Nos disponemos a vivir la fiesta de Santa Teresa. Como todas las fiestas de los santos, esta también fomenta en nosotros el deseo de acercarnos más a su figura, a lo que hizo, a lo que escribió y a lo que nos legó.

Quisiéramos de alguna manera sentirla, tocarla, traerla a nuestro tiempo, pues intuimos que podemos encontrar en ella respuestas a lo que nos inquieta y nos apremia.

Para colmar estos deseos nuestros, Santa Teresa se nos ofrece muy a mano, pues ella vivió 67 años muy intensos y dinámicos en los que nos dejó muchos pliegos escritos, muchos kilómetros recorridos, muchos consejos dados y muchos lugares impregnados de su figura.

Pero de todos ellos quisiera, como capellán que soy de carmelitas descalzas, destacar uno donde, a mi parecer, mejor se palpa esta realidad. Y es que Teresa vive en sus carmelitas.

No en vano son sus hijas espirituales, las depositarias de la reforma que emprendió, de la espiritualidad que vivió, de las enseñanzas que transmitió, de su manera de ver la vida y de esa relación tan especial y sublime que tuvo con Dios.

En ellas uno puede encontrar esa jovialidad, entusiasmo y pasión por Jesucristo y por su Iglesia que caracterizó a Santa Teresa.

Viven como ella, inmersas en Dios en su atrayente clausura y, por ello, polarizadas por la situación del mundo, de las almas, de la Iglesia. Son ese remanso de paz en medio de una ajetreada sociedad, a la que gritan desde su silencio las sabias palabras de su Santa Madre: “Nada te turbe, nada te espante…” Asumiendo una gozosa pobreza llena de sencillez, desprendimiento y austeridad, demuestran la perenne verdad del “Solo Dios basta” que brotó a los puntos de la pluma de Santa Teresa y supo transmitir a sus hijas.

En definitiva: ese rostro alegre, vivo y actual de Santa Teresa lo podemos encontrar hoy en los innumerables conventos de carmelitas que, esparcidos por el mundo, mantienen el espíritu de su santa fundadora. Gracias a ellas, dentro de sus muros, encontramos no solamente reliquias de tiempos pasados, sino algo aún más importante: una Santa Teresa que sigue viva a través de sus hijas y, por ello, al acercarnos a ellas, bien podemos exclamar: ¡Teresa vive!

El padre Arturo Díaz es el capellán del Monasterio de la Encarnación de Ávila.