Con este mismo título publiqué va para cinco años en LibrosLibres, la historia de tan aciago período que se inició con un golpe de Estado fracasado y continuó con un asalto ilegal al poder culminado el 14 de abril de hace ochenta años. Los comunistas patrios, que todavía no se han bajado del monte de la guerra fía contra Occidente, celebraron la efemérides paseando por el centro de Madrid –acaso también en algún otro lugar de España- sus ajadas banderas rojas con la hoz y el martillo y la tricolor que usaba desde siempre el “maldito” Lerroux –el único republicano fetén del grupito de aquellos conspiradores- y adoptó el nuevo régimen.

Para derribar a la Monarquía se reunían en la rebotica del doctor Giral, sita en el número 25 de la calle de Atocha de Madrid, y luego en el domicilio particular de don Alejandro Lerroux –el antiguo “emperador del Paralelo” barcelonés- un reducido grupo de conspiradores de salón. Además de los dos referidos integraban la tertulia, Azaña, Álvaro de Albornoz, Marcelino Domingo y acaso Fernando de los Ríos, todos masones, menos Azaña, que se iniciaría después. Crearon la Alianza Republicana. A ellos se unieron dos conversos, monárquicos hasta la víspera: don Niceto Alcalá Zamora, el cacique de Priego, y el disparatado Miguel Maura. El 7 de agosto de 1930 se reunieron “clandestinamente” en el Ateneo de Madrid. Ninguno de todos ellos tenía detrás más que unos cuantos amigos y parientes, salvo don Alejandro, que mantenía agazapado, pero dispuesto a la pelea política, el viejo partido Radical Republicano, al que perteneció mi padre. Acordaron verse de nuevo diez días después en el casino de la Unión Republicana de la capital donostiarra con representantes de los nacionalistas periféricos y centrífugos. Allí suscribieron lo que se dio en llamar el Pacto de San Sebastián, que se haría famoso, pero del que no quedó constancia escrita. Acoraron crear un comité revolucionario que presidiría Alcalá Zamora y dar un golpe de Estado a la más vieja usanza, con pronunciamiento militar incluido. O sea, lo que siempre, todo muy democrático.

El grito de guerra lo darían, al modo del alcalde de Móstoles contra los franchutes de Napoleón, unos capitanes con mandil de la guarnición de Jaca encabezados por el urgido masón y amigo de broncas, Félix Galán, y el ingenuo García Hernández. Se sublevaron la madrugada del 12 de diciembre de 1930, cuando el plan había sido aplazado, después de varios aplazamientos más, hasta el día 15. Casares Quiroga, acompañado de Graco Marsá, jefe de los estudiantes de la FUE (su archivo fue donado no hace mucho por sus familiares a la biblioteca municipal de Collado Mediano, y allí sigue amontonado sin que nadie se atreva a ordenarlo) salieron zumbando hacia Jaca para transmitir las nuevas órdenes a los que tenían que amotinarse. Los comisionados cenaron tranquilamente por el camino y llegaron tarde, bien cerrada la noche a la ciudad oscense, pero en lugar de buscar en seguida a los conspiradores, se acostaron tranquilamente a dormir, hasta que de madruga los sacó de la cama la traca de los sublevados.

A los amotinados en Jaca tenían que secundarles los militares aviadores Queipo de Llano y Ramón Franco, masón y hermano del futuro Jefe del Estado nacional. Asaltaron y ocuparon la base de Cuatro Vientos, en Madrid, desde la cual enviaron radiomensajes a todas las bases aéreas de España, incitándoles a la revuelta, pero nadie les hizo caso, de modo que tomaron unos aviones y se dieron a la fuga.

Así acabó el sainete tragicómico pero sangriento, con el fusilamiento de los cabecillas de Jaca y la charlotada del procesamiento del comité revolucionario que quería tumbar la Monarquía. El segundo acto de la comedia bufa que propició el advenimiento de aquella infausta República, lo veremos la semana próxima. Merece la pena recordar ciertos hitos históricos realmente infaustos, que no pocos progres de ahora les da por ensalzar. ¿Por ignorancia o por mala fe? Tal vez por ambas cosas a la vez.