Uno de los libros recientes más importantes para comprender lo que está sucediendo en el Medio Oriente ha sido escrito antes que estallasen las revueltas. Pero las conclusiones son proféticas. “Con pocas excepciones, se lee en las últimas páginas, los países de la región no son competitivos en un mercado global de productos y servicios; sus sociedades civiles están poco organizadas, y bastante reprimidas, para suministrar los contrapesos políticos necesarios para sostener un régimen democrático. Si los gobiernos dictatoriales de la región tuvieran que caer por arte de magia, el desarrollo de un fuerte sector privado y de la sociedad civil requeriría decenios”. Así escribe el economista estadounidense de origen turco Timur Kuran, profesor en la University Duke y uno de los mayores estudiosos mundiales de la sociología de la economía, en su nuevo volumen The Long Divergence. How Islamic Law Held Back the Midle East. (“La larga divergencia. Cómo la ley islámica ha mantenido retrasado al Medio Oriente”), Princeton University Press, Princeton – Oxford 2011).
 
Kuran es conocido entre los sociólogos por su teoría de la falsificación de las preferencias, según la cual el conformismo social lleva a muchos a manifestar un consenso público sobre tesis de las cuales no están convencidos en su interior, creando ilusiones ópticas las cuales son después desmentidas por revoluciones no previsibles como la de Irán en 1979, sorprendente para quien daba por buenos los sondeos sobre la presunta popularidad del Shá. A la vista de los resultados electorales. ¿cuántos en Italia insisten en que “ninguno de sus amigos vota a Berlusconi”, sorprendiéndose luego de los votos que el mismo Berlusconi consigue en las elecciones? El fenómeno del cual se ocupa Kuran en este volumen es simétrico a la falsificación de las preferencias: el conformismo social empuja a muchos musulmanes a repetir la tesis según la cual la ley islámica, la sharia, sería la solución de todos los problemas de sus Países, si por lo menos los gobiernos no fuesen corruptos o poco islámicos y la aplicasen fielmente. Pero, se pregunta Kuran, ¿Y si fuese lo contrario? ¿Si la sharia no fuese la solución sino, precisamente, el problema?
 
Kuran es lo contrario de un enemigo del Islam.  Desde 1993 al 2007 ha sido Titular en la Universidad de California del Sur de la Cátedra Rey Feisal de estudios islámicos, financiada por Arabia Saudita. En el libro aclara también repetidas veces que no considera el Islam de por sí un factor de subdesarrollo económico y cultural, y que la sharia de los primeros siglos islámicos garantizaba el desarrollo de la economía y del comercio en un marco jurídico que no solamente era superior al de la Arabia pre-islámica, sino que no desfiguraba tampoco el parangón con la Europa de la época. Cita los estudios del historiador de la economía Angus Maddison (1926-2010), según el cual, en el año 1000, el Medio Oriente islámico contribuía al Producto Interior Bruto (PIB) mundial con el 10 %, semejante al 9 % de la Europa cristiana. Pero, según el mismo estudioso, en 1700 la cuota de PIB mundial del Medio Oriente había caído al 2 %, menos de una décima parte de Europa, que había alcanzado el 22 %.
 
¿Qué es lo que ha sucedido en ese intervalo de tiempo?  Es conocida la pregunta del histórico Bernard Lewis sobre las derrotas militares islámicas que comienzan a fines del siglo XVII y que nadie en el mundo musulmán había previsto: “¿Qué es lo que se ha torcido?”. Kuran reformula la misma pregunta para la economía. Las dos respuestas que Lewis detecta en el mundo islámico para la política, aplicadas a la economía, son para Kuran ambas insatisfactorias. La primera postula –precisamente – que la decadencia del Islam deriva de su alejamiento de la sharia. Pero la “divergencia” desfavorable, la brecha con Europa se manifiesta primeramente en que algunos Países islámicos – en primer lugar el Imperio Otomano – comienzan a adoptar soluciones jurídicas diversas de la sharia, no después. La segunda, por el contrario, considera el Islam como especialmente contrario al comercio y a las finanzas, y cita como ejemplo la prohibición de la usura. Por el contrario, argumenta Kuran, el mismo Mahoma (570 ó 571-632) era un mercader, el Corán alaba el comercio y la prohibición de la usura estaba presente en la Europa cristiana del Medievo. Ni convence a Kuran la tercera explicación, tercermundista o marxista, según la cual son los estados colonialistas europeos la causa del subdesarrollo del Medio Oriente. Los datos de Maddison no dejan resquicio: la economía europea ganaba por diez a uno a la del Medio Oriente ya en el año 1700, antes del colonialismo y cuando el retraso militar y territorial del Islam acaecido tras el fallido asedio de Viena en 1683 estaba apenas iniciado. Estas derrotas militares son por lo demás –o así lo piensa Kura – el efecto y no la causa del retraso económico.
 
El problema principal que Kuran identifica es el del derecho comercial.   La sharia se ocupa también de los contratos de la sociedad, y las formas societarias que conoce para empresas comerciales son variantes y analogías de aquella que en Europa es la sociedad en asociación, en la cual se unen socios comanditarios – que aportan capital, pero no intervienen en la administración de la sociedad – y socios generales, que gestionan de hecho la sociedad. Cuando los socios generales – esto es, los mercaderes – aportan también aunque menos su capital, y no solamente su trabajo, al mismo tiempo que los comanditarios – esto es, los meros financiadores -, la sharia habla de musharaka o de mudaraba.
 
No se deben infravalorar, insiste Kuran, los valores de estas asociaciones musulmanas, que han funcionado de forma razonable durante varios siglos. Sin embargo, en la sharia estaban inherentes desde el origen también sus problemas, irrelevantes en sistemas comerciales relativamente sencillos, pero dramáticos cuando el comercio deviene internacional y complejo. La asociación islámica puede ser disuelta a petición de uno cualquiera de los socios. Cosa más grave todavía, si se disuelve cuando muere un socio. No tienen que entrar automáticamente los herederos, y aunque exista el acuerdo de estos últimos para continuar – o mejor, refundar – la sociedad, las dificultades prácticas son enormes, porque un musulmán rico tiene varias mujeres  y muchos hijos, y la sharia impone, antes que esto suceda en Europa, una distribución igualitaria de las acciones hereditarias. Es verdad que la sharia se aplica necesariamente sólo a los musulmanes. Los no musulmanes que viven en un país islámico pueden disolverlas por sus contratos, pero no están obligados a hacerlo. La pena de muerte por la apostasía, y las sospechas que caen sobre quien se asocia con un no musulmán como potencial apóstata, desaconsejan, sin embargo, las sociedades entre mercaderes musulmanes y cristianos y los hebreos los cuales también, libres de los obligaciones de la sharia, actúan con gran éxito en los países islámicos, hecho éste que está también en la raíz de las seculares envidias y hostilidades.
 
La asociación es una sociedad de personas, no de capitales. La sharia es de por sí hostil a la personalidad jurídica dada a una entidad que – por usar la fórmula, retomada por Kuran, del jurista y hombre político del siglo XVIII, el británico Edward Thurlow (1731-1806) – “no tienen cuerpos que puedan ser castigados, ni almas que puedan ser condenadas” Con gran dificultad se introduce, sobre la base tradicional de la asociación, la idea de una responsabilidad limitada de los socios, que es, sin embargo, cosa distinta de una responsabilidad limitada de la sociedad. Ésta no tiene personalidad jurídica y puede ser atacada siempre por las deudas de un solo socio. Incluso cuando en 1851 el sultán turco Abdulmecit (1823-1861) funda la primera sociedad con acciones del mundo islámico, de la cual él mismo es el principal accionista, la sociedad de transporte marítimo Sirket-i Hayriye , ésta presenta ciertamente la gran innovación de acciones libremente comercializadas, pero no tiene personalidad jurídica. Los socios son responsables por las deudas de la sociedad solamente hasta los límites de sus acciones, pero la sociedad queda responsable sin límites de las deudas de los socios.
 
Según Kuran es en el momento en el que los negocios se tornan internacionales y complejos,con el nacimiento de la modernidad, cuando un sistema de derecho comercial que prevé solamente variaciones de la asociación, no puede regir. Primeramente los bancos italianos, después las compañías coloniales inglesas y holandesas permiten a miles de emprendedores e inversores ponerse de acuerdo no para la duración de su vida, sino –vendiendo y transfiriendo su cuota y acciones – por siglos, realizando proyectos comerciales e industriales de larga duración que tienen necesidad de la responsabilidad limitada de la sociedad y de la forma de la moderna sociedad por acciones. Esta forma no se desarrolla en el Medio Oriente hasta el siglo XX: no por casualidad, sino porque la sharia no lo permite. Y si en otros puntos la sharia es interpretada y eludida – según Kuran la eficacia de la prohibición de la usura está sobrevalorada – la personalidad jurídica de la sociedad choca contra su carácter individualista y sus mismos principios fundamentales.
 
En honor a la verdad, añade Kuran, existen en el Medio Oriente instituciones permanentes: en la forma de waqf, la pía fundación de un donante para prestar servicios de utilidad pública y de la cual puede nombrar administrador a uno de sus descendientes, eludiendo el principio de igualdad entre los herederos. Pero la waqf, todavía pilar de la economía de los países islámicos, debería servir, en teoría, a fines caritativos o públicos, no para el comercio privado. Y -si dura en el tiempo- es, sin embargo, rígida, porque las normas establecidas por quien la ha constituido, no pueden ser cambiadas por los sucesivos administradores, puesto que no son los propietarios.
 
En el siglo XX, naturalmente las cosas han cambiado. Hoy en casi todos los países del Medio Oriente hay sociedades de capitales con responsabilidad limitada, acciones, bolsas y grandes capitalistas. Los mismos fundamentalistas islámicos no protestan demasiado, concentrando sus flechas sobre la usura y sobre los bancos, los cuales deben adoptar medidas cosméticas para presentarse como “bancos islámicos”, sin ser, sin embargo, en esencia demasiado distintos de los bancos occidentales. En algunos países el prolongado retraso parece estar en vía de recuperación. La tasa de crecimiento de la economía turca es más alta que la de muchos Países de la Unión Europea. 
 
Sin embargo, sostiene Kuran, la sharia no ha dejado de causar daños. Aunque existan las sociedades por acciones y las bolsas, permanece una mentalidad hostil al crecimiento de una sociedad civil distinta del Estado, y una desconfianza en el enfrentamiento de instituciones privadas de grandes dimensiones que solas puedan oponerse a un estatalismo que genera fatalmente ineficiencia y corrupción. La buena noticia para Kuran es que se puede mantener una identidad islámica - como de hecho demostraría la actual Turquía – cambiando mentalidad y ritmo en el campo económico y político. La mala noticia, según el economista, es que para salir de esta mentalidad, se requerirán decenios y que no se comenzará tampoco a salir, si no se difunde la conciencia del “ papel que la clásica ley islámica ha tenido en impedir la modernización organizativa y en adormecer las empresas musulmanas del Medio Oriente. Por el contrario, en el mundo árabe, “la idea de que los responsables del subdesarrollo sean los extranjeros continúa siendo compartida por la mayoría de la población, incluidos los mismos laicistas que también consideran la ley islámica atrasada y obsoleta”.
 
Con las revueltas del Medio Oriente en 2011, surgidas despuésque Kuran había finalizado de escribir su libro – donde quizás faltan una reflexión sobre la relación entre la sharia y la teología que la sostiene,  y también un análisis de en qué medida ha sido respetada ciertamente la ley islámica en los comportamientos individuales y sociales (esta es la crítica que, desde la vertiente de un islam conservador, dirige a Kuran el economista de la Universidad de Brunei Shamin Ahmad Siddiqi) – los jóvenes de muchos Países se han rebelado contra los efectos. Pero, puesto que falta una identificación de la causa, se puede dudar que las revueltas conlleven realmente una solución al problema de un subdesarrollo de siglos.

La bussola quotidiana
Traducción de José Martín
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