Continuando con la reflexión de la semana pasada, insisto con palabras de Benedicto XVI: «En nuestro tiempo, en el que en amplias zonas de la Tierra la fe está en peligro de apagarse como una llama que no encuentra ya su alimento, la prioridad que está por encima de todas es hacer presente a Dios en este mundo y abrir a los hombres el acceso a Dios. No a un Dios cualquiera, sino al Dios, cuyo rostro reconocemos en el amor llevado hasta el extremo en Jesucristo». La respuesta, pues, de la Iglesia y de los cristianos ante la encrucijada nada fácil que atravesamos no puede ser otra, como norma universal y suprema de vida, que la práctica concreta de la caridad, el amor, que vemos y palpamos en el acontecimiento de la Navidad, que ya tenemos a nuestras puertas. Todos tienen necesidad de signos que los ayuden –más aún, hoy– a descubrir el verdadero rostro de Dios, su presencia en medio de los hombres.

La realidad más bella y esplendorosa de la Navidad es que ha aparecido, se ha revelado definitiva y decisivamente entre los hombres, el Amor, se ha hecho carne de nuestra misma carne el Amor: Dios, y ha compartido en todo, menos en el pecado, nuestra misma condición de hombres. Los días próximos a la Navidad, y la Navidad misma, deberían ser una ocasión especial para que nos reconociéramos todos en el ejercicio y en el servicio de la caridad –que también tiene una dimensión social y política– como norma suprema y permanente de nuestra vida y de nuestra sociedad, cuya identidad es inseparable de las raíces cristianas que la sustentan: las raíces del amor y de la caridad, que brotan de lo que aconteció en la «primera» Navidad, en el nacimiento de Jesús, el Hombre Nuevo, Hijo único de Dios, que origina e inaugura una humanidad nueva y la nueva civilización y cultura del amor.  Ante el panorama que tenemos no podemos menos que expresarnos así: «Nos preocupa la muy grave situación económica y social que vive nuestro país con las dolorosas consecuencias de sufrimiento, pobreza y marginación que ello origina en un gran número de personas. Nos sentimos solidarios con todas ellas y con sus familias, que se ven obligadas a vivir en situaciones de necesidad, de pobreza, de inseguridad. Nadie puede negar tampoco que las crisis económicas presentan casi siempre estrechas relaciones con otras crisis más profundas de naturaleza social y hasta moral». ¡Qué poco han cambiado las cosas!, porque estas palabras entrecomilladas son de la Conferencia Episcopal Española, del 20 de noviembre de 1993, ante la crisis económica y social de aquel momento, sin duda menor que la de ahora. Se ponía entonces el dedo en la llaga; se apuntaban entonces salidas de orden humano, moral, profundo que afectan, en último término, a la verdad del hombre y al bien común, tan frecuentemente ignorado y herido. Podrían y deberían haber cambiado mucho las cosas si se hubiese escuchado esta voz, si, en consecuencia, se hubiese ido, ya entonces, al fondo complejo del problema y se hubiesen adoptado soluciones que reclaman el verdadero cambio de la sociedad, la nueva mirada sobre el hombre y la sociedad. «¿Qué es lo que pretendemos?», nos preguntábamos los obispos ante aquella situación. Respondíamos con estas palabras que siguen siendo tan válidas entonces como hoy: «Pues, impulsar una participación resuelta, operativa y coherente, por parte de la Iglesia y de los católicos, en la respuesta global que la durísima crisis económico-social está reclamando imperiosamente de los poderes públicos, de las fuerzas sociales, de la ciudadanía en su conjunto... En el esfuerzo sincero que a todos nos compromete, de mitigar los esfuerzos de la crisis y abreviar su duración, han de evitarse con firmeza los comportamientos personales que causan deterioro a las actividades económicas, públicas y privadas... No es nuestra competencia pastoral inclinarnos a favor de una u otra fórmula de carácter político, financiero, laboral o fiscal, entre las propuestas técnicas que, desde dentro o fuera de España, se aportan para conjurar la crisis. Animamos a los cristianos y a tantos otros hombres honestos, presentes en el mundo de la empresa, de las finanzas, de las instituciones, a impulsar una renovación de la vida económica, con un fuerte acento de justicia y solidaridad, que tenga muy presentes los imperativos del bien común, los costos sociales y no sólo los económicos, y la indigencia de los sectores de población más castigados por la crisis. Y nos permitimos animar a los medios informativos a que estimulen en sus audiencias sentimientos corresponsables y solidarios... Creemos que, a Dios gracias, no nos encontramos aquí ante un callejón sin salida. Estamos seguros de que nuestra sociedad cuenta con suficientes recursos económicos, técnicos, institucionales y morales para afrontar este mal momento y superarlo con esfuerzo, responsabilidad y solidaridad». Entre todos; adoptando, además de otras medidas, «unos valores y criterios renovados, unas actitudes y comportamientos que hagan posible la nueva justicia, la solidaridad y el amor», la verdad en la caridad, que brilla como luz iluminadora en Belén de Judá. Ésta será la gran preparación, los caminos, para la nueva Navidad, en la que llega a todos el Amor, Dios con nosotros. Escuchemos su voz, dejemos que venga el Amor: Dios, Enmanuel. ¡Ah!, y no olvidemos Haití. Desde ahora, a todos les deseo lo mejor en la Navidad.