El cardenal Antonio María Rouco renunció el miércoles a pronunciar una conferencia en la Facultad de Económicas de la Universidad Autónoma porque su entorno temía por su integridad física ante las masivas amenazas recibidas desde que se anunció el acto. En algunos medios este hecho no ha sido siquiera merecedor de una breve mención. En muchos otros ha sido una noticia no comentada. Veinticuatro horas después, la única reacción apreciable ha sido un comunicado muy oficial del Decanato de Económicas que lamenta el hecho y asegura que defiende la libertad de expresión. También dice que «quiere seguir siendo un espacio plural de reflexión, libertad, participación, respeto y tolerancia». Con un poco más de rigor debería haber dicho que quiere o querría «volver a ser en algún momento» todo ello. Porque lo cierto es que ni la Autónoma ni la mayoría de las universidades públicas españolas son hoy un espacio plural de reflexión, libertad, participación, respeto y tolerancia. Todo lo contrario. Desde hace años vemos cómo grupúsculos de ultraizquierda han sembrado un régimen de intimidación, cuando no de terror, en muchas de ellas, y que lo que antes era un triste monopolio de las universidades de Lejona, Sarriko o San Sebastián es ahora casi norma. Ante la pasividad, cuando no tolerancia activa y comprensiva, de autoridades universitarias y no universitarias, unos grupos siempre minoritarios se han erigido en una especie de somatén ideológico que se arroga el derecho a decidir quién puede intervenir en la universidad y quién no. Así llevamos años viendo cómo gentes que tienen mucho que decir, sea Arcadi Espada o Fernando Savater, sea Rosa Díez o cualquier economista liberal, se tienen que enfrentar a hordas de estos camisas pardas de nuevo cuño que sabotean los actos y amenazan a los participantes. Recuerdo no hace mucho un homenaje a ese gran señor de la política e intelectual que fue Leopoldo Calvo Sotelo celebrado en la facultad de Caminos de la Complutense enMadrid. Un grupo de energúmenos de ultraizquierda de otras facultades se acercaron allí a dinamitar el acto creyendo que asistía al mismo la presidenta de la Comunidad de Madrid. Jon Juaristi y uno de los hijos de Calvo Sotelo se enfrentaron a los reventadores, que procedían al parecer de Sociología, Políticas y Periodismo. Les dijeron que estaban equivocados, que allí no estaba la presidenta y que aquello era un homenaje a Leopoldo Calvo Sotelo. La respuesta de los estudiantes de la revolución cavernícola fue un aturdido «¿Calvo Sotelo? ¿Y quién es ese?». La gentuza que revienta actos de la palabra y el pensamiento en lo que debiera ser su principal escenario siempre han sido títeres del odio ideológico, ya sea nazi o comunista. Lo alarmante no es que estos grupúsculos se quieran manifestar. Lo escandaloso es la pasividad de las autoridades y la indolencia del resto de los estudiantes. Lo indignante es que ciertos círculos llamados progresistas hayan visto bien —y no hayan condenado— este vandalismo del rojifascismo en nuestras universidades porque las víctimas eran personas no integradas en el campo del buenismo socialista. Esta complicidad es un absoluto escándalo y ha llevado a casos como el de Rouco. El cardenal puede caer bien o mal a creyentes o no creyentes, pero tiene mucho que decir en una universidad este doctor en teología por la Universidad de Múnich, profesor allí, catedrático de Derecho y vicerrector de la Pontificia de Salamanca. Solo el odio que se les inocula a estas camadas rojas y negras, la complicidad de muchos y la indiferencia necia o cobarde de tantos explica el desastre intelectual y moral que supone el triunfo de ese fascio rojo en la Universidad, del que la cancelación de la conferencia de Rouco es el último exponente.

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