El pentecostalismo es la rama del cristianismo que se está extendiendo más rápido en todo el mundo. Nació en 1900, en Topeka, Kansas, cuando por primera vez en la era moderna se unieron el gesto de imponer las manos, la oración "en lenguas" y la petición de experimentar el "bautismo en el Espíritu" (en ambientes católicos se prefiere hablar de "efusión del Espíritu"). 

Hoy son unos 400 millones las personas de espiritualidad carismática o pentecostal, entre ellos muchos millones de católicos, agrupados en los movimientos, grupos y comunidades del ámbito de la Renovación Carismática Católica. 

En América Latina se da el fenómeno de que muchos católicos dejan la Iglesia en la que fueron bautizados para ir a grupos pentecostales o evangélicos de tipo carismático. En Asia, el pentecostalismo atrae a gente de las más diversas religiones hacia el cristianismo. En todas partes, los emigrantes y desplazados encuentran en él espiritualidad intensa, grupos cálidos y acogedores, una mejora en las costumbres y una relación con Cristo.


Por el interés del fenómeno, el pasado 11 de abril se clausuró en la Ciudad del Vaticano el Simposio Internacional "Evangélicos, pentecostales y carismáticos. Los nuevos movimientos religiosos, un desafío para la Iglesia católica", organizado por la Conferencia Episcopal Alemana, con la presencia del cardenal Kurt Koch, presidente del Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos y conteólogos, pastoralistas y sociólogos del mundo entero.

Dos expertos que conocen la situación en América Latina comentaron a agencia Zenit por qué millones de católicos dejan la Iglesia para ir a estos grupos y cómo evitarlo.


Norberto Strotmann, obispo de Chosica (Perú), misionero del Sagrado Corazón de origen alemán, lo admite: "en América Latina, en 40 o 50 años hemos perdido como mínimo el 15% de la feligresía frente a estos movimientos".


La causa está bien definida, según José L. Pérez, laico de Chosica especialista en pastoral social y nuevas realidades religiosas. Según él (y es algo recogido en los documentos de Aparecida), los católicos se van a los pentecostales porque:

- allí encuentran experiencia de Dios
- allí encuentran vivencia de comunidad y
- allí les dan una formación de la que carecían

"La gente dice que con los pentecostales encuentran por primera vez una experiencia de Dios, se sienten parte de una comunidad religiosa, y recién por primera vez entienden y les interesa realmente el contenido de su fe", explica José L. Pérez. Él señala que estas cosas también se podrían vivir en la Iglesia católica, y que si no las encuentran en el catolicismo "el problema no es teológico sino pastoral, metodológico".

Pérez hizo una prueba ya en 1991. Les preguntó a mil católicos que se fueron a los pentecostales: "Si esto que usted encontró en otros grupos, lo hubiera encontrado en la Iglesia católica, ¿se hubiera salido?". "Y el 92% me dijo que no se hubiera salido".


Strotmann señala que mientras las Iglesia católica en muchas partes de Asia y África ha hecho suya la metodología carismática, en América Latina aún no se ha hecho con suficiente profundidad. Porque su propuesta no es combatir lo pentecostal y carismático, sino lo 


contrario: "consiste en tener pentecostales y carismáticos católicos y funciona", señala Strotmann.

Las cifras son clave y el obispo misionero las recita: "tengo un promedio de 15.000 feligreses por sacerdote, lo que hace imposible una pastoral personalizada. Si no logramos en los próximos diez años llenar esta distancia con la cercanía de colaboradores laicales, las pérdidas para la Iglesia católica en América Latina podrían ser mayores".

Por el contrario, en el mundo pentecostal cada pastor o líder atiende apenas a 50, 100, 200 o 800 personas, a las que conoce por su nombre y escucha sus problemas. Además, muchos se organizan en células más pequeñas, grupos de 10 o 20 personas. Todo el mundo se siente acompañado y acogido.

El pentecostalismo funciona especialmente bien donde hay mucha emigración, en las megaurbes de Amércia, África y Asia donde millones de personas del campo llegan a la ciudad, monstruosa y devoradora, y encuentran allí un grupo acogedor: el grupo pentecostal, mientras que en la parroquia católica, con miles de miembros que ni se conocen ni se saludan en misa, es un número anónimo más.


"En América Latina, la gran mayoría si no la totalidad de los hoy pentecostales evangélicos y neopentecostales llamados carismáticos, han sido católicos", lamenta José Pérez. "Ese es el reto pastoral. Lo que me alegra, a diferencia de hace veinte años cuando planteaba mis primeros escritos, es que ahora sí hay conciencia de la realidad. Lo que antes se quería negar era que fuesen interlocutores válidos, grupos religiosos válidos y se les llamaban sectas, como si les lavaran el cerebro a los que se iban, unos ignorantes que iban a volver. Después de más de veinte años seguimos esperando que vuelvan. Hace 22 años en Perú ellos eran el 5%, ahora son un 15%. Y los que se salen de allí no van a ningun lado".

A partir de cierto punto, las comunidades pentecostales ya no buscan mucha gente, sino ganar en influencia: periodistas, deportistas, políticos, congresistas...


Strotmann insiste en los números, las multitudes que llegan a las barriadas y ante las que la Iglesia católica no ha sabido organizarse. "Si vemos el fenomeno de las barriadas en Lima o en el Perú, ¡dime un solo caso en que hubo una planificación a mediano o largo plazo para incorporar a toda esta gente! En un distrito limeño como San Juan de Lurigancho, el pastor o pastora tiene de 500 a 800 personas como feligresía. En cambio los presbíteros de mi diócesis tienen 15.000 personas, por lo que es imposible tener alguna relación. Todo lo que excede a 2.000 personas es imposible de llegar, por lo que casi no hay posibilidad para la Iglesia".

El catolicismo, con su estructura clerical, necesitaría muchísimos más clérigos para llegar a estas multitudes, y nunca tendrá tantos.

José L. Pérez no niega además que la vida de las personas cambia a mejor, a un estilo más cristiano: "tú ves a gente que siendo católica era borracha, le pegaba a su mujer o tenía varias mujeres, y de repente los ves entrando a esos grupos y se vuelven personas trabajadoras, que dejan el alcohol y reforman su vida; es la experiencia de la mayoría de los que están allí".


Strotmann, un alemán "cerebral", lamenta que muchas veces la jerarquía no sabe llegar al alma cálida del pueblo hispano.

"Cuando yo llegué al Perú, dos tercios de los curas eran extranjeros", dice este obispo misionero. "A veces somos cerebrales, pero la comunicación en América Latina es otra cosa. No hay la sensibilidad como Iglesia, de que la comunicación latina es mucho más emocional, afectiva. Lo que puede aprender la Iglesia universal es la forma en que se representa la fe en Hispanoamérica: de una forma sencilla y con una verdad que pega y que trae alegría y no una pesadilla que me mata".

Por eso pide "dejar espacios para una mayor autoexpresión de la fe como vemos en los nuevos movimientos". "Si no se mueve algo pronto en América Latina, la pérdida del catolicismo mundial puede ser considerable", insiste el obispo.


José L. Pérez afirma que, como sociólogo, ve que llegará un momento en que el pentecostalismo dejará de crecer. En parte, por saturación social, llenarán su espacio natural. En parte también porque la Iglesia católica reaccionará: "hay ya una efervescencia de los movimientos apostólicos católicos, pero que no solamente va a quedar allí, sino que será una efervescencia del catolicismo en general".

Para Strotmann, lo que de verdad mata la vida espiritual es la opulencia, las cosas materiales. "En Europa ya no brota, a no ser a partir de los 75 años, aquella pregunta sobre el sentido de la vida; estás acaparado por coches, por cosas domésticas, por la tecnología, y ni te das cuenta de que pierdes lo más importante".

Para reaccionar, en Europa o en América, insiste en el papel de los laicos. "La Iglesia debe ser capaz de hacer sentir la necesidad de la presencia de Dios en la vida diaria, pero no para fastidiar y restringir o controlar, sino para ayudar", añade el obispo.