Ha coincidido en el tiempo con la pequeña «revuelta» de algunos sacerdotes vascos en contra del nombramiento de monseñor José Ignacio Munilla como obispo de San Sebastián. Casualidad o no, la carta que dirige el arzopbispo Mauro Piacenza, secretario de la Congregación vaticana para el Clero viene como de encargo, centrada en la promesa de obediencia al ordinario de la diócesis y a sus sucesores que todo presbítero realiza al ser ordenado.

Monseñor Piacenza subraya en su misiva, que, «aunque sea diferente el estatuto teológico de un votoy una promesa», en este caso, de «filial respeto y obediencia», «es idéntico el compromiso moral totalizador y definitivo, e idéntico el ofrecimiento de la propia violuntad a la voluntad de Otro, a la voluntad Divina, eclesialmente mediada».

Esta obediancia, prosigue el prelado, se hace cada día más «incomprensible» en nuestro tiempo, «entretejido de relativismo y de modelos democráticos, de autonomismos y liberalismos», confundiéndose como «una disminución de la dignidad y de la libertad humana, o como una permanencia arcaica de costumbres obsoletas, típicas de una sociedad incapaz de una auténtica emancipación». Pero, subraya monseñor Piacenza «nosotros sabemos muy bien que no es así».

El hecho de que se hable de «filial respeto y obediencia», expone un ámbito de relación entre el hijo y el padre que llama a todos los sacerdotes a contemplarse «mutuamente con una mirada sobrenatural, de gran misericordia recíproca y de gran respeto, es decir, con esa capacidad de ver siempre en el otro el Misterio  que lo ha generado y que en última instancia le constituye».

Esta promesa, se realiza a quien en ese momento ostenta la dirección de la diócesis, pero también a los sucesores «porque la Iglesia huye siempre de excesivos personalismos».