Encuentran en el jardín de una casa en el departamento de Lille hasta ocho cadáveres de recién nacidos y la noticia causa gran conmoción. Durante unos días, nos escandalizaremos con las andanzas de esa tal Dominique Cottrez, auxiliar de clínica, que nada más parir a sus hijos los asfixiaba metódicamente, los envolvía en plásticos y los enterraba a la sombra de un árbol; y, antes de que el suceso ingrese en los polvorientos anaqueles del olvido, podremos consolarnos pensando que nosotros no somos tan bestiales como la tal Dominique, igual que el sabio pobre y mísero de Calderón se consolaba, mientras recogía las hierbas con las que se sustentaba, comprobando que otro sabio iba recogiendo las hierbas que él desdeñaba.

Así hasta que, dentro de unos meses, descubran otra casa, otro jardín, otro sótano donde se almacenen más cadáveres de recién nacidos; y, cuando nos revelen los pormenores del siguiente infanticidio truculento, podremos seguir respirando aliviados durante otra temporada más. Que en esto consiste la función catártica del horror: en que la truculencia de los crímenes ajenos nos exonere de la enojosa tentación de calificar los nuestros, mucho más «neutrales» y asépticos. Ojos que no ven, corazón que no siente, reza el refrán; pero para que el corazón no sienta ante los invisibles crímenes propios, conviene curtirlo previamente con la exhibición de crímenes ajenos tan aparatosos que, por contraste, releguen los propios a la categoría de menudencias irrelevantes.

En una de sus paradojas más brillantes y estremecedoras, Chesterton saludaba a los infanticidas como «pioneros progresistas» capaces de llevar hasta sus últimas consecuencias los postulados que otros progresistas más remilgados defienden con expresiones sibilinas, por evitarse la mala propaganda que persigue a los pioneros. Para hacer su defensa paradójica del infanticida (para poner a la sociedad de nuestra época ante el espejo de sus crímenes), Chesterton se mostraba dispuesto —en términos especulativos— a despojarse de los «remilgos morales» que defienden la vida. «Si lo que la cristiandad ha considerado moral no tiene sentido —afirma—, entonces deberíamos sentirnos libres de ignorar toda diferencia entre los hombres y los animales, y consecuentemente tratar a los hombres como animales».

Nadie aplicaría un aborto a una gata o a una coneja: se deja, simplemente, que alumbre a su prole; y, si la prole es demasiado numerosa, o si incluye ejemplares enfermos, se los ahoga en una palangana y santas pascuas. ¿Por qué no hacer con los bebés lo mismo que con los gatos?, se pregunta Chesterton. Permitamos que lleguen al mundo, para después ahogar a los que no nos gustan. «Tal comportamiento —prosigue Chesterton— sería propia y razonablemente eugenésico, porque podríamos seleccionar a los mejores, o al menos a los más saludables, y sacrificar a aquellos a quienes se llama inadaptados». El infanticida es, en efecto, más «racional» que el abortero; y también, en cierto modo, más bizarro: es verdad que un niño recién nacido no puede defenderse, como le ocurre al niño gestante, pero para estrangularlo hay que cogerlo entre nuestras manos, hay que mirar su rostro, hay que sentir la temperatura de su piel.

Frente a esta pionera progresista de Lille, nos ocurre como a Chesterton: nuestros progresistas aborteros se nos antojan débiles, indecisos y cobardes.

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