Al comenzar el Año Nuevo, el Papa nos ha planteado a la Iglesia, en primer lugar, y a la humanidad entera el gran reto, siempre actual y vivo, de la paz. Este año bajo el lema: «Libertad religiosa, camino para la paz». El año que ha finalizado y el nuevo año están marcados, sin embargo, por actos terribles de violencia y de intolerancia religiosa. Es verdad que tampoco faltan quienes osan relacionar la violencia con la religión o las religiones; para algunos, parece que la afirmación de Dios hecha y vivida en las religiones, sobre todo monoteístas, generan irremediablemente intransigencia, intolerancia, violencia, dogmatismo excluyente; para éstos, habría que proceder sin más dilación a que desapareciese Dios del horizonte del hombre, ya maduro y adulto, y se superase la religión y las religiones que, por su parte, corresponderían a un estadio del desarrollo de la humanidad ya sobrepasado por la razón científica y tecnológica, y el progreso.

Los cristianos, –los más perseguidos, con mucho, en estos momentos–, con toda humildad y sencillez, tenemos la certeza que la afirmación de Dios conduce a la afirmación del hombre, es raíz y fundamento de la dignidad e inviolabilidad de todo ser humano, y lleva consiguientemente a la paz y a la cohesión de la sociedad, basadas siempre en el respeto y promoción de la dignidad de todo hombre. La Iglesia no tiene otra palabra, ni otra respuesta a las grandes cuestiones del hombre, entre las que se encuentra la paz, que Jesucristo. El mira con ternura a todos y cada uno de los hombres, los ama con pasión y se entrega por ellos sin reserva alguna, se inclina para curar y no pasar de largo de cualquier hombre robado, herido y tirado fuera del camino, se hace último para servir a todos como esclavo de todos, se abaja y hace suyo, en solidaridad sin fisuras, el sufrimiento de los hombres; así trae la paz y planta en la tierra la misericordia, que va más allá de la justicia. Nos muestra de este modo que la seguridad y la convivencia consiste fundamentalmente en la capacidad de misericordia, ésta depende del reconocimiento de Dios que El mismo nos desvela en una carne como la nuestra.

La Iglesia mira a los hombres con la misma ternura y con la misma libertad con la que actúa Jesucristo, que no es otra que la libertad para amar al hombre, la que refleja el rostro de Dios; mira a los hombres con la misericordia de Jesucristo y, a partir de ahí, les abre la esperanza de que todas las cosas pueden empezar siempre de nuevo y reemprender el camino que tiene en Dios una meta cierta: la del triunfo sobre toda violencia y toda muerte y la del cese de todo llanto trasformado en alegría que no se agota.

Para la Iglesia, cada uno de los seres humanos somos un pensamiento de Dios, un latido del corazón de Dios. Ella nos llama a que cada uno sea consciente del valor único que cada uno de nosotros posee, y que sepa aceptar a todos en sus convicciones respectivas, sin dejar por ello de buscar la plenitud de la verdad. La Iglesia no se cansa de repetir esta verdad: hay un Dios que nos pensó y nos dio la vida; que nos ama personalmente y nos encomienda el mundo; que suscita en nosotros la sed de libertad y el deseo de conocer. Ella no cesará jamás de anunciar que Jesús de Nazaret, Hijo de Dios hecho hombre, rostro humano de Dios, vino a revelarnos esta verdad con su persona y su enseñanza.

Esto es lo que la Iglesia, nacida para servir y ser enviada en favor de todos los hombres, ofrece a quien quiera escucharla. La fe en Cristo, aunque no tenga la correspondencia que se le debe, rechaza una y otra vez la intolerancia y convoca a un diálogo respetuoso, a no excluir a nadie, a ser universalistas, a trabajar por la paz, basada en la justicia, en el real reconocimiento de la dignidad inviolable de todo ser humano y en el respeto a todos sus derechos fundamentales e inalienables y la promoción de todas las libertades, incluida la libertad religiosa que se derivan de la dignidad de todo hombre, criatura de Dios Creador, querida por sí misma, y redimida. Añado, además, que para el cristiano no hay justicia sin perdón, que una verdadera paz sólo es posible por el perdón, y que tiene la obligación de excluir la venganza y estar dispuesto al perdón y al amor a los enemigos.

Las tradiciones religiosas tienen recursos necesarios para superar rupturas y favorecer la amistad recíproca y el respeto entre las gentes y los pueblos. Es preciso y urgente alentar, promover y llevar a cabo el diálogo y la colaboración entre las religiones, siempre con la mirada de sumo respeto entre sí, con fidelidad a la verdad y excluyendo la mentalidad indiferentista marcada por un relativismo religioso y moral; y siempre al servicio de la paz, la convivencia, y la cohesión social entre los pueblos.

Los líderes religiosos –en esto es un testimonio de primera línea el Papa– tienen el deber de demostrar, como ya dijo aquél gran paladín de la paz que fue Juan Pablo II, que cualquier uso de la religión para apoyar la violencia es un abuso de ella. La religión no es, y no debe llegar a ser, un pretexto para los conflictos, sobre todo cuando coinciden la identidad religiosa, cultural y étnica. La religión y la paz van juntas. Los líderes religiosos están comprometidos en promover la paz, precisamente a causa de su creencia religiosa. Es tarea muy suya promover una cultura del diálogo, demostrar que la creencia religiosa se inspira en la paz, fomenta la solidaridad, impulsa la justicia y sostiene la libertad.