Llama la atención, desde el comienzo de su pontificado, que el programa de Benedicto XVI, desde el comienzo, no sea otro que lo que Dios quiera y muestre. Se puso en manos de Dios, inició su camino con la mirada puesta en el Señor, y nada más. Por sencillo que esto parezca (así de sencillo se mostró y sigue mostrándose desde el principio, como es) es donde, por contraposición a lo que impera en nuestro tiempo, está la verdadera revolución de nuestro mundo. Por eso dirá, en Colonia, a los jóvenes: «En el siglo pasado vivimos revoluciones cuyo programa fue no esperar nada de Dios, sino tomar totalmente en las propias manos la causa del mundo para transformar sus condiciones. Y hemos visto que, de este modo, siempre se tomó un punto de vista humano y parcial como criterio absoluto de orientación. La absolutización de lo que no es absoluto, sino relativo, se llama totalitarismo. No libera al hombre, sino que lo priva de su libertad y lo esclaviza. No son las ideologías las que salvan el mundo, sino sólo dirigir la mirada al Dios viviente, nuestro Creador, el garante de nuestra libertad, el garante de lo que es realmente bueno y auténtico. La revolución verdadera consiste únicamente en mirar a Dios y, al mismo tiempo, es el amor eterno. Y, ¿qué puede salvarnos sino el amor?».

La enseñanza y el testimonio constante del Papa Benedicto XVI son un permanente apelar a este testimonio de Dios, que es Amor, a centrar la vida en Dios, a advertir sobre lo que le adviene al hombre, a la humanidad, cuando se aleja de Dios o se hace que Él no cuente: la verdad se ofusca y confunde, la razón humana se empequeñece y se torna incluso contraria al hombre, la libertad se degrada en esclavitud. Desde su primera aparición en la logia central de la Basílica de San Pedro, como Papa, hasta su último mensaje dominical o catequesis de los miércoles, pasando por su ya amplio y rico magisterio, todo él y toda su obra tan magna e intensa en este primer lustro de su ministerio petrino, es una apremiante llamada a que los hombres vuelvan a Dios. En efecto, Jesús de Nazaret, Hijo de Dios vivo, rostro humano de Dios, nos apremió a buscar por encima de todo a Dios, el reino de Dios. El antes que nada «nos trajo a Dios», en palabras del Papa Benedicto comentando el evangelio de las Tentaciones de Jesús, en su libro Jesús de Nazaret. Esto no es algo nuevo en el Papa. Antes de serlo, por ejemplo, al comienzo de los noventa, escribía él mismo: «Antes de los deberes (morales y sociales) que tenemos, de lo que hemos de dar testimonio con fuerza y claridad es del centro de nuestra fe. Hemos de hacer presente en nuestra fe, en nuestra esperanza y en nuestra caridad la realidad del Dios vivo. Si hoy existe un problema de moralidad, de recomposición moral en la sociedad deriva la ausencia de Dios en nuestro pensamiento, en nuestra vida. O, para ser más concreto, de la ausencia de fe en la vida eterna, que es vida con Dios». Precisamente, la vida sin El, o la ausencia de Él, es el infierno, que, como el cielo, también se anticipa en la tierra. En nuestro mundo, y en la cultura poderosa y dominante, oficial, que nos envuelve, hemos decidido construirnos a nosotros mismos, reconstruir el mundo sin contar realmente con la realidad de Dios. Pero, sin Él, el hombre perece y carece de futuro. Este es el drama, el gran problema de nuestro tiempo; no hay ningún otro que se pueda comparar en su radical y hondura devastadora. La vida y tarea fundamental de la Iglesia, aquello de lo que ha de vivir y lo que ha de ofrecer y entregar a los hombres de hoy, de lo que ha de dar testimonio ante nuestro mundo, es Dios. «La tarea de la Iglesia, dirá, es tan grande como sencilla: consiste en dar testimonio de Dios, abrir las ventanas cerradas que no dejan pasar la claridad, para que su luz pueda vivir entre nosotros, para que haya espacio para su presencia. Pues hay que decir que allí donde Dios está, se halla el cielo, allí nuestra vida resulta luminosa incluso en las fatigas de nuestra existencia. El cristianismo no es una filosofía complicada y pasada de moda, no consiste en un bagaje incalculable de dogmas y preceptos. La fe cristiana es ser tocado por Dios y testimonio para Él». «Si sólo damos a los hombres, dijo el Papa en el viaje a su Baviera natal, conocimientos, habilidades, capacidades técnicas e instrumentos, les damos demasiado poco. Y entonces se imponen demasiado pronto los mecanismos de la violencia, y la capacidad de destruir y de matar se vuelve dominante, transformándose en capacidad de alcanzar el poder, un poder que antes o después debería traer consigo el derecho, pero que nunca será capaz de hacerlo. Con ello nos alejamos cada vez más de la reconciliación, del compromiso común con la justicia y el amor. Entonces se extravían los criterios con los que la técnica se pone al servicio del derecho y del amor, criterios de los que precisamente todo depende; criterios que no son meras teorías, sino que alumbran el corazón, encauzando así la razón y la acción por el camino recto». (Benedicto XVI).