El diálogo, con todos sus riesgos y oportunidades, ha marcado la vida del hombre y del obispo Angelo Scola. Tanto que para dar forma a su autobiografía ha preferido la insólita forma de una conversación. Y no porque le faltaran recursos para dibujar su propio relato sino porque, para él, la fe y la vida solo crecen a través de su exposición, midiéndose con alguien presente y diferente.

Angelo Scola reúne cualidades y acentos que raramente conviven en una misma persona. Es uno de los grandes obispos-teólogos de esta época; un gobernante nato y un intelectual que se atreve a formular hipótesis audaces como la «nueva laicidad» o el «mestizaje de las civilizaciones»; arraigado en la tradición y disponible a verificarla en escenarios nuevos como la neurociencia, las migraciones masivas o la economía globalizada; un testigo fuerte de la fe y un constructor de puentes; un hombre de pueblo, en el sentido profundo de la palabra, que gusta del diálogo cuerpo a cuerpo con los sencillos, pero que está excepcionalmente dotado para encontrarse con los grandes del pensamiento contemporáneo. El trabajo de la Fundación Oasis documenta su perspicacia y altura de miras para afrontar temas como el diálogo con el islam, la laicidad o las migraciones.

En el prefacio de su autobiografía sintetiza con precisión las opciones del momento eclesial: hay un modo de concebir la fe que tiende a reducir el cristianismo a mera religión civil, cuya función principal sería actuar como cemento de una sociedad fracturada; hay otro modo que propone una especie de retorno al Evangelio puro, de modo que ocuparnos de los grandes debates culturales y civiles del momento nos distraería de la única urgencia de comunicar la misericordia de Cristo. Para el cardenal lombardo ni una ni otra interpretación expresan adecuadamente la verdadera naturaleza del cristianismo: un acontecimiento que nace de un encuentro, suscita un testimonio y genera pertenencia a una comunidad. Según Scola la vía de la Iglesia es hoy estrecha como la cresta de una cadena montañosa. Se trata de vivir el misterio de la fe en toda su integridad, de modo que el sujeto eclesial llegue a explicitar todas sus implicaciones. Solo así la fe se «amasa» con las vicisitudes humanas (afecto, trabajo, política, descanso…) y muestra su pertinencia para la vida, su belleza y su verdad que se ofrecen permanentemente a nuestra razón y nuestra libertad.

Un aspecto que resulta admirable en estos últimos años es la forma en que ha vivido su relación con el Papa Francisco. Nunca ha ocultado sus diferencias de formación y de estilo, pero al mismo tiempo ha mostrado un fuerte deseo de aprender y de ensimismarse con su forma de comunicar el Evangelio y sus gestos de cercanía a la gente, y una gran disponibilidad para acoger el bagaje de esa fe popular que Francisco ha traído desde América al corazón de la Iglesia.

A sus 77 años el cardenal Scola sigue teniendo mucho que decir a la Iglesia y al mundo. Lo seguirá haciendo con la libertad que le ha permitido liberarse de todos los corsés con los que, unos y otros, han tratado de aprisionarle tantas veces; y con la misma inteligencia de la fe que le permite una mirada realista y esperanzada sobre este momento de la historia, sin ceder a la lamentación ni al victimismo, siendo un adelantado de la «Iglesia en salida» a la que urge sin descanso el Papa Francisco.

Publicado en Alfa y Omega.