locales. Un día fuimos nosotros quienes llevamos la fe al Nuevo Mundo. Ahora llega el momento de abrirnos humildemente a todos los carismas que puedan rejuvenecernos.

Si se me permite destacar una anécdota de mi estancia en Madrid, me llamó la atención que los taxistas con los que tuve ocasión de charlar durante esos días subrayasen su asombro y alegría (siempre he pensado que el gremio de los taxistas es uno de los que más sentido común suele demostrar, por aquello de conocer la realidad social a pie de calle). Me decía uno de ellos: «Yo soy testigo de la degeneración progresiva que se ha producido en los últimos años, en la forma como los jóvenes viven el ocio por las noches. Y solo puedo decir que esta juventud que estamos viendo estos días me llena de esperanza. ¡Me gustaría que mis hijos recibiesen ese tipo de educación moral!». Yo le apunté que la clave de los valores de esa juventud no estaba tanto en la moral en sí misma, sino en haber descubierto a la persona de Jesucristo. ¡Sin Jesucristo y sin su Evangelio es imposible una juventud así! El taxista calló y me señaló la imagen del Cristo de Medinaceli que tenía puesta en el salpicadero.

No quiero concluir sin hacer referencia a la imponente presencia del Orfeón Donostiarra en la JMJ. No olvidaremos nunca aquella tormenta de Cuatro Vientos, que nos dejó empapados en la celebración de la Vigilia nocturna, a la que siguió un impresionante silencio en el que adoramos a Jesucristo presente en la Eucaristía... Un suave y precioso canto se elevó en aquel momento: «¡Ave verum Corpus natum de Maria Virgine!» («¡Salve, verdadero Cuerpo nacido de María Virgen!»). ¿Cantaba el Orfeón Donostiarra o era el coro de los ángeles cuyas voces llegaban hasta nosotros?

El Diario Vasco