La verdad no depende de lo que un hombre cualquiera tenga por tal. Precede y trasciende a ese hombre y al resto. Es anterior al hombre y no muere con él, porque la verdad no perece, es eterna por definición. Asunto este que pone muy furiosos a los nuevos comecuras de la política, ignaros de que las mayorías o cualquier otra proposición matemática jamás será la verdad en si misma ni dará por sí una verdad aunque contenga algún cálculo certero, tal como dijo Benedicto XVI.

Con la aprobación de la Ley de Memoria Democrática vuelven a darse de bruces los sufragistas benevolentes que pensaban en las bondades de la democracia moderna como el sancta sanctorum de la libertad religiosa y demás derechos fundamentales. Para su desilusión, no ha resultado ser más que una democracia caída (dicho en el mas teológico de los sentidos) que no tiene más ley moral que la propia democracia. En otras palabras, si la ley siempre fue la ordenación de la razón al bien común, con la llegada de la democracia caída la ley ordena la razón común en aras del mal con el asidero de la voluntad popular. Allá donde cualquier cosa pueda ser aprobada por el bodrio parlamentario, nada está a salvo.

Ya en sus orígenes, la democracia homologada en la voluntad popular no tenía más ordenanza que la propia voluntad plasmada en el contrato social. Esto la convertía abiertamente en enemiga del Derecho Natural y de la Religión. Pensar que semejante engendro podría pilotar el buen orden de las sociedades no es otra cosa que lo que los modernos llaman wishful thinking. El catolicismo liberal y el catolicismo Bambi viven escandalizados y empecinados en que son las acometidas atrabiliarias de una u otra ideología las que pervierten el sancta sanctorum democrático. Pero una democracia caída trasciende a lo meramente político, y aspira a construir la verdad por encima de la Verdad, porque la democracia antes que forma de gobierno fue pulsión revolucionaria desde tiempos inmemoriales y esa es su vertiente real. ¿Y qué es la Revolución sino un proceso antropológico consistente en la rebelión del hombre común contra Dios? ¿Y que representa la democracia moderna sino una especie de cruz con la que tenemos que cargar los cristianos, habida cuenta de todas las leyes inicuas y desmanes instituidos en su nombre?

Recapitulando, la mayor memoria democrática jamás contada acaeció hace unos dos mil años cuando Pilatos preguntó a la voluntad popular de por aquel entonces si había de liberar a la Verdad, o a la canallería; y la turbamulta democrática vigente no lo dudó ni por un instante: la verdad debía ser crucificada, muerta, y sepultada. Claro que con lo que no contaba la turbamulta era con la resurrección, que cortocircuitó para siempre la psique democrática, convertida ad aeternum por su deicidio en democracia caída. A los últimos herederos de la democracia caída, el Valle y su abadía se lo recuerdan cada día. Por eso no les queda más solución que profanarlo y demolerlo.

Más allá del horizonte faccioso de la Ley de Memoria Democrática en realidad se trata de otro instrumento al servicio de la Revolución, que (no lo olvidemos) es la ideología de Satanás y consiste en manejar las pulsiones humanas a su antojo para hacer añicos el Reino de Dios en la Tierra. Desde que le frenaron los vuelos en Trento, el diablo ha mandado al grueso de sus adláteres a inmiscuirse y malquistar en la política; así hizo del liberalismo la renovación del pecado original, y de la democracia caída su universalización.

Una vez aprobada la Ley de Memoria Democrática que profanará el Valle de los Caídos y lo convertirá en un cementerio civil, solo quedará la Cruz. No les quepa duda de que los pupilos del ángel caído defenderán la democracia de su jefe e irán a por Ella, tal como hicieron hace unos dos mil años. Es de temer que el catolicismo liberal y el catolicismo Bambi seguirán con sus pataletas dialécticas entre democracia y dictadura, sin enterarse de cómo la ideología de Satanás, enmantada en el régimen político que más le conviene, proscribe una y otra vez la Verdad. Es hora de tener memoria democrática y recordar que la voluntad popular condenó a Jesucristo y liberó a Barrabás.