Escribo estas líneas el día de nuestra Fiesta Nacional, el día de la Virgen del Pilar y del Descubrimiento de América.
           
En primer lugar debo decir que no me avergüenzo en absoluto ni de ser español ni del Descubrimiento. Es cierto que tuvo sus sombras, pero haber logrado la cristianización de todo un continente me parece es un motivo de legítimo orgullo. La obra de nuestros misioneros fue sencillamente asombrosa y gigantesca.
           
En cuanto al momento actual es indudable que no faltan motivos para el pesimismo. Tenemos un gobierno profundamente anticristiano que intenta destruir los valores cristianos y la familia, sin olvidar una crisis económica muy seria, que es también una crisis en valores, originada en buena parte por la falta de principios éticos en economía. En realidad estamos asistiendo a una ofensiva a nivel mundial contra la Iglesia y lo que ella defiende, con un positivismo y un relativismo que intentan destruir los fundamentos de nuestra civilización, negando sus raíces cristianas y la Ley Natural, y como consecuencia también los derechos humanos.
           
Hoy en la Misa se lee como evangelio Lucas 11,27-28 que dice: “Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron’. Pero Él repuso: ‘mejor: dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica’”. Esto de entrada parece que es como un menospreciar a María, pero cuando uno lo piensa un poco más se da cuenta que es el gran elogio hacia ella, porque ha sido la que mejor escuchó y cumplió la Palabra de Dios. “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu Palabra”(Lc 1,38).
           
Volviendo a España, es indudable que se está librando una gran batalla entre los que intentan arrasar los valores cristianos y los que los defienden. Más de una vez he oído que vivimos en tiempos recios, con lo que estoy de acuerdo, pero también me gustaría saber qué tiempos no han sido recios, aunque algunos más que otros, como en nuestro país los años treinta y cuarenta. Aparentemente llevan ventaja nuestros adversarios, porque siempre es más fácil decir “haz lo que te dé la gana”, que no indicar la vía del esfuerzo, del sacrificio y de la generosidad. Pero recuerdo que nosotros contamos con los medios sobrenaturales y no puedo por menos de acordarme de la frase de ese sacerdote que este verano me decía en Santiago de Compostela: “esto es un milagro, aquí se palpa la presencia del Espíritu Santo”.  Por otra parte, no puedo sino tener presente cuando se despotrica tanto sobre la juventud, la frase de una madre que me decía: “los jóvenes son nuestros hijos, y yo estoy muy contenta de mis hijos”. Mi experiencia con ellos es que, aunque hay de todo, y pese a las directrices equivocadas y, a veces, malvadas, de algunos seudopedagogos, muchos de ellos, incluso la gran mayoría, valen la pena.
           
Y sobre nuestra situación, y sobre lo que hemos de hacer, recuerdo la conocida anécdota de Juan XXIII cuando era Nuncio en París y el embajador belga le dijo que el mundo estaba fatal, le contestó: “tiene Vd. razón. Pero vamos a hacer una cosa: vamos a ser Vd. y yo dos buenas personas, así habrá dos sinvergüenzas menos”. Para ello hemos de insistir en volver a vivir los valores cristianos, como los familiares, recordando aquello de que Jesucristo es “Camino, Verdad y Vida” (Jn 14,6), así como “Luz del mundo”(Jn 8,12). Sólo si vivimos los valores cristianos, nuestra vida tendrá sentido, podremos vivir llenos de esperanza y de alegría, nuestra sociedad funcionará y los hombres nos sentiremos hermanos como hijos todos de ese Dios que en el Padre Nuestro llamamos Padre (Mt 6,9).
           
Volviendo a la pregunta del título: ¿optimistas o pesimistas?, la respuesta lógica es realistas, pero en ese realismo la creencia en la ayuda de la gracia divina y de la Virgen, patrona de nuestro país, nos hacen ser sustancialmente optimistas.