Se está dando un auténtico desplome moral. Con frecuencia se asiste a este fenómeno como espectador, sin percatarse quizá de la magnitud de la realidad, ni de la gravedad y hondura del problema. Se extiende y fomenta claramente el relativismo, la indiferencia y la permisividad más absoluta, inseparables de un laicismo activo: todo ello, incentivo y síntoma de quiebra y de corrupción moral. Algunos hechos despuntan como puntas de iceberg de este desfondamiento.

Podríamos señalar numerosos ejemplos, no presuntos sino reales, de quiebra y corrupción moral. Pero me limito a uno que es emblemático y sangrante. Me refiero, como es obvio, al aborto: al aborto legalizado, más aún, estimado nada menos que como un derecho en la legislación española, y al aborto practicado en tan alto número como se practica en España y en el mundo occidental. Digámoslo sin eufemismo alguno y con todo respeto: la reciente legislación constituye un paso más hacia una cultura nihilista y de muerte que corrompe al ser humano. Ante esto no hay todavía reacción social que clame con vigor y verdad: ¡Basta ya!  Sí, ¡basta ya! a un estado de opinión, a un clima cultural artificialmente creado, insensible a la eliminación de vidas humanas débiles, inocentes e indefensas, no nacidas. Esto corrompe y quiebra al hombre en su conciencia. Nada más degradante para el hombre y la sociedad.

Todo esto, se quiera o no, contribuye al deterioro moral. Toda ley ha de ser educativa y no degradante del hombre; ha de buscar la salud moral y espiritual de la sociedad, de las instituciones y de las personas que la integran. El aborto no es una cuestión aislada. La falta de respeto a la criatura humana y el trato vejatorio dado a la que es la más débil de los seres humanos es síntoma de que la persona humana no cuenta, de que se la desprecia, se diga lo que se diga y se encubra con los argumentos falaces con que se quiera encubrirlo.

Quien no respeta la vida del niño no nacido, del ser humano indefenso, al que se le condena sin que medie posibilidad remota de defensa, no merece muchas garantías de que va a respetar a otras persona y otras cosas. Como el ser humano en gestación, no nacido, no tiene poder y como no posee nada, su existencia es decidida conforme a los intereses y preocupaciones de aquellos que tienen poder (padres, sociedad, Estado). El derecho a la existencia no se deriva entonces de su propia dignidad y valor, sino de la realidad ajena a él. Ésta es la total alienación del ser humano: su identidad, su ser persona respetable y digna por sí misma, la deciden otros.

Esto es así. Y esto genera una mentalidad, al mismo tiempo que la expresa. Lo que está en juego es el hombre, la persona humana, y su verdad, base de todo el comportamiento humano digno, verdadero y justo. Detrás de la corriente y de las legislaciones abortistas o permisivas del aborto se esconde una manera de pensar y de situarse el hombre ante su sentido y destino, en la que, en el fondo, no se puede afirmar algo definitivo y con pretensión de verdad sobre el hombre, o sobre el bien y el mal; más bien, sólo lo que la libertad decida. Así solamente cabrá el relativismo, el vacío o la nada. Éste es el verdadero problema donde se asienta la quiebra moral, la quiebra del hombre y de la sociedad.

Bueno y malo, honesto y deshonesto, justo o injusto no pasan de ser palabras, o apreciaciones. Moralmente bueno, para muchos, es todo aquello que agrada, que interesa, que no crea problemas, que da dinero y poder, o que reporta placer y goce al individuo. Falta formación moral y sobra relativismo. Se aprecian más, en muchas ocasiones, los bienes materiales que la misma vida humana. Se está proponiendo, sobre todo a niños y jóvenes, una sociedad de cosas más que de personas.

La crisis moral es quiebra de humanidad. El desfondamiento moral acarrea el hundimiento de lo humano del hombre. Consciente o inconscientemente se ha ido quebrando la moral de nuestro pueblo. Se han difundido, o se están difundiendo ideas, se han promovido o se están promoviendo comportamientos, y ofrecido modelos, hasta arrancar criterios y valores capaces por sí mismos de sustentar una vida moral digna del hombre conforme a la razón. El precio del deterioro moral, al que se nos ha acostumbrado, lo paga siempre la persona humana.

Cuando se pierde o sistemáticamente se destruye el sentido del valor trascendente de la persona humana, se resiente el cimiento mismo de la convivencia política, y toda la vida personal, social, económica o política se ve poco a poco comprometida, amenazada y abocada a su disolución. El riesgo de la alianza entre democracia y relativismo es evidente. Pero una democracia asentada en el relativismo se convierte con facilidad en totalitarismo visible o encubierto, como demuestra la historia.

Es preciso cambiar. Urge el cambio. Ha llegado la hora de un renacimiento moral. Es hora de la responsabilidad. Situarse con verdad, lucidez y libertad ante legislaciones permisivas del aborto, es una oportunidad que no deberíamos dejar escapar.