Eduardo García y Clara Esteban son un joven matrimonio madrileño que en la pasada fiesta de la Sagrada Familia en la Plaza de Colón de Madrid dieron su testimonio ante miles de personas. Ellos son una de las cientos de familias que han dejado todo y se han ido a anunciar a Jesucristo y en un sencillo pero clarificador testimonio relataron en qué consistía su misión.
 
Edu y Clara iniciaron su historia de amor en una peregrinación en la JMJ de París con el Papa Juan Pablo II. Tras seis años de novios, se casaron en 2006. Ya habían tenido a su hija mayor, Marta, cuando sintieron la llamada a convertirse en familia en misión del Camino Neocatecumenal. Ahora tienen dos  hijos más, Inés y Pablo, y un cuarto ya está en camino. Dos pequeños más murieron y "están en el cielo".  Hace cuatro años llegaron a un pueblo de aborígenes de Taiwán enviados como familia misionera donde han estado "transmitiendo el evangelio y la fe", según contaba  Eduardo acompañado de su esposa en el escenario.

Pese a que están en Misión en Taiwán pertenecen a la comunidad Neocatecumenal de la Parroquia de Santiago y San Juan Bautista de Madrid. “Desde pequeños nuestros padres nos han transmitido la fe rezando con nosotros y mostrándonos el amor de Dios con sus vidas” explica Eduardo.
 
Respecto al momento que sintieron la llamada de Dios para dejar trabajo, casa, amistades y ponerse en manos de Dios para ir a evangelizar, Eduardo fue claro: “Nosotros no somos demasiado aventureros, sino simplemente cristianos de a pie que intentamos dar gratis lo que gratis hemos recibido: el regalo de sentirnos queridos por Dios en medio de nuestros pecados”

“Después de cuatro años de evangelización en un pueblo aborigen de Taiwán muchas familias y jóvenes se han acercado a nuestra casa. Y hemos visto muchos problemas de abusos, problemas graves con el alcohol y otras muchas dificultades. Nuestra misión en este tiempo ha sido vivir como uno familia cristiana y mostrarles que no están condenados a vivir como vivían” afirma Eduardo,.
 
Además, añadía que “allí, en Taiwán, es muy difícil ver familias paseando juntos. Los niños pasan la mayoría del día solos y los padres borrachos. Hemos visto familias destruidas que después de escuchar que Dios les ama nos han recibido con mucho cariño. Y poco a poco, gratuitamente, sin imponerles nada, han dejado el alcohol, han cambiado su forma de vivir, han reconstruido sus familias”.

“Hemos visto a personas que han tenido la oportunidad de conocer a Jesucristo y esto a supuesto para ellos un cambio radical de vida, con incomprensiones dentro de sus familias. Muchos llegan a quemar literalmente los ídolos taoístas que tenían en su casa porque experimentan que Dios es el único Dios”, afirmaba.
 
Clara añadía también que “nuestros hijos están descubriendo día a día que Dios nos cuida y nos ayuda en medio de muchas dificultades. Ven que nos ayuda a perdonarnos y poner nuestras vidas en sus manos.
 
Este año, en el tiempo de Pascua estuvimos saliendo los domingos a las plazas para invitar a la gente a la parroquia. Un día que llovía bastante pensábamos quedarnos en casa y no ir pero nuestra hija mayor dijo: ‘Pero, si nosotros no vamos, entonces ¿quién les va a decir que Dios los quiere?’”.
 
Clara concluye explicando que después de cuatro años en Taiwán la Iglesia ha decidido enviarlos a otro país de Asia a evangelizar: “En ese país la Iglesia está perseguida y los cristianos sufren arrestos y torturas. Las celebraciones se hacen en las casas en voz baja”.