La Iglesia recuerda que la ciencia no puede afirmar ni negar la acción divina en la creación. No todo el mundo sabe que la teoría de Evolución de Darwin es sólo eso: una teoría, y no una ley probada científicamente. Y frente a esta teoría que campa sin opositores en el mundo intelectual, allá por los años 80 Philip Johnson impulsó otra: la del Diseño Inteligente (ID, por sus siglas en inglés). Desde un punto de vista estrictamente científico y apoyada en la bioquímica, pretende demostrar que ciertos sistemas biológicos complejos no pueden ser explicados por la evolución de otras especies o por mutaciones fruto del azar, tal y como defiende Darwin.
 
Para el ID, por el contrario, detrás de estas complejidades imposibles de comprender hay un propósito definido por un «agente inteligente» o Dios. Pero «el problema de permitirle a Dios un papel en la historia de la vida no es que la ciencia dejaría de existir, sino que los científicos tendrían que reconocer la existencia de algo que está fuera de las fronteras de la ciencia», explica Johnson. Es decir, que el ID no acepta que de la materia pueda surgir la inteligencia o el espíritu, ya que existe una «discontinuidad» evidente. Esto repetía también uno de sus defensores, el cardenal Schönborn, el 7 de julio de 2006 en un artículo publicado en el diario estadounidense New York Times titulado Finding design in nature («Descubriendo el diseño en la naturaleza») a propósito de la polémica escolar en EE UU por la inclusión o no del ID en el currículo educativo.
 
Y es que desde que George Bush consideró públicamente que sería positivo que los estudiantes conocieran las dos versiones que explican el surgimiento de la vida en la tierra, las críticas no han dejado de arreciar sobre la llamada «alternativa al evolucionismo». Fue el pasado 1 de agosto cuando un grupo de reporteros de Texas acudió al salón Roosevelt para mantener una entrevista. Allí, uno de los periodistas le preguntó al presidente si consideraba importante impartir ambas posturas en la escuela: «Creo que parte de la educación es exponer a la gente diferentes escuelas de pensamiento», aseguró George Bush. Desde ese momento, en más de 20 de los 50 estados del país comenzaron los debates sobre el tema. Uno de los casos más llamativos es el de la localidad de Dover, en Pensylvania, donde una frase incluida en los planes de estudio ha acabado en los tribunales: «Los estudiantes van a ser advertidos sobre las lagunas y los problemas de la teoría de Darwin y (...) y deben ser expuestos a teorías alternativas como la del Diseño Inteligente».
 
De estas lagunas descubiertas en el evolucionismo también ha advertido Santiago Collado, licenciado en Física y doctor en Filosofía de la Universidad de Navarra. Collado recuerda, además, que Darwin tampoco estaba totalmente convencido de que su teoría fuera irrebatible. De hecho, el investigador inglés reconoció en su tiempo que «si se demostrara la existencia de un órgano complejo que no pudo haber sido formado mediante numerosas y leves modificaciones sucesivas, la teoría de la evolución se desmoronaría por completo». No es casualidad que el propio Charles Darwin finalizara en 1889 su mítico ensayo sobre «El origen de las especies» con un himno al Creador...
 
Por su parte, el Magisterio de la Iglesia no se opone al evolucionismo como teoría científica que es, pero sí a ciertas ideologías escondidas detrás de algunas de sus versiones más materialistas. Por eso recuerda que «no se puede excluir “a priori” la causalidad divina en la creación: la ciencia no puede ni afirmarla, ni negarla». Esta postura fue ratificada por Benedicto XVI en su homilía del 24 de abril de 2006, en la ceremonia de inicio de su Pontificado, cuando avisó que «no somos el producto casual y sin sentido de la evolución. Cada uno de nosotros es el fruto de un pensamiento de Dios».