«Cualquier proyecto de renacimiento de la nación islámica debe obligatoriamente poner en el centro la condición de la mujer, con el objetivo de liberarla de la carga y de los cepos que ha impuesto la sociedad, de manera que pueda convertirse en un ser humano libre que participa con sus connacionales, en cuanto mujer con derechos y deberes, a la construcción de la nación. Del mismo modo que ella cumple con sus deberes hacia la sociedad, la sociedad debe concederle y reconocerle todos los derechos».

Así escribía el teólogo egipcio Gamal al-Banna en su ensayo “La mujer musulmana tras la liberación del Corán y las restricción de los juristas” (El Cairo 2002).

Pues bien, el sondeo publicado el 11 de noviembre pasado por la Fundación Thomson Reuters sobre los derechos de las mujeres en el mundo árabe, en el periodo sucesivo a la denominada primavera árabe, demuestra que el renacimiento al que se refiere al-Banna está muy lejos de ser alcanzado.


Sin entrar en el mérito de la metodología utilizada para redactar la clasificación de los 22 países árabes que respetan más o menos los derechos de las mujeres, es decir, la del sondeo de opinión entre expertos de estudio de género, los resultados, si bien son orientativos, llevan a una reflexión. En los últimos puestos figuran Egipto, Iraq, Arabia Saudita, Siria, Yemen.

La presencia de Arabia Saudita y Yemen en la parte inferior de la clasificación no asombra porque ambos, aunque con un PIB muy distinto, no consideran a la mujer una persona: en Arabia Saudita las mujeres siguen combatiendo hoy por el derecho a conducir un vehículo y, sobre todo, por desarrollar un papel significativo en la sociedad; en Yemen los matrimonios de las niñas son una plaga incurable, y el analfabetismo y la pobreza tiene como víctimas principales precisamente a las mujeres.


Los otros tres países, en cambio, son representativos del pasado (Iraq), presente (Egipto) y futuro (Siria) del proceso de democratización en Oriente Medio.

Muchos se han detenido a comentar la última posición de Egipto que, en honor de la verdad, no sorprende en absoluto. En abril de 2011, es decir, dos años después del derrocamiento de Hosni Mubarak, la periodista egipcia Mona Tahawy publicaba en la revista estadounidense Foreign Policy un artículo con el elocuente título: “¿Por qué nos odian?”, en el cual, refiriéndose a su propio país, denunciaba: «Cuando más del 90% de las mujeres casadas en Egipto – incluidas mi madre y cinco de sus seis hermanas – han sido sometidas a la mutilación genital en nombre de la modestia, entonces seguramente debemos dedicarnos todas a la blasfemia. Cuando las mujeres egipcias son sometidas a humillantes “test de virginidad” sólo por haber hablado en voz alta, no es el momento de estar calladas. Cuando un artículo del código penal egipcio afirma que si un marido ha pegado a la mujer “por buenos motivos” ésta no puede obtener ninguna compensación legal, entonces que lo políticamente correcto se vaya al infierno».

No sorprende tampoco la tercera posición, empezando por abajo, de Siria, país lacerado por una guerra que es ya global y que afecta de manera especial a los elementos más débiles de la sociedad, es decir, a las mujeres y a los niños.


En cambio, han pasado más de diez años desde que Iraq se liberó del régimen de Saddam Hussein; diez desde la invasión estadounidense en nombre de la democracia y de los derechos humanos.

Desgraciadamente, el país regado por el Tigris y el Éufrates, el país que ha hospedado la capital del Califato Abasí, que ha sido lugar de nacimiento de muchos personajes, literatos y políticos, que han hecho la historia del mundo árabe, está situado en el penúltimo lugar.

La ficha dedicada a Iraq por la Fundación Thomson Reuters lleva la siguiente declaración de Shatha al-Obosi, activista para los derechos humanos y ex diputado del Parlamento iraquí: «La violencia física y verbal sobre las mujeres está ya muy difundida, y creo que forma parte de la cultura social. Todo esto debe cambiarse a través de las leyes y la educación».

Se hace referencia, además, al artículo 409 del código penal que consiente penas reducidas para los reos de delitos de honor, y al hecho que las mujeres que viven en zonas rurales deben pedir permiso para poder ir al hospital.

Como en el caso de las otras naciones, se dan datos, números y porcentajes que están muy lejos de representar la realidad y la verdadera condición de las mujeres.


En 1930, el tunecino Tahar Haddad, en el célebre volumen “Nuestra mujer en la sharia y en la sociedad”, ya presentó un valiente programa de reforma de la sociedad partiendo de la emancipación de la mujer, sosteniendo que era necesario liberar a la mujer de la poligamia, del repudio previsto por el derecho islámico y plantar las bases para una efectiva igualdad entre el hombre y la mujer.

Sus reflexiones llevaron en 1956 a la promulgación del Código del Estatuto personal tunecino que está resistiendo los ataques de los islamistas tunecinos, y que hace que Túnez esté situado en el sexto lugar del sondeo de Reuters.

Pues bien, volviendo a Iraq, país que la opinión pública y la prensa casi han olvidado, hay en marcha un debate muy encendido, del que nadie habla, que concierne la propuesta por parte del Ministro de Justicia iraquí, Hasan al-Shammari, chií miembro del Partido Islámico de las virtudes, de introducir para los chiíes del propio país un Código del Estatuto personal ad hoc que sustituiría, para los ciudadanos chiíes, el Código del estatuto personal “unificado”, en vigor desde 1959.

En el código de 1959:

- se establece la edad mínima para el matrimonio en los 18 años, tanto para hombres como para mujeres (art. 7);

- se impide el matrimonio forzado (art.9);

- se obliga a registrar el matrimonio (art. 10);

- la poligamia está permitida sólo previo consentimiento del juez, que debe valorar la capacidad del marido de mantener una eventual segunda mujer; consiente la petición de divorcio por parte de la mujer (art.34).

La propuesta chií hace referencia y encuentra justificación en el artículo 41 de la constitución que prevé que “los seguidores de todas las religiones y sectas son libres de administrar las propiedades, los negocios y las instituciones políticas de la propia secta de acuerdo con las creencias y las elecciones de su religión o secta”.


El borrador del Código del Estatuto personal chií consta de 254 artículos, algunos de los cuales empeorarían ulteriormente la condición de la mujer.

En el artículo 16, por ejemplo, se aprueba que la edad mínima del matrimonio para los hombres descienda a los 15 años y para las mujeres incluso a los nueve; además, se contempla la posibilidad de bajarla incluso más si lo piden los respectivos guardianes, es decir, el padre o el abuelo.

El artículo 101 establece que la mujer no puede salir de casa sin previo consentimiento del marido; el mismo artículo resalta que el marido tiene el derecho de tener relaciones sexuales con la mujer siempre que él quiera.

El artículo 104 legaliza la poligamia a secas. Es evidente que la mujer volvería a ser considerada un objeto desde el nacimiento hasta la muerte.

El artículo 126 establece incluso que el marido no estaría obligado a mantener a la mujer si se trata de una menor o anciana y, por tanto, no pudiera satisfacerle sexualmente.

Ultimo, pero no menos importante, mientras en el código de 1959 un iraquí musulmán puede casarse con una no musulmana (art. 17), el nuevo código en este caso permitiría, en el artículo 63, sólo un matrimonio temporal.


La propuesta de al-Shammari enviada al Consejo de Ministros del pasado octubre devolvería Iraq al sectarismo que lo había marcado en el pasado y que, desgraciadamente, está volviendo a marcarlo en la era post-Saddam. La campaña contra el proyecto chií puesta en marcha por el sitio liberal www.ahewar.org confirma en un comunicado que «los partidos islamistas quieren imponer la propia autoridad a los iraquíes. […] Desde el primer día de su llegada al poder con el apoyo de las fuerzas de ocupación estadounidenses tienen como objetivo marginalizar a las mujeres».

El ejemplo de los Hermanos musulmanes en Egipto confirma esta denuncia. En marzo de 2013, la dirección del movimiento fundado por Hasan al-Banna emitió un comunicado sobre la Convención para la Eliminación de la violencia contra las mujeres (Cedaw sus siglas en inglés), de las Naciones Unidas, en cuanto violaría los principios de la sharia.

De todo esto se deduce que la Fundación Thomson Reuters habría desarrollado una tarea mucho más útil si se hubiera concentrado sobre lo que está sucediendo, hora tras hora, en los países árabes en los que hay partidos islamistas en el poder, tanto chiíes como sunníes, ya que estos o bien utilizan a la mujer para demostrar que son más “moderados”, como en el caso del reciente nombramiento de una mujer como portavoz de Hamas, o bien castigan a la mujer en nombre de la tutela y de la protección.

Desgraciadamente, los partidos islamistas, también el del “moderado” Erdogan en Turquía, quieren devolver a la mujer a una tradición misógina y machista de la que se había liberado a principios del siglo pasado.

La democracia está demostrando ser, por desgracia, el arma de doble filo más feroz del mundo árabe, cuya primera víctima es y será la mujer.

(Traducción de Helena Faccia Serrano)