No hay mal que por bien no venga: pese a la derrota legislativa, ya nada será igual en la derecha sociológica tras siete meses de intensa oposición social al proyecto de "matrimonio’ gay" una de las promesas electorales más señeras del entonces candidato -y hoy presidente de la República- François Hollande, que, en este caso, ha cumplido fielmente.


Curiosamente, pese a la claridad de ideas y a la rapidez exhibida por el Gobierno socialista -tomó posesión en junio de 2012 y el mes siguiente ya anunciaba su intención de permitir el "matrimonio" entre personas del mismo sexo-, los opositores al proyecto tardaron, en un primer momento, en reaccionar: el primer toque de atención procedió del cardenal André Vingt-Trois, arzobispo de París y presidente de la Conferencia Episcopal, quien, en su homilía del 15 de agosto, invitó a los fieles a orar al tiempo que denunciaba -con palabras suaves- los peligros del proyecto.

Vingt-Trois, sin embargo, se limitó a cumplir con su deber pastoral porque era lo suficientemente inteligente para saber que el protagonismo correspondía a los laicos y tenía que traspasar los límites del mundillo católico, le “milieu catho”, como dicen allí, para congregar a gente de cualquier procedencia sinceramente comprometida a favor del verdadero matrimonio. Y así ha resultado ser.


Sin embargo, el pistoletazo correspondió al católico tradicionalista Alain Escada, de nacionalidad belga y presidente del Instituto Civitas: convocó las primeras manifestaciones y fue quien empezó a sensibilizar a los alcaldes, sobre todo los de municipios rurales.


Durante algunas semanas, Escada predicó prácticamente en el desierto durante algunas semanas. Pero no estuvo mucho tiempo solo –acabó perdiendo visibilidad mediática- porque para mediados de octubre ya se había configurado el movimiento que se ha ido articulando en torno a La Manif pour tous [La Manifestación para todos].

Un nombre para contrarrestar al Mariage pour tous –el Matrimonio para todos-, que así llamaron a su causa los partidarios de casar a personas del mismo sexo. Era la primera señal –pero no la última- de que los oponentes estaban dispuestos a librar batalla.

En Francia, en la últimas décadas, cuando un Gobierno decide promover leyes o proyectos muy ideológicos que dividen a la opinión pública, los oponentes suelen tomar las calles, en general con éxito: en 1984, un millón de personas en las calles de París logró que el Gobierno socialista de entonces renunciase a su proyecto de “gran servicio público laico y unificado” que hubiese acabado con la enseñanza privada; diez años después, los laicos causaron un fuerte desgaste al Gobierno de centro derecha de Édouard Balladur y le obligaron a renunciar a una modificación de la ley que, según ellos, beneficiaba a los colegios privados.

Así las cosas, no es de extrañar que los promotores de la Manif pour tous optaran por la calle. Pero, ya antes, la presión surtió un –pequeño- efecto de calendario al conseguir retrasar tres semanas –desde mediados de octubre a principios de noviembre- la presentación del proyecto en el Consejo de Ministros.


Pero lo importante ocurrió el 17 de noviembre, día de las primeras manifestaciones importantes, que tuvieron lugar en París y en distintas ciudades de provincias: más de medio millón de personas. Buen preludio para la “macromanifa” del 13 de enero, que reunió a más de personas y que culminó en el Campo de Marte; aunque según las autoridades, fueron apenas la mitad.

Más allá de las cifras, esta manifestación significó la eclosión de una nueva tendencia en Francia: la de unos ciudadanos armados de valores dispuestos a defenderlos y a no sacrificarlos en aras de las conveniencias políticas del momento.

Hasta entonces, en Francia, la defensa de la visión integral del hombre –vida, familia…- descansaba en un puñado de asociaciones –la mayor parte católicas- cuyo mérito nadie discutía pero cuya capacidad de movilización era ínfima: baste decir que durante años la tradicional Marcha por la Vida de finales de enero apenas reunía a 5.000 personas; el grueso de los políticos –con alguna que otra excepción– la ignoraba olímpicamente.


Ahora es al revés: la mayor victoria estratégica -en clave política- del movimiento opositor ha consistido en obligar a la Unión por un Movimiento Popular (UMP), la principal formación de centro derecha, a pronunciarse mayoritariamente en contra del ‘matrimonio’ gay y –por lo menos- a cuestionarlo si vuelve al poder en 2017: hasta entonces era casi inimaginable ver a su presidente Jean-François Copé, participar en manifestaciones en defensa de valores; no era lo suyo.

Las manifestaciones le han cambiado: tiempo le ha faltado para presentar un recurso de inconstitucionalidad una vez se ha aprobado la ley. ¿Quién hubiera dicho hace unos meses que la UMP iría a remolque de las asociaciones? Los mismo cabe decir en relación con la penetración de elites: ¿quién hubiera dicho hace unos meses que 82 enarcas –agrupados en el Colectivo Camabacerès- hiciesen un llamamiento solemne a Hollande para que renuncie al proyecto? ¿O que un alcalde –Philippe Brillault- haya interpuesto un segundo recurso ante el Consejo Constitucional para defender su libertad de conciencia –y la de sus colegas- para no tener que celebrar ese tipo de ‘matrimonios’?


Todo esto, no obstante, no significa que los opositores vayan a amoldarse en el sistema y vayan a convertirse en soldados de plomo de la UMP o del Frente Nacional. Antes al contrario: su presión sobre esos partidos, a partir de ahora, va a ser constante y no descartan presentar candidatos allá donde los candidatos de la derecha –de toda la derecha- sean tibios.


Ya nada será lo mismo en la derecha francesa: este miércoles, los líderes de la Manif pour Tous ofrecieron un rueda de prensa en el Campo de Marte para presentar sus reivindicaciones de futuro. Todos los medios estaban presentes para escuchar, entre otros, a Frigide Barjot, actriz que no sólo ha sido la musa del movimiento sino que se ha convertido en una líder de opinión a lo largo y ancho de Francia; Philippe Ariño, profesor de español y homosexual confeso, que optó por la castidad hace unos años y quien, de gira permanente por todo el país, es el símbolo de la falta de complejos; o Béatrice Bourges, presidenta de la Primavera Francesa, quien sin pelos en la lengua representa la voz tradicional del asociacionismo católico galo.