Mauricio Artieda es el director de la web evangelizadora Catholic Link (http://catholic-link.com), vive en Roma, es máster en Comunicación digital y periodismo y miembro laico del Sodalicio Cristiano (sodalicio.org). El pasado mes de marzo publicó un análisis sobre los riesgos de sectarismo en los grupos cristianos, sean una congregación, una parroquia, un movimiento laico... 

Mauricio explica que la clave está en que "por el seguimiento acrítico de un líder carismático, empiezan a encerrarse en sí mismas hasta el punto de perder —en la práctica— la riqueza, la sabiduría, el consuelo y el acompañamiento que implica su pertenencia a la Iglesia; llegando a desarrollar, casi como una enfermedad, características de estilo sectario: fanatismo, intransigencia, rigorismo, victimización institucional, egocentrismo, triunfalismo, idealización de las autoridades, voluntarismo… y la lista podría continuar".

Publicamos a continuación esta revisión completa. 


por Mauricio Artieda, publicado originariamente en Catholic Link 

Lo sé, lo sé, el título no es nada alentador, pero déjenme explicarles por qué creo que responde correctamente a la realidad que quiero tratar. Vivimos un tiempo muy duro para toda la Iglesia, un tiempo de dolor y vergüenza por distintos tipos de escándalos: sexuales, económicos, políticos, etc. Estoy casi seguro de que cada uno puede recordar un hecho triste sobre la Iglesia, un sacerdote o comunidad, que lo ha afectado de manera personal y espiritual. 

No quiero sonar demasiado dramático; este, paradójicamente, también es un tiempo de enorme esperanza, lleno de signos hermosos que nos envía el Espíritu Santo y eso es innegable. Sin embargo, para distinguir el trigo de la cizaña hay que ensuciarse las manos. Hay que evaluar, reflexionar, dar un nombre y poner en la oración, aquellas cosas que le hacen mal a la Iglesia, con la esperanza de poderlas cambiar y así renovar nuestro testimonio de auténticos discípulos de Cristo.

Dicho esto, me interesa hablar de las comunidades religiosas, laicales o parroquiales que, de distintos modos y por distintas razones, muchas veces sin la plena consciencia de sus miembros y por el seguimiento acrítico de un líder carismático, empiezan a encerrarse en sí mismas hasta el punto de perder —en la práctica— la riqueza, la sabiduría, el consuelo y el acompañamiento que implica su pertenencia a la Iglesia; llegando a desarrollar, casi como una enfermedad, características de estilo sectario: fanatismo, intransigencia, rigorismo, victimización institucional, egocentrismo, triunfalismo, idealización de las autoridades, voluntarismo… y la lista podría continuar.

Lamentablemente, no son pocas las comunidades que en la actualidad se han contagiado de esta enfermedad y le han hecho un grave daño a toda la comunidad eclesial y a las personas que, directa o indirectamente, han perdido la fe por su pobre testimonio cristiano. Sin contar las comunidades que ya han sido investigadas y en este momento se encuentran en un proceso de sanación y acompañamiento, actualmente la Iglesia investiga a más de una docena de fundadores y evalúa la calidad de la vida religiosa de las comunidades que iniciaron.

Así están las cosas.

¿A qué voy con todo esto? Pues a que la cosa no parece un problema aislado ni una infeliz coincidencia. Algo está pasando. No sé si sea el individualismo exacerbado de nuestras sociedades que se inocula también en las comunidades religiosas, tal vez sea la pérdida de una recta teología de la cruz remplazada por un «encarnacionismo» excesivo, o, simplemente, la astucia del demonio, que encontró en este tiempo muchos hombres frágiles y carismáticos, fundadores de comunidades por la Gracia de Dios, que, hinchados por su propio ego y por la alabanza torpe de algunos pobres incautos, se volvieron presas fáciles para que el maligno los arrastrase a la madriguera de la soberbia y ahí los devorase. 

¿¡Qué sé yo!? Las causas no las conozco. Dejemos esas reflexiones a los teólogos o sociólogos católicos. Yo quiero aportar algo que sí conozco; y, lamentablemente, lo conozco de primera mano. 

Me refiero a los síntomas de una comunidad que empieza a enfermarse de sectarismo. Para ser completamente sincero, no es un argumento del cual me sea fácil hablar, pero creo que las reflexiones que vendrán a continuación —muy personales, por cierto— pueden dar algunas luces para que cada uno haga un examen de conciencia y evalué si su comunidad, parroquia o movimiento, ha comenzado a experimentar alguno de los siguientes síntomas:




Así de simple: los ángeles no son santos. Y cuando un ser humano comienza, por iniciativa propia o por estupidez de quienes lo rodean, a llenarse de atributos angelicales, entonces no le hacemos ningún favor creyéndolo un santo. ¿Por qué? Simplemente porque no lo es. Es un ser humano pecador como cualquier otro que necesita el sostén y el aliento de la gracia y de sus hermanos. A través de una alabanza que no le corresponde, no hacemos otra cosa sino allanar el terreno para que el demonio engañe y subyugue a esa persona. 

Ojo, nadie niega que estos hermanos puedan ser personas muy virtuosas y abnegadas. El punto es que ningún ambiente de adulación constante es saludable para el ser humano. El mismísimo Papa nos recuerda sin descanso que él también es un pecador y que necesita de nuestra oración. ¿Por qué lo hace? ¿Por qué no son pocas las personas que se asustan cuando el Papa dice algo así? ¿Acaso no nos faltará un poco de más de realismo cristiano?

Si en tu comunidad existen hermanos o autoridades tratados casi como objetos de devoción, cuyas palabras son como páginas del Evangelio que llueven desde el cielo, es importante tener cuidado y ser muy conscientes de que el demonio se aprovecha de estas situaciones para tejer sus redes. Ojo, seguramente esta persona es muy buena y dice cosas muy ciertas, nadie lo niega, ¡por algo tiene un puesto de servicio importante, ¿no?!, y no se trata de buscarle pecados o yerros a partir de ahora, se trata de saber que los tiene, que necesita consejo y compañía, que está tan necesitado del perdón y de la Gracia de Dios como lo estamos tú y yo. Aunque te duela, si crees sinceramente que se equivoca o que está abusando de su autoridad, corrígelo con humildad; es decir, ámalo.


Hay que tener cuidado con las narrativas de negros y blancos, buenos y malos, fieles e infieles, sanos y enfermos, etc. Estas se pueden aplicar a la política, a la vida espiritual y a tantas otras realidades pasando por nuestras comunidades, e incluso a nosotros mismos. Es un modo infantil de leer la realidad que hace que las lecturas sean muy cómodas. Estás aquí o estás allá. Es progresista (negro) u ortodoxo (blanco), ese es un obispo fiel (blanco) o infiel al Papa (negro), es un tipo que abandonó la vida religiosa (malo) o uno que perseveró (bueno). 

Sin querer caer en el relativismo ni negar que hay acciones y actitudes objetivamente equivocadas, me parece que esta es una típica lógica sectaria que teme la existencia de los grises. En la vida, disculpen, creo que los grises son la mayoría y son incómodos porque sus tonos provienen de la complejidad de la realidad y no encajan dentro de nuestro modo etiquetador, categórico, ideológico, y muchas veces simplista, de pensar. Es algo que me parece que el Papa Francisco está combatiendo con mucha fuerza durante su pontificado.

Me atrevería incluso a afirmar que Cristo fue un enorme gris para las expectativas de los judíos que esperaban al Mesías. Solo los hombres valientes, esos que lograron romper con el sectarismo y la lógica de los blancos y negros, lograron aceptar el gris de Jesús; es decir, un Mesías glorioso, sí, pero cuya gloria brilló en la humildad, la misericordia y la humillación. Hoy en día —tal vez hoy más que nunca—¿tu comunidad es capaz de distinguir las tonalidades de la realidad, o todo pasa por el filtro del blanco y el negro?


No importa si formas parte de una reconocida élite intelectual católica, de un grupo o movimiento con cientos de vocaciones al año, o de una parroquia atiborrada de fieles todos los domingos, el día que comiencen a sentir el aguijón de la vanagloria y empiecen a sentirse la almeja con la perla en medio de un montón de moluscos vacíos, ese día, para ustedes, inició un cisma espiritual que, de no detenerse, los terminará alejando de la única fuente de gracia que Dios le ha regalado al mundo: la Iglesia.

«Pero es que la Iglesia es…» ¡Sí! La Iglesia es frágil y pecadora, los obispos están lejos de ser perfectos, no sabemos hablarles a los jóvenes y las parroquias todavía no están en Twitter… y aun así Dios la quiso a ella para derramar su gracia en el mundo.

La Iglesia aplaude los logros y las cosas buenas que hacen las comunidades, pero en sus dos mil años de historia su sabiduría la lleva a ser cauta con los triunfalismos y las fórmulas temporales de éxito, ella sabe que la acción de Dios es misteriosa y también actúa en lo sencillo y lo humilde, en las aparentes derrotas y, sobre todo, a través de la oración y la cruz. La Iglesia es un sacramento universal de salvación, no una asociación estratégica de conversión y canalización de la vida cristiana; en otras palabras, nos fundó Jesucristo, no Gramsci (¡gracias a Dios!).




Todos tenemos heridas. Las heridas están en nuestro pasado, las cargamos en el presente, y tal vez, casi con certeza, las tendremos en el futuro. Cuando las comunidades religiosas forman personas solamente para cosechar éxitos apostólicos, éticos, humanos o espirituales, etc., entonces están creando pequeños extraterrestres que será mejor que sean enviados en un cohete espacial a su planeta de origen antes de que caigan en cuenta de que viven en el planeta Tierra y son seres humanos de carne y hueso. En la vida hay fracasos y frustraciones y conocer a Cristo y ser cristianos —incluso consagrados—no nos exime de tener que hacer la cola del sufrimiento y la derrota, tampoco nos da derecho a colarnos para sufrir menos, lo único que significa es que llevamos en el corazón la seguridad de que esa frustración personal y ese dolor no son más fuertes que el amor de Dios, y que esa certeza crece cuando la compartimos con quienes, como nosotros, avanzan en la fila hacia el check-in de la vida. 

Las comunidades, sea la que sea, tienen que formar hombres que anhelen y busquen la santidad: eso significa preparar Seres humanos —laicos y consagrados—para aceptar también sus derrotas y sus miserias. Después de algunos años buscando ser santo de la manera equivocada, ahora creo sinceramente que la santidad es dejarse amar por Dios y tratar, poco a poco, de que Dios ame a través de nosotros; evitando, claro que sí, que nuestro pecado distorsione ese amor, pero sabiendo que a veces nuestras heridas son canales privilegiados por donde el amor de Dios nos colma y se irradia a los demás.


Una misma comunidad, carisma, espiritualidad o disciplina, no quiere decir una misma personalidad, ideas, ritmos, estudios, expectativas, anhelos, deseos, peinados, etc. Esto san Pablo lo tenía clarísimo, pero, al parecer, muchas comunidades en la actualidad no lo hemos tenido muy claro. Así como con la lógica de los blancos y negros (que he descrito líneas arriba), la uniformización también es un modo de evadir la realidad y de no dejarla interpelarnos. 
¿Por qué? No soy sociólogo ni psicólogo, pero no se necesita serlo para darse cuenta de que la uniformización es más fácil de controlar que la diversidad. Lidiar con la diversidad y la riqueza de personalidades dentro de una comunidad implica mucha confianza en el Espíritu de Dios y en la Iglesia que nos guían por un mismo camino aun cuando los hombres tienen opiniones, sentimientos y maneras de hacer las cosas diferentes los unos de los otros. Hay algo de desconfianza espiritual en la uniformización de las personas, algo de falta de fe que poco a poco, cuando pasa la efervescencia de la etapa fundacional, se hace evidente y aniquila la experiencia carismática en una comunidad.

Desde el punto de vista de la persona que participa en una dinámica de uniformización y renuncia a algunos rasgos importantes de su propia personalidad y manera de ser, la experiencia también es muy dura y la vida cristiana, laica o consagrada, se va haciendo cada vez más penosa y cuesta arriba hasta el punto no lograr comprender más por qué las promesas de Dios no se cumplen en la propia vida. Muchas de estas personas, desorientadas y cansadas de esforzarse por encajar en un modelo único, terminan buscando ayuda en terapias psicológicas que no siempre ayudan a comprender que Dios puede permitir errores en la propia formación y sacar de ello frutos de conversión y crecimiento espiritual.


Haré mías algunas de las reflexiones del P. Rupnik en esta conferencia para explicar este punto. No es nada extraño que algunas comunidades piensen que el carisma que han recibido es aquello que los distingue de otras instituciones eclesiales. Pero la verdad es que el carisma es todo lo contrario: es el sello indeleble de nuestra pertenencia a la Iglesia y de nuestra condición de miembros del cuerpo de Cristo. Y bueno, claro que es don especial, por supuesto que es un regalo único para cada comunidad, pero la realidad hay que pensarla en el orden correcto: el carisma, en primer lugar, es un precioso signo de comunión y hermandad dentro del cuerpo y la misión de la Iglesia. Rumiar el carisma para cobijar pensamientos y sentimientos de diferencia, separación, y hasta superioridad, es la mejor manera de despreciar la razón por la que Dios gratuitamente nos lo entregó.

Pensemos en los mosaicos y en los frescos de las Iglesias medievales. Ninguno de ellos estaba completo. Cada imagen se conectaba, de alguna manera, con otra imagen, y todas ellas formaban, junto con el ábside, los retablos, el altar, etc., un solo y potentísimo mensaje catequético sobre la unidad, la belleza, el amor o la verdad de Dios.

Si pensásemos en muchas de las comunidades religiosas que existen en la actualidad y las imaginásemos como frescos, altares o mosaicos dentro de una iglesia, nos daríamos cuenta que se parecen mucho a las iglesias modernas: un altar dedicado a un santo por aquí, una imagen sobre la vida de algún patrono por allá, ninguno conectado con el otro y, de alguna manera, exigiendo una devoción exclusiva e individualista desconectada de la unidad de la iglesia en su conjunto. Por esta razón, cuando una de estas comunidades sufre los embates de un escándalo o una crisis muchos de sus fieles abandonan también la Iglesia. ¿Podemos culparlos? En el fondo estas comunidades eran frescos o mosaicos que se creían completos y no invitaban a la contemplación del conjunto ni producían sentimiento alguno de pertenencia a la Iglesia. Es una pena.




Es esencial comprender qué es lo que entendemos por virtud, ascesis y búsqueda de perfección. Lamentablemente muchas comunidades, especialmente en los años de formación de la vida consagrada o religiosa, pero también en instituciones laicales, la búsqueda de una reconstrucción de la humanidad caída ha sido equivocadamente prioritaria y alejada de una sana teología de la gracia. ¿A qué me refiero? A que el individuo, como dice el P. Rupnik, cuando recibe la vida de Dios, muere. No hay perfección humana que pueda sostenerse cuando Dios nos visita y nos muestra lo frágiles y pequeños que somos delante de Él y de la misión que nos tiene encomendada. 

Quienes se preparan y se dan golpes contra la pared por estar a la altura de la visita de Dios probablemente terminen dándose golpes contra el diván de un psicólogo o de un psiquiatra por ponerse sobre las espaldas un peso que no podían cargar. Y con esto no quiero decir que no debamos practicar la virtud o vivir una vida ascética; pero cualquier práctica de este tipo debe ayudarnos a ganar en humildad, a reconocer nuestra fragilidad y a prepararnos para ser derrotados por Dios (al estilo de Jacob) y continuar confiando Él. La verdadera ascesis lleva a la contrición del corazón y no a su entumecimiento fruto del orgullo y la autosuficiencia.

Ese es el mejor modo de preparar la perfección a la que estamos llamados. Y digo «preparar» intencionalmente, porque es Dios quien nos hace perfectos regenerándonos en su hijo, gracias al poder del Espíritu Santo que ha prometido a la Iglesia. Es decir, no es una perfección individual. Jesús nos dijo que seamos perfectos como Dios es perfecto y Dios es una comunidad de amor. ¿A quién no le quedó claro esto? 

El cristianismo no se construye sobre individuos perfectos; sino sobre personas regeneradas en Cristo, hijos de Dios y miembros de la Iglesia. Esto es una gracia, dura una vida, empieza con el bautismo, y se realiza en el cuerpo de Cristo. ¿Lo ponemos más claro? Los santos no son self-made men; es más, simplemente no existirían si no existiera la Iglesia Católica.


Otro síntoma es la importancia desmedida de los proyectos apostólicos. Llega un punto donde tener grupos, parroquias, iniciativas, colegios o universidades se vuelve lo más importante. Claro, la razón es el apostolado y la evangelización y eso está muy bien, pero hay un momento donde el demonio se aprovecha de nuestro activismo y trastoca las cosas. 

Los proyectos también generan presencia eclesial, admiración, poder, etc., y si una comunidad no hace un constante examen de conciencia puede comenzar a empujar a las personas a vivir en función de dichos proyectos. La oración, el fundamento espiritual, y el origen apostólico de todas esas obras se empieza a perder y se comienza a vivir en función de las gratificaciones mundanas y secundarias que estos proyectos generan. Es una lástima, pero estas cosas pasan y hay que estar alerta. Se pueden cometer muchos abusos y hacer mucho daño cuando las obras ocupan un lugar más importante que las personas. Ejemplos los hay en cantidades.




Ninguna comunidad está exenta de críticas. Hay laicos, sacerdotes y obispos que a veces no están de acuerdo con las cosas que una determinada comunidad hace. De vez en cuando hay hermanos dentro de la comunidad que expresan juicios negativos. En mi opinión el modo de reaccionar de una comunidad ante las críticas externas e internas es un gran termómetro que mide y regula el nivel de sectarismo. 

¿La comunidad es capaz de hacer una auto-crítica? ¿Disentir está permitido y las opiniones contrarias u objeciones a ciertas prácticas son escuchadas y tomadas en cuenta? ¿O se aplica la lógica de blancos y negros donde quienes están en desacuerdo son tachados automáticamente de “comunistas”, “progresistas”, “enfermos”, “loquitos” o “acomplejados”?

Es bueno poner atención: cuando aparece una crítica a la comunidad, ¿se la discute y rebate con argumentos sólidos o se la desestima en base a la descalificación moral de la persona que la emite? ¿Se enfrenta a la persona y se busca comprender las razones por las cuales ha formulado la crítica o se evade el argumento? 

Por otro lado, cuando se trata de una situación interna, ¿cuán libres se sienten (sí, sí, ¡se sienten! he usado el verbo correcto) los miembros de criticar algunas prácticas y proponer mejoras al modo de hacer las cosas? ¿Cuán libres se sienten los miembros de criticar actitudes de abuso o maltrato por parte de sus autoridades? Todas estas son preguntas importantes que toda comunidad y sus miembros deben hacerse con mucha seriedad.


El ejercicio abusivo de la obediencia ha causado graves daños en varias comunidades. Creo que todos lo sabemos. Muchos de los puntos que he tocado en este recorrido de síntomas son factores que crean un clima inadecuado para un ejercicio sano de la obediencia religiosa. Me explico, si una comunidad está enferma de perfeccionismo voluntarista, si pone las obras por encima de las personas, si despersonaliza a sus miembros a través de un modelo único de comportamiento, si es inmune a las críticas y sus miembros no se sienten libres de alzar la voz para criticar prácticas inadecuadas, etc., etc., pues la obediencia lamentablemente se desvirtúa y pasa, de ser un regalo de Dios para vivir el desapego personal y la unión amorosa a su plan, a ser un instrumento del cual se puede aprovechar para crear y mantener dinámicas de abuso, censura y encierro ideológico. Lamentablemente, a este cuadro tenemos que añadir algunos casos de violencia sexual que, por desgracia, directamente o indirectamente han ocurrido valiéndose de una relación de obediencia.

Lo duro cuando hablamos del voto de obediencia es que toca fibras muy íntimas en el corazón de un religioso o laico consagrado. Cuando una persona acepta libremente su voto o compromiso de obediencia se pone en manos de Dios y acepta la mediación y la ayuda de un hombre (o una comunidad) para discernir lo que Dios quiere de él. Renuncia a dirigir su propia vida con total autonomía porque un pedazo de esa libertad ha decidido ponerla en manos de un Dios que no puede traicionarlo. 

Cuando un superior abusa de su autoridad y maltrata a un religioso es muy difícil no involucrar al Señor en el conflicto y decirle: «confié en ti y me traicionaste». Por eso la autoridad no puede ser un premio para los mejores ni un rango jerárquico al estilo militar: la autoridad, como dice el Papa, es un servicio hermoso donde el superior abre las manos y el religioso deposita la perla preciosa de su confianza y su esperanza en la bondad de Dios. Por esta razón, el ejercicio respetuoso de la autoridad y la comprensión del valor enorme del voto o compromiso de obediencia son dos claves en la experiencia de una comunidad religiosa sana; y, por el contrario, son dos termómetros—casi matemáticos—del sectarismo presente o latente en una comunidad religiosa.




Este punto lo añadí una día después de publicar el artículo. ¡Casi lo olvido! Un síntoma muy fuerte de sectarismo es tratar con indiferencia, rencor o desprecio a los ex-miembros de la comunidad. E inclusive se puede llegar al extremo de tratar con desconfianza a los miembros que mantienen relaciones con las personas que se retiran de la institución. Voy a ser muy claro: esto no viene de Dios, es una actitud demoniaca que golpea muy duro a las personas que durante muchos años entregaron su vida al servicio de la comunidad. ¿Somos capaces de entender esto? 

Que de un momento a otro, por el hecho de haber decidido dejar el movimiento, el grupo o la familia espiritual —por las razones que fueran—, los compañeros y los amigos que hiciste ahí te cierren las puertas y te traten con distancia y sospecha, ¿no crees que puede ser un golpe que puede dañar seriamente a la persona? Si esto está pasando en tu comunidad, ten cuidado, este síntoma es inequívoco. Comprométete a cambiar esta situación pero no te escandalices. Muchas de estas cosas se hacen sin maldad; simplemente son automatismos aprendidos con el tiempo alimentados por una grave incapacidad de auto evaluación y discernimiento comunitario.

Por último, ¿qué hacer si mi comunidad, movimiento o parroquia, tiene uno o varios de estos síntomas?
Disculpen si es que no profundizo demasiado en esto, pero este artículo ya está bastante largo. Creo que el consejo más importante es el siguiente: es muy sano conversar con personas buenas, sabias y bienintencionadas externas a la comunidad. Puedes hablar con tu obispo o con algún sacerdote amigo que pueda darte luces y una opinión imparcial. 

Si la situación fuese muy grave tienes todo el derecho de tener un confesor o un consejero espiritual externo a la comunidad. Nadie puede decirte a quién le abres tu consciencia ni tu fuero interno. De ese acompañamiento o amistad pueden surgir puntos de vista diferentes  y nuevos ánimos que te ayudarán a mirar las cosas con más libertad y a ganar confianza para ayudar a tu comunidad a sanar aquellos síntomas que tú crees que la puedan llevar a enfermarse más seriamente.

¿Un consejo más? No te quedes callado. Mide tus palabras pero habla, comenta lo que crees que está mal a pesar de que puedas estar equivocado. No te pelees, reza mucho lo que quieres decir pero no rehuyas a tu deber de evidenciar los síntomas de los cuales hemos hablado. Si alguien juzga tus intenciones examínalas delante del Señor en la oración, pero si tu causa es justa, continua con ella. Escucha lo que tus hermanos tienen que decir y no te encierres en tu modo de ver las cosas, dialoga con respeto y verás que poco a poco el Señor también hará su parte.

Estos consejos o cualquier otro que te pueda dar se resumiría en: mira a la Iglesia, respira con la Iglesia y busca la ayuda de la Iglesia. La Iglesia es madre, es sabia y es tierna. No desconfíes nunca de ella, porque en el mar borrascoso en que nos toca navegar, Ella es la única embarcación segura porque, a pesar de todas sus fallas, ha sido construida por Dios y su Capitán sabe muy bien lo que hace.

Por último, recuerda siempre, el antídoto contra el sectarismo se llama catolicismo. Una y otra están en dos polos opuestos de la realidad.

Podría continuar, pero hasta aquí llegué. Si es que lograste leer todo el artículo (o si leíste solo una parte) me encantaría leer tu opinión. Que Dios te bendiga.