Esta es la historia de una de tantas personas que viven en países islámicos, en donde cambiar de religión y convertirse al cristianismo es sinónimo de muerte social e, incluso, de muerte física. Es lo que pudo llegar a sufrir esta mujer –Emmanuelle- que, tal y como cuenta en la web Aleteia, sufrió mucho pero Jesucristo la mantuvo firme.
 
Soy Emmanuelle. Es el nombre que recibí en mi bautismo. Conocí a Jesús cuando era más pequeña. Mi historia empieza junto a un portal de Belén. Solía sentarme toda la noche junto al nacimiento para contemplar al niño. Por entonces aún no le conocía, pero me sentía feliz observando la cueva del portal y el árbol de Navidad.


Con el paso de los años, decidí conocer mejor el cristianismo, pues algo me atraía hacia Cristo y sentía que Él vivía en mí, aunque no pudiera verle. Decidí ir a la iglesia a descubrirlo. Era una pequeña iglesia armenia en Trípoli. Mis padres no sabían nada de esto. Un joven, que más tarde se convertiría en mi amigo, me ofreció una Biblia.
 
Yo abrí una página al azar y leí este pasaje (Mateo 6, 6): “Pero tú, cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre en secreto. Y tu Padre, que ve lo que haces en secreto, te recompensará. Y al orar no repitan ustedes palabras inútiles, como hacen los paganos, que se imaginan que cuanto más hablen más caso les hará Dios. No sean como ellos, porque su Padre ya sabe lo que ustedes necesitan, antes que se lo pidan. Ustedes deben orar así: ‘Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre…”.
 
La oración me encantó y desde entonces no pude parar de repetirla.
 
Así pasó un año. Pedí al Señor que me mandara alguna señal si Él quería que yo fuera cristiana. Al día siguiente, de vuelta a casa del colegio, vi desde lejos algo brillando en el suelo. Era un pequeño icono de Cristo. Me lo guardé.


Pasados unos años, murió un amigo mío. Era cristiano. Tuve muchos problemas después de su muerte, la mayoría problemas emocionales y depresión. Una noche tuve un sueño en el que Cristo estaba de pie en un monte ante una multitud de gente. Entonces Él me sonreía y me decía: “Estoy llegando…”.
 
Me desperté de aquel sueño como si me hubiera ayudado a recuperar mis fuerzas y mis ganas de retomar mi búsqueda.
 
Al día siguiente fui a una iglesia ortodoxa y le pedí al sacerdote que me acompañara en mi travesía, pero pronto tuve que enfrentarme con nuevos problemas que me alejaban de la Iglesia.
 
Caí otra vez en la depresión y otra vez me alejé de Cristo, pero Él volvió de nuevo para sacarme de mi aflicción.
 
Siempre estaba conmigo el joven al que conocí la primera vez que fui a la iglesia y que me dio una Biblia. Así que siempre regresaba a la Iglesia gracias a él…
 
Me enfrenté a la persecución tanto dentro como fuera de mi familia
. Aguanté palabras muy crudas, pero luché con todo mi corazón por Aquel a quien amaba.


Cuerpo incorrupto de San Charbel, en el monasterio maronita de Annaya

Actué con sabiduría con mi familia, tal y como me recomendó Jesús; sus palabras eran muy claras para mí, en todos los momentos de mi vida, me susurraba al oído y me fortalecía.
 
Decidí entrar a formar parte de organizaciones cristianas y círculos de oración. Busqué a Cristo entre mis amigos de la escuela donde estudiaba y encontré el amoroso espíritu de Cristo…


Entonces empecé a prepararme para el bautismo. Mi búsqueda de Jesús había durado 12 años y aquí me veis ahora, cristiana y miembro de la Iglesia maronita.
 
Solía tratar mucho a un joven que no era cristiano. Me quería mucho, pero no creía en Cristo… Yo le hablaba de mi gran amor por Cristo y de mi fuerte creencia en su gloriosa Resurrección. El chico empezó a interesarse por mí y, puestos a elegir entre él y Cristo, ¡escojí a Cristo! Escuché a Jesús que me decía: “El que pone la mano en el arado y sigue mirando atrás, no sirve para el reino de Dios”. Y continué mi camino.
 
Surgieron algunos problemas previos a la fecha de mi bautismo. Yo estaba cansada, pero Jesús no me abandonó.
 
Vi en un sueño que iba por un camino y que una luz se me aparecía y me daba dos versos del libro de Job antes de volver a desaparecer. Entonces me di cuenta de que aquel era el camino de las dificultades y los problemas, porque ese es el camino del amor.


Escudo de la Iglesia Católica Maronita
 
Tuve otro sueño: me encontraba en una iglesia abandonada en una zona musulmana que los cristianos abandonaron tras la guerra civil. Vi a muchas personas camino de la oración, así que entré en la iglesia. Estaba llena, pero aun así me abrí paso e intenté encontrar un asiento en el primer banco. El sacerdote dio un paso hacia mí y me sonrió, diciendo: “A ti te conozco desde hace mucho”. Era Cristo, le reconocí por la sonrisa en sus ojos…
 
Antes navegaba mucho por internet para conocer a personas convertidas al cristianismo. Descubrí que hay millones de personas en el mundo árabe que creen en Cristo, algunos en secreto y otros abiertamente… Me di cuenta de que la mano del Señor trabaja en la oscuridad, a pesar de las muertes y los crímenes diarios.
 
Elegí el nombre de “Emmanuelle”, que significa “Dios con nosotros” porque esa es la verdad.
 
Recé mucho el día de mi bautismo. Fue un día precioso. Sentí una felicidad que nunca antes había experimentado. No podía escuchar nada de lo que sucedía a mi alrededor, mi corazón gritaba de alegría y, así, me convertí en una persona nueva.
 
Hoy vivo en esta paz con mi iglesia y mis compañeros creyentes, en una comunidad donde compartimos el pan de vida que Jesús nos ofreció en la cruz y en su gloriosa Resurrección.
 
Hoy vivo en paz mi vida gracias a la luz que ha entrado en mi corazón, gracias a Jesús, que vino a aliviarnos de nuestras cargas y darnos amor y paz… Amén.