Este mes de marzo se cumplen diez años de la muerte de Chiara Lubich, fundadora del Movimiento de los Focolares (www.focolare.org), presente hoy en 182 países y con unos 2 millones de miembros y simpatizantes. Murió a los 88 años y dirigió el movimiento durante 65 años. En 2015 se abrió su causa de beatificación, impulsada por el obispo de Frascati, Raffaelo Martinelli. 

En este marco se publica en la editorial Ciudad Nueva Mar de llama, de José María Quintas Ripoll, con el subtítulo "Los comienzos de la experiencia mística de Chiara Lubich"

El título se refiere a su frase en una carta de 1946: “¡Concédeme Señor que pase por el mundo como un mar de llama incendiando a todos de amor por Ti!”. El libro considera que esa oración de su juventud se cumplió.

Los inicios de una experiencia mística
Además, repasa el convencimiento de cada vez más autores de que Chiara Lubich fue una de las grandes místicas católicas del siglo XX.



«Mar de llama» quiere dar a conocer los comienzos de esa experiencia mística, basándose en los documentos que nos han quedado de su primera época, entre los años 1943 y 1949. Se trata de sus cartas de juventud. Escritas con un lenguaje joven y apasionado, de su lectura se desprenden nuevas perspectivas para la mística y la espiritualidad, sorprendentes para quien era, entonces, una joven maestra de primaria.

Ella habla de Jesús como un Dios asombroso, “¡un Dios abandonado por Dios!”. Para ella la unidad de los hombres en Dios es el fruto de la resurrección de Jesús y desde su experiencia vital nos desvela la experiencia mística de la unidad. “¡Oh, la unidad, qué diviniza belleza!” exclamaba extasiada.
 



"El castillo exterior"
Si Teresa de Ávila hablaba del «castillo interior», Chiara lo amplía al «castillo exterior» y añade a las noches de Juan de la Cruz la «noche de Dios». 

Nos muestra que la contemplación de Dios en medio del mundo, de sus grandes miserias y sus fascinantes conquistas es posible. El encuentro con Dios se puede realizar no solo en la intimidad de la interioridad sino también entre el ruido ensordecedor de las calles, en las luchas por mejorar la sociedad, en las relaciones con todo hombre, en el sufrimiento compartido.

Proclamó la esperanza, en el agitado siglo XX, de poder unirse a Dios uniéndose al destino de los hombres y “participando de los designios de Dios sobre la humanidad, trazar sobre la multitud estelas de luz y, al mismo tiempo, compartir con el prójimo la injuria, el hambre, los golpes, las breves alegrías”.

“He aquí el gran atractivo de nuestro tiempo: penetrar en la más alta contemplación y permanecer mezclado con todos, hombre entre los hombres”, afirmó.