Zapatero que no ha traicionado sus principios; en lo que dice verdad, pues nunca los tuvo. Predicar de Zapatero que es traidor de sus principios es tan rocambolesco e ilógico como predicar de un perro sin pedigrí que es traidor de su raza. Zapatero, como la inmensa mayoría de los politiquillos de hogaño, sólo tiene fines; lo que en verdad distingue a Zapatero es que sus fines son mucho más ambiciosos, resueltos e inquebrantables que los de la mayoría de politiquillos de hogaño. Los escolásticos tenían muy clara la distinción entre principios y fines, que nuestra época tiende a confundir y embrollar (síntoma inequívoco de su ofuscación moral); y también entre acciones buenas, que eran las impulsadas por un principio, y acciones malas, que eran las guiadas por un fin. El «finalista» por antonomasia, según esta ordenación escolástica, es el Maligno, que guía todas sus acciones por un mismo fin —la perdición del género humano—, hasta hacer de ese fin su único principio; y así mitiga la conciencia de «horror vacui» que guía su labor insomne, convirtiendo el fin en principio, en una rueda o círculo vicioso que, a medida que gira, engendra más males, hasta atrapar a los hombres en su remolino.
Los politiquillos de hogaño maquillan o edulcoran esta conversión fraudulenta de los fines en principios mediante la «fabricación» de falsos principios que adecenten —siquiera en apariencia— sus fines. Así es como los politiquillos acuñan consignas, que el cretinismo ambiental confunde con principios, porque proporcionan percha o asidero a los fines que los poliquillos pretenden alcanzar, a la vez que nutren a sus adeptos de una alfalfa ideológica que actúa sobre sus glándulas más emotivas o sentimentables como una suerte de ensalmo, igual que la campanilla actuaba sobre las glándulas salivales del perro de Paulov. El hombre de principios ordena su acción desde la inteligencia, que asciende desde el plano de los «fenómenos» hasta el plano originario de las primeras causas; y una vez alcanzadas, esas primeras causas son el motor de su acción. El hombre sin principios localiza sus fines en el plano de los «fenómenos»; y, para conseguirlos, instrumenta consignas que los camuflen o adecenten, a la vez que colman las pasiones más turbias o primarias de sus adeptos. Y, una vez colmadas dichas pasiones, el hombre sin principios puede incluso permitirse el lujo de zaherir, golpear y aun arrancar libras de carne a sus adeptos, que se dejarán sangrar tan ricamente, con tal de que el hombre sin principios siga enarbolando las consignas a las que —irracionalmente— prestaron su adhesión.

Zapatero, que nos arranca libras de carne con crueldad impávida, no ha traicionado sin embargo sus consignas, que hoy enarbola con mayor ahínco que nunca. Y, puesto que tales consignas ya han logrado permear mayoritariamente la conciencia colectiva, a modo de implantes emocionales, puede dedicarse a la consecución de sus fines. Que, a diferencia de lo que ocurre con la mayoría de los politiquillos de hogaño, no son de mera permanencia en la poltrona, sino fines más ambiciosos que anhelan una sociedad sin principios, modelando a su gusto y conveniencia la esfera interior de los individuos, su alma o su conciencia o como queramos llamarla. A esto los escolásticos lo llamaban una mala acción; y las malas acciones no hacen sino engendrar más males, engolfadas en la rueda o círculo vicioso del «horror vacui».

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