El nuevo partido de la izquierda abertzale, Sortu, ha roto con el terrorismo etarra, como queda claro en sus estatutos. Esto afirman algunos como una verdad indudable. Pero muchos, un gran número de demócratas, tienen sus dudas y reparos. Cuando las palabras pierden peso, y lo pierden a base de promesas incumplidas, la duda va ganando terreno, y de repente nos encontramos dudando de todo. Tal vez el caso de este partido, y las dudas sobre su sinceridad, sean bastante notorias, obvias. Pero en los tiempos que corren cada vez generalizamos más esta actitud de la eterna y constante duda.
 
En pocos meses nos hallaremos bombardeados por las promesas electorales previas a cualquier elección, municipal, autonómica, del gobierno central o de la cámara europea. Dudamos, y con hechos en la mano, de las palabras de los políticos, de uno u otro lado del hemiciclo, de los criterios y baremos que publican los bancos y las agencias económicas. Vemos tantas palabras vacías, tantas ideas que se quedan en arbitrarias opiniones, con el mismo peso que una hoja en un día de vendaval, que la duda nos asalta: ¿Nos podemos fiar de algo? En esta sociedad en la que todo cambia, todo se manipula según convenga, todo varía según te lo cuente un medio de comunicación u otro, un político u otro, un abogado u otro, un fiscal u otro.
 
La ciencia, el saber científico, parece perfecto. Pero ante un experimento científico o la presentación de un supuesto gran descubrimiento, no tenemos a la mano todos los elementos para que nuestra razón afirme, a ciencia cierta, lo que parece que nos quieren enseñar. Tenemos la impresión, con demasiada frecuencia, de que todo está manipulado, todo está organizado para empujarnos a realizar tal o cual opción.
 
¿Nos podemos fiar de algo? Parece que, ante tal paradoja, es más razonable la otra opción: no dudar de nada, no preguntarse nada. La fácil respuesta a las estadísticas: “no sabe no contesta”. El pequeño gran inconveniente es que no nos satisface ese abandono de las preguntas, de la inquietud intelectual, de la búsqueda de la verdad. Donde no hay preguntas no hay vida. Si todo el mundo opina igual nadie opina, nadie piensa; bueno, sí, una persona: el que ha dicho que esto es así.
 
Parece más cercana que nunca la sociedad que recreó George Orwell en 1984, “La guerra es la paz, la libertad es la esclavitud, la ignorancia es la fuerza”. Cuando no hay verdad y no hay mentira, y todo depende del color con que se mira, llegamos a estas paradojas. Todo es “lo que dice el Gran Hermano”.
 
La solución a esta paradoja, como a muchas, radica en plantear bien la pregunta. En lugar de cuestionarnos si nos podemos fiar de algo, busquemos el fundamento de nuestra confianza en alguien, en Alguien. La confianza, la esperanza, no es un proceso lógico o intelectual, que se cumple aplicando la fórmula descubierta por un ilustre matemático (creo que tal ilustre matemático aún no ha nacido). Se podría definir mejor como la respuesta del corazón a un corazón que le ama.
 
La naturaleza, que es muy sabia, nos enseña este fundamento de la confianza: imaginemos un gran salón, varias parejas conversan distendidamente, mientras sus hijos pequeños, ocho o diez churumbeles juegan al otro lado de la habitación. De repente, se oye un gran golpe, y todos los niños corren a refugiarse junto a las piernas de sus padres. Cada niño llega sin problema a las piernas de su padre, sin equivocarse de persona. Ahé se encuentra seguro, en él confía ciegamente. Y a él ha llegado porque sabe que le ama.
 
El amor provoca la confianza, y sólo ésta da seguridad. Sin alguien firme en quien confiar, la sociedad vive en una constante duda, o renuncia a vivir renunciando a buscar. John Newman, gran intelectual del siglo XIX, afirmaba que el saber es un círculo. No puedes ser muy sabio sólo en un pequeño arco del círculo, prescindiendo y olvidándote de los demás. Por nuestra finitud, es cierto, nos especializaremos más en un arco o en otro, en un trocito de esa circunferencia o en otra; pero esto sin olvidar el círculo completo.
 
Y un círculo, para que permanezca como tal, necesita un centro, un punto equidistante de todos los puntos de la circunferencia, que mantiene a cada punto en su sitio, ni usurpando el lugar al centro, ni prescindiendo de su relación con él.