Un columnista al uso formulaba recientemente su indignación ante la actitud impasible del pueblo japonés frente al terremoto que segaba el pasado día 11 de marzo la vida de varios miles de personas. Para el articulista en cuestión, el llanto y la manifestación del dolor es “una acción necesaria, admirable y curativa”.   

El dolor, el sufrimiento y la muerte -es verdad- exigen una respuesta proporcionada. Ocurren cosas que destrozan incluso los corazones más fuertes, provocando un inmenso dolor, donde, lejos de cualquier sentimiento solemne o de sumergirse en un profundo letargo, se precisa la queja amarga y desnuda por la aparente desolación. A los ojos del mundo, el sufrimiento parece algo estéril y destructivo, en particular cuando las víctimas son inocentes o quienes soportan el daño son aquellos que amamos.
 
Sin embargo, no es menos cierto que la cultura de masas, el hombre europeo, aquel mismo que demanda la vigencia hedonista del máximo posible de placer y el mínimo posible de dolor, aborrece hasta desterrar de la conciencia el sufrimiento. De ahí que cuando aparece de modo súbito se vuelva insoportable y se reclame el derecho a un mórbido escenario de aflicción, la incursión indómita en una hipersensibilidad neurótica de desesperación. Desahogar excluye hacer de la tragedia un espectáculo dantesco ante el mundo. Frente a una cultura que niega cuanto no puede sublimar y reivindica la dicha, la actitud del pueblo japonés asume el rostro de una grandeza inusitada, de una formidable admiración que reclama aprobación universal.
 
La resiliencia, concepto desarrollado con extraordinario acierto por Boris Cyrulnik, designa el poder de las personas para sobreponerse a la adversidad y recuperarse de los golpes del destino, convirtiendo el sufrimiento en relato, no sólo para resistir sino también para aprender a vivir. Aunque sólo el tiempo pueda otorgar y retirar razones, en el instante mismo de la agresión existe ya un sentimiento en que se mezclan el sufrimiento y la esperanza. En el momento de la herida, el hombre se ve forzado a la metamorfosis, a transformar la desgracia en una prueba donde a la caída suceda sobreponerse, levantarse y comenzar de nuevo. ¿Acaso no describe Dominique La Pierre en La ciudad de la alegría el prodigioso gozo de los desdichados? ¿No es esa respuesta al sufrimiento una actitud de esperanza?
 
Somos algo más que lo que el mundo exterior está dispuesto a reconocer. En la pobreza, el desvalimiento y la indigencia, hay que dar sentido al dolor y no sentirse condenado a una tortura absurda. El sufrimiento suele hacer estragos y demanda nuestra solidaridad, la presencia cercana, el ánimo y el consuelo para elevar el sufrimiento hasta la máxima dignidad. Si nos rebelamos contra su existencia significará que habremos perdido la fe en Dios, que no lo cancela, pero sí conforta al saber que, como afirmara Juan Pablo II, Dios se justificó ante la historia humana, tan llena de sufrimiento, colocando la Cruz de Jesucristo en su mismo centro, tomando así partido por el hombre de una manera radical. No hay otra respuesta que Cristo crucificado como muestra de la solidaridad de Dios con el hombre doliente. Mientras tanto, Japón reza y nosotros ofreceremos también, con nuestra ayuda y oración, una razón para la esperanza.

Roberto Esteban Duque es sacerdote.