Nacido en 1978, Karim Mokhtari es activista por mejorar el sistema penitenciario, lo que implica mejorar la asistencia religiosa.

Estuvo 6 años encarcelado y no llegó a conocer ningún verdadero capellán musulmán, sólo un capellán católico le ayudó a transformar su vida. Denuncia que el Estado laicista francés, por dejadez, permite que en prisión ejerzan como imanes autoproclamados tipos peligrosos y radicales, reclutadores de yihadistas. 

Explica que el papel de los capellanes penitenciarios es útil en la regeneración del preso: dice que oficialmente hay 700 capellanes o agentes pastorales católicos, 300 protestantes,  unos 100 judíos y unos 170 musulmanes, pero cree que son pocos o mal repartidos. Lo cuenta en su libro "Redemption", su web 
karim-redemption.jimdo.com y en multitud de conferencias y entrevistas. La Vanguardia lo recogió así.


Karim Mokhtari era carne de terrorista. Si su nombre estuviera entre los yihadistas de París , muchos dirían: “Extrarradio. Familia desestructurada. Delincuencia. Cárcel. Islam. Estaba cantado”.

Pero Karim combate en la otra trinchera.

Fue tentado y supo decir no. Lo tenía todo para sucumbir y desmintió los tópicos. Se negó a ser víctima para ser actor de su propia vida y hoy ayuda a jóvenes –tan descarriados como lo fue él– a apartarse de la violencia y el radicalismo. A escoger otro camino.



Su historia arranca con una infancia atroz. Nace en 1978, hijo de una francesa y un argelino que los abandona. Karim es el niño árabe en una familia de blancos, a merced de un padrastro alcohólico y racista que lo maltrata con la connivencia de la madre. Es este quien, de niño, le induce a cometer robos.

“Me educaron en la delincuencia”. De los 12 a los 17 pasa por tres reformatorios. A los 18 años, comete “la mayor estupidez de mi vida”. El atraco a mano armada, junto a dos amigos, de un traficante de drogas acaba con el tipo muerto. Diez años de cárcel.

El chico se desmorona. Intenta suicidarse. “Quería cambiar pero no sabía cómo. Estaba perdido”.



Un día ve a un grupo de reclusos –magrebíes como él– rezando en el patio. “Parecía que sufrían mucho menos que yo. Quise entrar en la religión para canalizar mi violencia, calmar el odio hacia mi familia y la sociedad”.

Se convierte al islam de la mano de un imán autoproclamado, un hombre que tiene nociones de los textos sagrados y habla árabe.

“Faltan imanes en las cárceles. Es algo que tiene mucha responsabilidad en el auge del proselitismo radical, porque los que toman las riendas acaban siendo tipos oscuros con pocos conocimientos de la religión pero carismáticos, expertos en manipular a la gente”, denuncia.

Las conversiones al islam se multiplican y las autoridades penitenciarias deciden transferir a los presos a otros centros para dividirlos.

Karim descubre entonces el verdadero rostro del supuesto imán. “Vino a mi celda con una mirada grave, que nunca le había visto. Dijo que nos iban a separar pronto y que mi deber como buen musulmán era defender el islam y matar a los infieles. Vi el mal en sus ojos. Me di cuenta enseguida que lo que me proponía era más violencia de la que yo jamás había cometido, que allí no encontraría la paz que había ido a buscar en la religión. Que eso no era el verdadero islam”.

Afortunadamente, el imán es trasladado y sus caminos no vuelven a cruzarse. Karim queda abatido.


Hasta que un día un capellán católico que iba a atender a otro preso entra en su celda por error. Karim le pide que se quede.

“He cometido lo irreparable y los hombres no me han perdonado. Y no sé si Dios podrá”, le dice.

El religioso responde que se equivoca, que Dios pone a prueba a quienes ama. “Aquel hombre, que no he vuelto a ver, me abrió una nueva dimensión espiritual y filosófica. Decidí que no sería más un animal, que sería un hombre”.

Es el detonante de su transformación. Karim empieza a escribirse con la que hoy es su mujer y madre de dos hijos. Cuando sale, a los 25, es un hombre nuevo.



Su biografía parece un milagro. También es un mapa de dónde falla el Estado y la sociedad, dónde abandonan a su suerte a esos hijos extraviados. Con ese mapa, Karim se ha convertido en un activista que da charlas en prisiones sobre religión y justicia, ayuda a antiguos reclusos a reinsertarse buscándoles empleo y vivienda, acude a los barrios en auxilio de jóvenes caídos en la espiral de violencia y radicalización religiosa.

Es una expiación: “Sobre el papel, cumplí mi pena en prisión. En realidad, empecé a enmendar mis faltas el día de mi liberación. Sólo ahora he podido reparar el daño que he hecho a la sociedad”.

“La cárcel fabrica la reincidencia. Aniquilamos socialmente a la gente, les rompemos la esperanza. Las condiciones son inhumanas, tres o cuatro personas metidas en celdas diminutas con una violencia y discriminación que amenaza la salud física y mental. Hace años que salí y aún me estremezco cuando huelo algún olor u oigo un ruido metálico. No soy un abolicionista ingenuo. Pero lucho por otra prisión, que respete esos valores humanos de los que Francia fue pionera”.



Sabe mucho del cóctel de delincuencia y radicalismo. “Cuando uno se siente tan perdido, te agarras a cualquier mano que te tiendan. Sólo la fuerza de carácter permite decir no. Muchos sólo quieren entrar en un grupo, pertenecer. Sentirse útiles, importantes, respetados”.

También critica que bajo la bandera del laicismo se expulse el debate religioso de las escuelas y las asociaciones. “Sólo favorece una mala lectura de la religión”.

Normalmente suelen llamarle los padres, desconcertados ante la transformación de sus hijos, que se hunden en la violencia –tráfico de drogas, robos, atracos– mientras se declaran devotos musulmanes, se dejan barba o se cubren con velo. Karim no tiene una fórmula mágica, más allá de “revalorizar” a estos jóvenes del extrarradio y “recordarles que la sociedad les necesita”. “Nadie les dice que pertenecen a Francia. Ni que Francia les pertenece a ellos”, concluye.