María Lozano entrevistó a monseñor Enrique Figaredo Alvargonzález, S.I., prefecto apostólico de Battambang en Camboya, para el programa semanal de radio y televisión Donde Dios llora, producido por la Catholic Radio and Television Network junto con la fundación pontificia de caridad católica Ayuda a la Iglesia Necesitada.

Yo buscaba un encuentro con Dios y lo tuve en mi noviciado y lo tuve cuando estaba estudiando filosofía. Pero cuando acabé la carrera económica, mi razonamiento era que quería poner los rostros a esos números que había estudiado en la carrera, así que le dije a mi provincial que quería ser voluntario para refugiados y aprender de esas personas. Pensé que los refugiados eran los que me iban a enseñar cómo es ese Jesús, ese Cristo sufriente. Estaba preparado para cualquier cosa y de repente me llegó una carta de Bangkok, del Servicio Jesuita para los Refugiados: “Te esperamos aquí el 1 de septiembre”. Esa carta llegó en mayo, todavía no había hecho los exámenes de fines de carrera y me puso muy nervioso…

Además Camboya estaba aún en guerra…
Sí, sí…, tuve que mirar en el mapa cómo era aquello. Las primeras fotos que vi de camboyanos estaban todos con el cromá, con esta prenda que llevo. El cromá es un pañuelo, un fular que en Camboya es multiusos, se usa tanto para el sudor como para taparte del sol, como toalla, o como hamaca para que duerman los pequeños. Si tuviéramos que escoger un símbolo de Camboya para identificar al pueblo camboyano, tendríamos que escoger al cromá. Cuando yo llevo este cromá es un poco como llevar a Camboya conmigo.

Bueno, primero, miedo, muerto de miedo. Cuando fui a los campos de refugiados fue una odisea. Había que pasar cinco controles militares y cada vez que pasabas un control militar, las cosas se hacían como más oscuras: los militares vestidos de negro, poco sonrientes, te pedían tus papeles de una manera muy violenta. Cuando llegué a la puerta del campo de refugiados -eso nunca lo olvidaré- se abrió el paso a nivel y entramos. De repente vi niños, muy mal vestidos, descalzos, ¡pero alegres! Recuerdo mucha alegría, vida…vida, vida en plenitud aunque vivían encerrados en un campo de refugiados, digamos como prisioneros de guerra.

Entonces fui a visitarles y me recibió Jhaimét, que era el jefe, como el líder de ellos. Me acuerdo muy bien: estaba de pie con sus muletas, le faltaba una pierna, la otra la tenía malherida y le faltaba un ojo. Yo no hablaba en camboyano, pero había un chico que me tradujo. Me dijo: “He oído que vienes a ayudarnos”. Y yo -muerto de miedo-: “Sí, sí…”. Y dice: “Pues no te preocupes, te diré qué es lo que necesitamos”. En ese momento sentí una paz impresionante, por decir así, la voz de Dios era Jhaimét que me decía: “No te preocupes, aquí te acogemos, te queremos…”

Sí, mayoritariamente budistas. Por supuesto que hay católicos, pero pocos. Además la guerra se encargó de que desaparecieran. Mucha gente fue asesinada: sacerdotes, obispos, todo el mundo… En los campos quedaba como un pequeño resto de Israel, de cristiandad, pequeñas familias, muchas veces sin cabeza de familia. En la mayoría era una viuda, a veces no había ni esa cabeza de familia, eran hijos de católicos pero sin gran formación y ellos también requerían una ayuda especial.

Sí, es una Iglesia mártir. La Iglesia de Camboya fue arrasada totalmente. Todos nuestros líderes, como le decía antes, los obispos, los sacerdotes, las religiosas, los muchos catequistas fueron asesinados. El que no fue asesinado murió de hambre o de enfermedad y la comunidad quedó muy mal. Hoy en día tenemos dos sitios en Camboya en donde nos acordamos de los mártires. El 7 y el 8 de mayo nos acordamos de ellos. Pero en la memoria de estos mártires también crecemos en fe, porque han sido personas que murieron con la fe viva. El obispo Paul Tep Im Sotha, primer prefecto apostólico de Battambang, al que yo sucedo, dos días antes de morir celebró una misa, dio la bendición a todos y les dijo: “Malos tiempos vienen, cuidad de vuestra fe, cuidad la fe de unos a otros”. Se acabó la misa, salió en coche y lo asesinaron. El obispo Joseph Chhmar Salas, de Phnom Penhg, fue nombrado obispo cuatro días antes de que los Jemeres Rojos entraran en Phnom Penhg; su obispado fue en los campos de los arrozales…

Eso es, y en esos campos de concentración él ejercía de pastor y visitaba a los católicos. Rezaba y celebraba la eucaristía con muchísimas limitaciones, pero lo hacía. Cuidaba de su gente como una persona pobre y terminó muriendo de hambre y de enfermedad. Después de su muerte, su cruz pectoral la recogieron sus padres, y la gente se reunía a rezar en torno a la cruz pectoral del obispo Salas.

Así es. Después de Pol Pot vino un régimen comunista pro-vietnamita que hizo sufrir mucho a la gente, que no dio libertad religiosa, por lo que la gente siguió padeciendo y sufriendo en pobreza y sufriendo por libertad. Y bueno, la memoria de todos nuestros mártires nos da mucha fuerza porque los hemos visto entregándose en el sufrimiento, y nuestros católicos también han pasado por muchísimo sufrimiento y hoy dan testimonio con su vida.