No estaban en las barricadas de la Avenida Burguiba de Túnez cuando cayó Ben Alí, ni en las de la plaza cairota de Tahrir, pero han emergido, triunfantes, en las elecciones democráticas de Túnez y de Egipto tras la caída de las dictaduras. Los islamistas que se autoproclaman moderados han vencido de modo rotundo y en cierto modo inesperado en dos de los países árabes más moderados y tolerantes del universo musulmán.

La victoria del partido Enahda en las legislativas de Túnez (40 por ciento de los escaños), y la de los Hermanos Musulmanes en las que acaban de finalizar en Egipto (47 por ciento), son una avanzadilla del panorama que espera a Libia y quizá a Siria, si finalmente cae la dictadura laica de los Assad. Los barbudos no estaban en el origen de la revuelta contra las dictaduras, protagonizada en 2011 por los jóvenes, la clase media urbana y las redes sociales en internet, pero han vencido en justa lid democrática. Las organizaciones islamistas llevan décadas ejerciendo la caridad de forma capilar y muchas veces clandestina en toda la geografía árabe. Y las clases rurales y bajas son profundamente religiosas.

De modo casi sincronizado, los dos partidos islamistas triunfantes han dado a conocer su hoja de ruta para el nuevo proceso político y constitucional abierto en el norte de África. El pasado lunes, la Lista Popular, la formación encargada en Túnez de redactar la nueva Constitución, anunció que «la Sharia será la principal fuente de legislación». El proceso —controlado por Enahda— contradice las promesas hechas en Europa por su líder, Rachid Ganuchi, de que el islam aparecería en la Carta Magna sólo como «una descripción de la realidad, sin implicaciones legales».


El martes, el líder de los Hermanos Musulmanes de Egipto, Mohamed Badie, enfatizó en El Cairo que su formación sólo votará por un presidente «con credenciales islamistas», en los comicios para la elección de nuevo jefe de Estado.

«Occidente tiende a pensar en la Sharia como “menos alcohol y menos bikinis en las playas”», afirma un diplomático veterano del Magreb. Ciertamente ésa es la preocupación de la poderosa industria del turismo en Túnez y en Egipto ante el panorama que se avecina. Pero el debate afecta a cuestiones mucho más profundas.

El más sensible, el Código de Familia tunecino, la legislación más igualitaria del mundo árabe entre el hombre y la mujer, que podría ser profundamente reformado. Desde la victoria de los islamistas en las elecciones parlamentarias, las asociaciones de mujeres tunecinas no cesan de hacer sonar la alarma y manifestarse en las calles.

La resistencia frente al ataque a la tolerancia y a las reglas seculares será mayor en Egipto. Aquí, el 10 por ciento de la población es cristiana, y —detalle importante— el ejército aún retiene una gran parcela de poder. No obstante, el islam radical es más fuerte en Egipto que en Túnez, como lo demuestran sus periódicos actos de provocación a los coptos, y su segundo puesto en las elecciones legislativas, detrás de los Hermanos Musulmanes.

La sintonía de las declaraciones en favor de la Sharia apunta, no obstante, a una sinergia de estrategias en Túnez y en Egipto, posible germen de un movimiento pan-islamista en el norte de África. Después del nacimiento y ocaso del pan-arabismo socialista de Nasser y el agotamiento de las dictaduras laicas de familia, emerge un nuevo proyecto islamista, moderado y en apariencia dialogante, que se adorna con el prestigio económico y diplomático del partido islamista turco en el poder.


Ejecución para los asesinos, traficantes de droga, apóstatas y adúlteros. Amputación de miembros para los ladrones. Azotes por ofensas sexuales. Cárcel por consumo de alcohol y homosexualidad.


La práctica de la religión no musulmana está muy limitada y el proselitismo estrictamente prohibido. Arabia Saudí veta cualquier práctica religiosa no musulmana


El hombre puede ser polígamo (hasta cuatro esposas). La musulmana no puede casarse con un varón de otra fe; el hombre sí, porque es el garante de la educación religiosa de los hijos.


El hombre puede repudiar a su mujer en presencia de dos testigos varones. El marido puede divorciarse de su esposa sin necesidad de pasar por un tribunal civil. La tutela de los hijos corresponde al padre.


El testimonio de un hombre ante el juez equivale al de dos mujeres. En materia de herencia, la mujer recibe la mitad que el varón.