La tremenda crisis económica que padecemos no tiene su origen en guerras o grandes cataclismos, en ningún ciclo depresivo, en turbulencias de los mercados ni en las maniobras de los famosos especuladores, que en épocas muy pasadas es les llamó agiotistas, sino en la mala cabeza de los políticos, de los gobernantes, muchos de ellos manirrotos patológicos, keynesianos impenitentes o compradores de votos con el dinero del contribuyente.

La cosa empezó con mal pie en tiempos de Clinton como presidente de EEUU, hace unos veinte años. Entonces el gobierno de Washington empezó a estimular la economía americana recurriendo al ladrillo y al crédito fácil a todo comprador de vivienda, coche o lo que se terciara, fuera solvente o no, tuviera o no un empleo más o menos seguro. Cierto que, como dicen los franceses, cuando la construcción va bien, todo va bien, pero nunca hay que pasarse de rosca, pues de lo contrario no hay forma de ajustar las tuercas ni embridar al caballo cuando se desboca.

Dicho modelo, que alegraba la economía y creaba empleo –inicialmente-, fue seguido por otros muchos países, entre ellos España, sin embargo, el gigante tenía los pies de barro. Por de pronto se construyó mucho más de lo que el mercado podía digerir. Los bancos concedieron hipotecas sin ton ni son, a lo loco, incluso por encima del valor de los inmuebles, pensando que la espiral de precios seguiría creciendo indefinidamente, de manera que lo que hoy se tasaba en cien, pasado mañana ya valdría ciento diez. Es decir que el negocio estaba siempre asegurado, pero llegó el frenazo, porque la locura compradora no podía seguir, y muchas de las entidades de crédito se dieron el batacazo, y con ellas, los gobiernos y demás entes públicos, que se pillaron también los dedos, al recaudar muchos menos impuestos y no poder cumplir sus compromisos de gasto.

¿Entonces qué hicieron –o qué han hecho- los gobiernos para mantener su paradigma rumboso, derrochón y clientelar que ellos mismos habían propiciado por egoísmo electoral? Como de costumbre, recurrir al crédito, endeudarse hasta las cejas, convertirse en esclavos de los acreedores, sean inversores de fondos o los mismos bancos y cajas de ahorro, maltrechos y depauperados por las hipotecas basura de la burbuja inmobiliaria. O, finalmente, siervos del Banco Central Europeo aquellos que tenemos una moneda común con los demás países de la Unión Europea, que termina imponiendo el camino a seguir, que para algo tiene la llave del cajón de las perras. Como dice el clásico, al remate no hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague, y ahora hay que hacer frente a los préstamos, a los vencimientos con la caja vacía, exhausta, esquilmada por gobernantes incompetentes y demagogos, tal que Obama y Zapatero, los cuates de la conjunción planetaria que anunció en su día una simple que ha llegado a ministra.

La moraleja de esta situación que terminaremos pagando todos sin comerlo ni beberlo a costa de empobrecernos, es la que da de sí inevitablemente el keinesismo. Cuando se pone la carreta por delante de los bueyes, se desata la inflación, se desquicia el sistema productivo, el Estado se arruina agobiado por cargas que al final no puede pagar, y su ruina acaba sumiendo en a la pobreza a la generalidad de la población. El keinesismo es muy bonito al principio, cuando el Gobierno inunda el sistema económico con confeti fiduciario, para estimular la demanda. Sin embargo, como no tiene una base sólida que lo respalde, al menor contratiempo se viene abajo como castillo de naipes, y deja al descubierto el espejismo de su aparente prosperidad, más ficticia, como el papel moneda que lo sostiene, que real. La política económica es demasiado seria para dejarla en manos de curanderos y prestidigitadores políticos, y menos si son socialistas y/o masones, es decir, sectarios y aprendices de brujo de la ingeniería social.