Los turcos, ya se sabe, no sólo niegan obstinadamente que lo de Armenia haya sido un genocidio, sino que tienen una ley que lleva a los tribunales a quien se atreva a hablar sobre el asunto. O sea, todo lo contrario de lo que sucede en Europa, donde acaba en prisión todo aquel que toque el exterminio de los judíos. David Irving, historiador inglés, ha sido detenido en Viena por haber intentado demostrar que la cifra de seis millones de víctimas es insostenible. Le han caído tres años de prisión. Así pues, es obligatorio, por parte de unos, hablar de genocidio (incomparable, infinitamente peor que cualquier otro); y por parte de otros, está prohibido hablar del asunto. En cualquier caso, la primera víctima de la historia impuesta con tribunales y jueces es la Verdad. El precio de la hipocresía del siglo.
 
En cuanto a la culpabilidad histórica de otros que no sean nazis o turcos, es sabido que sólo los católicos piden disculpas, hasta cuando no tienen por qué. Si nos fijamos en los otros cristianos, los ortodoxos griegos o los protestantes de cualquier confesión señalan con un dedo acusador a los católicos, pero nunca lo dirigen hacia ellos mismos.
 
He dicho «nunca». Y sin embargo, hojeando algunos recortes me doy cuenta de que debería haber dicho «casi nunca». En efecto, aquí veo una página que aparté hace diez años. Es de «Reforma», el semanal de las iglesias valdenses-metodistas. Una publicación interesante, bien hecha; pero también es cierto que si un periódico católico utilizase unos argumentos sobre los protestantes como los que aparecen allí contra los «papistas», todos gritarían indignados por la traición al ecumenismo. Yo mismo he sido agredido recientemente por haber recordado que la Inquisición creada en la Ginebra calvinista era probablemente mucho peor que la romana.
 

Y sin embargo, al menos por una vez -¡hace diez años!- , he aquí una sorprendente autocrítica y una petición de excusas, aunque a nivel individual. El hecho es raro y vale la pena darle espacio a través de las propias palabras de la periodista, que en realidad es una historiadora inglesa y de confesión anglicana, Christine Calvert. Copio textualmente, y no por pereza, sino porque creo que una paráfrasis mía le quitaría credibilidad y vigor a este testimonio.
 
Escribe la profesora Calvert sobre la tragedia irlandesa: «En 1845, la cosecha de la patata, de la que dependía la población irlandesa para no morir de hambre, se perdió por completo a causa de una enfermedad llamada "rust", óxido. Este desastre desembocó en una tragedia de terribles proporciones que en pocos años redujo la población de la isla a la mitad. Se calcula que un millón y medio de personas murieron de hambre o de enfermedades ligadas a la hambruna. Para los más afortunados comenzó el gran éxodo más allá del océano, pero hubo también un éxodo interno de los campesinos hacia las ciudades. Con los conocimientos de entonces el mal de la patata no podía ser afrontado, pero tampoco las desastrosas consecuencias sociales que se vivieron al acrecentarse el rencor de los católicos contra los protestantes, y de los irlandeses contra los ingleses».
 
Prosigue la historiadora anglicana: «Y aquí es donde nosotros, los protestantes, debemos inclinar la cabeza con vergüenza.
 
La Iglesia reformista de Irlanda era entonces una fuerza de represión y de increíble explotación. Los parroquianos católicos tenían que pagar el diezmo a una comunidad de la que no formaban parte, y a un clero protestante a menudo ausente. Muchos de los pastores y obispos se hicieron riquísimos, viviendo con un lujo desenfrenado. Los católicos, castigados por el hambre, imploraban en vano un gesto de caridad. La ayuda estaba disponible, pero a un precio que aquellos miserables no estaban en condiciones de pagar: se daba alguna ayuda a quien abjuraba del "papismo" y abrazaba la fe de los protestantes, entre los cuales sólo los cuáqueros ofrecían algún apoyo».
 
Prosigue la última parte: «Los grandes terratenientes anglicanos se aprovecharon de la caída de los precios de las tierras para crear o aumentar sus granjas, y echaron de sus tugurios a quien no podía pagar su miserable alquiler.
 
Condenados a morir. Uno de los señoritos declaró que no dejaría un solo católico entre Knockabola Bridge y el río de Newport. Así, condenaron a hombres, mujeres y niños a morir a lo largo de los caminos, con la boca verde por haber intentado quitarse el hambre con hierbas y ortigas. A menudo faltaron las fuerzas y el dinero para enterrar a los muertos de hambre en terreno sagrado y se les enterraba bajo una pequeña capa de tierra en los campos».
 
Y concluye la estudiosa: «Ésta es una historia que hemos querido olvidar. Y sin embargo, todos los cristianos, no sólo los católicos, deberían tomarse más en serio el dicho de Jesús de ver la paja en el ojo ajeno y no ver la viga en el propio».