El mundo católico se ha asombrado al conocer el milagro atribuido a Álvaro del Portillo, por cuya intercesión volvió a la vida un bebé recién nacido, después de 30 minutos sin actividad cardíaca, en un hospital de Chile en 2003. 

Pero en esta misma semana en que se difundió el caso del bebé chileno, se ha producido un caso aún más impresionante: Yasmin Gomes, una bebé sin respiración ni latido cardíaco, que volvió a la vida tres horas después de que se firmase su certificado de defunción, mientras el cuerpo descansaba en la capilla del hospital.

Y ha sucedido en un Brasil que se prepara para recibir la JMJ, y en una América Latina que debate sobre el aborto más que nunca.


En el caso de Chile, la oración fervorosa de la madre, que invocaba la intercesión celestial del sacerdote Álvaro del Portillo, colaborador de San Josemaría Escribá, "forzó" el milagro.

En el caso de Brasil, ni hubo oración fervorosa ni se pidió la intercesión de un santo. La bebé, de repente, movió una piernita. Una gracia absolutamente gratuita.


La pequeña Yasmin Gomes, hija de Jennifer Da Silva (22 años) y Cleverson Carlos Gomes (26 años) nació el martes 9 de julio de 2013 en el Hospital Lincoln Graca (Londrina, sur de Brasil). Nació viva en un parto normal, pero nada más nacer sufrió una parada respiratoria.

Y murió.

Eso dice el doctor Aurelio Filipak, quien luchó por salvar a Yasmin y firmó el acta de defunción.

También lo dice la enfermera que colaboró en el parto, Ana Claudia Oliveira. Y el equipo de reanimación. La niña estaba muerta. No respiraba. Su corazón no se movía. Durante una hora intentaron reanimarla, y no reaccionó. Por eso firmaron el acta de defunción a las 11 de la mañana.


A la enfermera Oliveira le daba mucha pena llevar el cuerpo a la morgue, según explicó al noticiario brasileño Tanosite.com. Pidió el cuerpo para cuidarlo mientras llegaba la funeraria, para depositarlo, en vela, en la capilla del hospital, una capilla con su crucifijo, su sagrario, su Virgen María y su San José con Niño en los brazos (la que se ve en la foto bajo estas líneas).



La enfermera Oliveira lavó el cuerpo de la niña, la vistió... y está segura: la niña estaba muerta.

"Puedo asegurar que estaba muerta; sus pupilas no respondían a la luz. Lo vi con mis propios ojos. Estaba completamente azul, muerta", detalla.


La madre de la niña, Jennifer da Silva, estaba destrozada: "mi mundo se hundió, era mi momento más desesperado, todos mis sueños me eran robados".

El padre, Cleverson Carlos Gomes, vio por primera vez a la niña ya muerta, en la capilla: "Vi el cuerpo pálido, sin vida de mi hija. No pude quedarme allí. Salí corriendo de la capilla, llorando", recuerda.

Y ahí quedó el cuerpo de la bebé, bajo la mirada de la Virgen y San José en la capilla, desde las 11 de la mañana a las 2 de la tarde. Tres horas sin vida.


Fue entonces cuando llegó la abuela, Elza Silva, con un amiga, dueña de una funeraria, Rosilis Ferro, trayendo un ataúd de bebé. Y cuando iban a coger al cuerpo del bebé, ¡pataleó con una piernita! Rosilis Ferro lo vio y lo cuenta: "fue un momento muy emocionante; empecé a temblar, no podía hablar, abrumada por la felicidad. Llamé a una enfermera que al principio no se lo creía. Nos dijo que eran sólo espasmos. Y entonces la bebé abrió los ojos".

Jennifer, la mamá, estaba recibiendo condolencias de sus familiares cuando una enfermera entró en la habitación gritando: "¡tu hija está viva!"

Jennifer dice que "al principio no reaccioné, no sabía qué pensar. Empecé a marearme. Pero después ya no pude contener mi felicidad".

El equipo médico llevó a la pequeña a la unidad de cuidados intensivos del cercano hospital infantil Sagrada Familia, donde se estabilizó. A la niña Yasmín, vencedora de la muerte, quieren cambiarle el nombre para que se llame Victoria.


Y el doctor Aurelio Filipak (en la foto bajo estas líneas), que luchó durante una hora por salvarla y firmó la defunción, declara: "La gente puede hacer sus conclusiones, pero solo los que estábamos ahí sabemos lo que pasó. En 20 años de medicina nunca he visto nada similar. Todo el equipo, el monitor cardíaco, el oxímetro, todo mostraba que ella no respiraba ni tenía latido en el corazón".



Jennifer, la madre, lo encaja con buena teología, de aceptación y gratuidad. "No hay explicación a los milagros, suceden según quiera Dios", asegura. "Si hubiera sido su voluntad que muriese nuestra hija, lo habríamos aceptado. Pero la trajo de vuelta, así que debe haber un propósito superior para todo esto".