Elisabeth era una joven carmelita descalza francesa que aceptó la invitación de vivir su llamada de clausura en China, donde descubrió la laceración de la Iglesia lo que la llevó a preguntarse sobre la posible respuesta de quién busca la unidad.

Expulsada por la revolución maoísta y de nuevo en su patria, Elisabeth inició un camino que la llevó, junto a otras hermanas, a fundar el Carmelo de Saint-Rémy de rito bizantino-eslavo, dedicado a la oración para implorar y recibir el don de la unidad.

Las relaciones de las carmelitas descalzas con el mundo ortodoxo pasaron también a través de años de estudio profundo, de conocimiento recíproco, de estima y encuentros.

Lentamente se desarrolló la Fraternité Saint-Élie que reúne, hoy, a unos cuatrocientos miembros — laicos, sacerdotes, religiosos y religiosas de todo el mundo — que acogen la invitación de vivir en la vida diaria y en la oración el deseo de Jesucristo de «que todos sean uno», y a descubrir las raíces hebreas de su fe.

Alma obrante es Sor Éliane que, desde hace unos veinte años, vive en el monasterio Santa Cruz en Stanceni, una pequeña localidad cuyos claros y campos han sido arrancados a la espesa cortina, impenetrable y sugestiva, de los bosques de los Cárpatos.



El monasterio se presenta tal como lo describe la Regla primitiva de los frailes de Nuestra Señora del Monte Carmelo: una capilla en el centro y, alrededor, las celdas de los ermitaños. Todo de madera y en puro estilo oriental rumano.

En él reina la pobreza, la misma que se observa a lo largo del recorrido que, partiendo del aeropuerto de Tirgu Mures, encajado entre pinos altísimos y torrentes con puentes de cuerda, llega a un puente, éste de cemento, que parece llevar a la meta deseada.

Sin embargo, faltan aún otros veinte minutos que se recorren por una carretera llena de polvo y piedras, que se detiene donde parece no haber nada más. En cambio, precisamente aquí, un portón de madera, sobre el que se ha tallado la historia del profeta Elías, introduce en la hospedería del monasterio.

Se sigue a pie, y un riachuelo indica la zona de las monjas ermitañas con el cartel “Clausura” situado encima de la pequeña puerta. Un claro, sin vegetación, penetra en el bosque que se abre hacia el cielo. Allí surgen las casitas de madera que constituyen las celdas: desde aquí se eleva la alabanza a Dios con la oración litúrgica de la Iglesia, en rito católico bizantino-eslavo. De aquí parte la petición para que cada persona se abra al auténtico espíritu ecuménico.


Cada año, por la mañana del día de la Fiesta de la Transfiguración, eje de la espiritualidad de la Fraternité Saint-Élie, el prado situado delante de la Iglesia se llena de fieles, personas que han purificado la fe bajo el régimen comunista, que han conocido las persecuciones. Su mirada es límpida y firme. Campesinos muy pobres, agricultores más acomodados, obreros e intelectuales mal pagados pero con una gran cultura, católicos y ortodoxos, todos juntos en una sólida amistad.

La liturgia la concelebran muchos sacerdotes, mientras otros no paran de confesar; los niños retozan y luego se detienen para rezar; el canto litúrgico resuena en la soledad del valle en la antigua lengua oriental.

El sol es implacable, pero todos resisten bajo las sombrillas. No es una kermesse, no hay tenderetes: el único reclamo es una eucaristía que se dilata y se expande gracias a Radio Maria que la transmite en directo.


La tarde, después de un refrigerio bajo los árboles, reúne a teólogos y estudiosos, docentes universitarios y jóvenes estudiantes para el coloquio internacional de 2013 con el título Identidad de Israel y de la Iglesia hoy, moderado por Franciska Baltaceanu, de la Universidad de Bucarest.

Abre el encuentro el dominico Edouard Divry, de la Universidad Dominica Domuni, con el tema: El mito de la tradición común, Jacob Neusner y Benedicto XVI, dividido en dos partes - la hermenéutica de la rotura dilucidada y sostenida por Neusner y la hermenéutica de la continuidad adoptada por Benedicto XVI - y que entra en un profundo diálogo con el rabino, que le responde.


Sigue Rafael Shaffer, rabino jefe de la comunidad hebrea de Rumania, que interviene sobre El papel de la sinagoga en el desarrollo de la identidad hebrea, resaltando con mucha claridad el aspecto formativo para la comunidad de un encuentro en el que interactúan distintos componentes: la oración, el estudio, la comunión fraterna en el intercambio de enfoques mientras todos se ponen a la escucha de la Torah.

Hay que tener presentes siempre dos puntos esenciales: «Israel es, por excelencia, el pueblo del diálogo, el peregrino del diálogo en un discurso entre hombres y dirigido por Dios a los hombres»; el theologùmenon fundamental imprescindible: el Evangelio es revelado.

Hilo de conexión de la síntesis son los seis puntos indicados por el cardenal Kasper en la conclusión de los trabajos de grupo, formados por estudiosos hebreos y cristianos, que han durado ocho años y que está recogido en una publicación de la Universidad Gregoriana. Éste constituye la base para que se pueda desarrollar, de verdad, la epifanía del diálogo, deseo de todos los que buscan a Dios y de la continua intercesión de las ermitañas de Stanceni.

(Traducción de Helena Faccia Serrano)