La cultura judeocristiana es una cultura construida sobre la acogida al refugiado. 

Nace con el pueblo de Israel que "al ser echados de Egipto, no pudieron demorarse ni preparar alimentos para sí mismos" (Éxodo 12, 37-39), cuenta con detalle la historia de Rut ("hubo hambre en el país. Y un hombre de Belén de Judá fue a residir en los campos de Moab con su mujer y sus dos hijos", Rut 1,1), pide proteger al que huye del opresor ("No entregarás a su amo un esclavo que venga a ti huyendo de su señor. Contigo habitará en medio de ti, en el lugar que él escoja en una de tus ciudades donde le parezca bien; no lo maltratarás", Deuteronomio 23, 1516), acompaña al Niño Jesús al exilio ("toma al Niño y a su madre y huye a Egipto, y quédate allí hasta que yo te diga; porque Herodes va a buscar al Niño para matarle. Y él, levantándose, tomó de noche al Niño y a su madre, y se trasladó a Egipto", Mateo 2, 1315), recuerda los mandatos de Cristo ("porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recibisteis", Mateo 25,35) y las experiencias de expulsión de los primeros fieles ("Aquila, natural del Ponto, quien acababa de llegar de Italia con Priscila su mujer, pues Claudio había ordenado a todos los judíos que salieran de Roma", Hechos 18,2). 


En el año 2016 son 65 millones de personas las que viven como refugiados y desplazados. De ellas, 21 millones son refugiados, fuera de su país, y la mayoría son menores de 18 años. 

Fidele Podga, coordinador de Estudios de Manos Unidas (www.manosunidas.org), la ONG católica de ayuda al extranjero, explica que «estas personas abandonan sus raíces impulsados por el deseo de huir de la guerra, de la persecución, del racismo o de la violencia y con la mente puesta únicamente en sobrevivir».

«La devastación provocada por las guerras en países como Afganistán, Somalia, Sudán del Sur, Sudán, Irak, Yemen, Nigeria, Ucrania, República Democrática del Congo, República Centroafricana y Colombia impulsa a millones de ciudadanos a dejar sus hogares para salvar su vida», afirma Podga.

En los tres últimos años Manos Unidas ha apoyado 37 proyectos destinados únicamente a población refugiada y desplazada, por un importe superior a los dos millones de euros.




«Manos Unidas está desarrollando una labor de defensa y apoyo a los refugiados en Oriente Medio en la que el acceso a la educación es una prioridad absoluta», señala África Marcitllach, responsable de proyectos de Manos Unidas en la zona, recién llegada de un viaje a Líbano. «El que los niños tengan una rutina es fundamental para sus vidas», añade.

«En Manos Unidas tratamos de acompañar los procesos vitales de estas personas apoyando programas y proyectos que cubran sus necesidades básicas y les ayudamos a conseguir resiliencia, a través de educación formal y no formal para niños y jóvenes. Además, apoyamos a las mujeres que han huido solas y que, ahora, se ven con la responsabilidad de sacar adelante a sus hijos sin ayuda de nadie», explica Marcitllach. «En este sentido –asegura- una de las cosas que más me emocionan es oír a estas mujeres decir que, con los cursos de alfabetización que están recibiendo, ahora son capaces de entender lo que pone en los paquetes del supermercado o de entender lo que dicen los carteles de las calles».


Dar respuesta a las necesidades de los niños es uno de los principales objetivos del trabajo de Manos Unidas en la zona. «Para nosotros es de especial importancia la que llaman “generación perdida”; todos esos niños que se encuentran con que su vida se paró cuando estalló la guerra y para quienes la violencia forma parte destacada de la rutina», asegura Marcitllach. «Incentivar la educación es incentivar la paz, la resiliencia, el progreso y el futuro. Porque el mayor problema con el que nos estamos enfrentando en nuestro trabajo diario es la falta de esperanza», sostiene África Marcitllach.