Monseñor Juan Mi­guel Fe­rrer (Ma­drid, 1961) ocu­pa des­de el pa­sa­do mes de no­viem­bre el car­go de deán de la Ca­te­dral Pri­ma­da de To­le­do. Tras ha­ber tra­ba­ja­do, du­ran­te los úl­ti­mos años, en la San­ta Sede como sub­se­cre­ta­rio de la Con­gre­ga­ción para el Cul­to Di­vino y la Dis­ci­pli­na de los Sa­cra­men­tos afron­ta una nue­va eta­pa pas­to­ral. 

En una entrevista para la nueva página web de la Archidiócesis de Toledo que recoge SIC y en vísperas del Corpus, este sacedrdote explica la importancia de esta procesión mundialmente conocida que recorre las calles toledanas:


- Con mu­cha ilu­sión. He vis­to, des­de el prin­ci­pio, dos co­sas: que la Ca­te­dral está aho­ra en un mo­men­to muy bueno tan­to des­de el pun­to de vis­ta ma­te­rial (es­ta­do de con­ser­va­ción, man­te­ni­mien­to, pro­yec­tos, etc.) como des­de el pun­to de vis­ta hu­mano ya que la ca­te­dral tie­ne un am­bien­te de tra­ba­jo en­tre los em­plea­dos, ca­nó­ni­gos, etc. que es muy cons­truc­ti­vo y fra­terno; por lo que es un mo­men­to muy pro­pi­cio para po­der ha­cer co­sas y dar a la Ca­te­dral más pro­yec­ción y más irra­dia­ción que es en lo que es­ta­mos com­pro­me­ti­dos to­dos los que for­ma­mos el Ca­bil­do. Y al fin y al cabo lo que hago es dar voz a toda esa ini­cia­ti­va y coor­di­nar­la un poco.


Lo pri­me­ro que se pre­vé es que se­rán mu­chas per­so­nas las que par­ti­ci­pen este año en la fies­ta del Cor­pus. Ad­ver­ti­mos que, cada año, el nú­me­ro de afluen­cia es ma­yor. Esto su­po­ne un reto por­que exi­ge man­te­ner el cli­ma de silen­cio, el tema de es­pi­ri­tua­li­dad, el or­den y la be­lle­za plás­ti­ca.

Y que­re­mos, si­guien­do esa lí­nea, me­jo­rar el or­den en el re­co­rri­do pro­ce­sio­nal; el nú­me­ro de par­ti­ci­pan­tes en el cor­te­jo pro­ce­sio­nal es, a día de hoy, tan gran­de que se plan­tean pro­ble­mas or­ga­ni­za­ti­vos: por ejem­plo a qué hora dar arran­que a la pro­ce­sión y cómo ga­ran­ti­zar, para que no su­ce­da, que cuan­do al­gu­nos aún no han sa­li­do de la Ca­te­dral otros ya es­tán re­gre­san­do. Que­re­mos ha­cer un es­fuer­zo para que, a pe­sar del enor­me nú­me­ro de per­so­nas que par­ti­ci­pan, se con­ser­ve ese or­den, esa cla­ri­dad y esa de­vo­ción en todo el re­co­rri­do pro­ce­sio­nal.




- La cla­ve está en es­tar aten­to; es de­cir: no par­ti­ci­par con pre­jui­cios y no po­ner lí­mi­tes a lo que uno vie­ne a vi­vir, sino de­jar­se to­car y arras­trar por la ex­pe­rien­cia glo­bal que se va a vi­vir y esto es cla­ve.

Para par­ti­ci­par en la ce­le­bra­ción de la Eu­ca­ris­tía y en la Pro­ce­sión: de­jar­se se­du­cir por la Pa­la­bra de Dios, por el sa­cra­men­to de la Eu­ca­ris­tía y tam­bién por toda la be­lle­za plás­ti­ca y hu­ma­na de la pro­ce­sión como re­co­rri­do, como cor­te­jo y como vi­ven­cia co­lec­ti­va. Se tra­ta de una ex­pe­rien­cia úni­ca la que cual­quier ser hu­mano sen­si­ble pue­de ex­pe­ri­men­tar par­ti­ci­pan­do en el Cor­pus to­le­dano. Y esto lo pue­de uti­li­zar Dios y lo uti­li­za, de he­cho, mu­chas ve­ces para to­car el co­ra­zón y ahí le da a cada uno se­gún lo que ne­ce­si­ta. De ahí que en la fies­ta del Cor­pus haya con­ver­sio­nes y sur­jan vo­ca­cio­nes, jun­ta­men­te con las ac­cio­nes de gra­cias.  Por eso po­de­mos afir­mar que no se tra­ta de una ex­pe­rien­cia fol­cló­ri­ca sino de algo que te per­mi­te tras­cen­der tu vida or­di­na­ria.


- Yo di­ría dos co­sas. Una es la esen­cia­li­dad por­que en el Cor­pus to­le­dano, prác­ti­ca­men­te, no hay otra cosa que el San­tí­si­mo Sa­cra­men­to en su Cus­to­dia. Por ejem­plo, aquí no se pro­ce­sio­nan imá­ge­nes ni re­li­quias, etc. Lo que lla­ma la aten­ción es que la cen­tra­li­dad la tie­ne Je­su­cris­to en el San­tí­si­mo Sa­cra­men­to.

El otro pun­to lo ocu­pa la mis­ma ciu­dad me­die­val que esto se com­par­te con otras ciu­da­des es­pa­ño­las y eu­ro­peas don­de la pro­ce­sión dis­cu­rre por ca­lle­jue­las me­die­va­les. Pero qui­zá, de to­das es­tas ciu­da­des me­die­va­les, To­le­do es la que ha con­ser­va­do la fes­ti­vi­dad y la ha in­cre­men­ta­do a lo lar­go de to­dos los si­glos inin­te­rrum­pi­da­men­te. Y esto ofre­ce una fu­sión de pro­ce­sión y ciu­dad que creo que es úni­ca.


- Creo que la prin­ci­pal ca­te­que­sis es: “Ve­nid, ado­re­mos­le”; el po­der ado­rar a Cris­to en la Eu­ca­ris­tía. Ello tie­ne un fac­tor im­por­tan­te por­que es una pro­cla­ma­ción de fe y una pro­cla­ma­ción úni­ca de la cen­tra­li­dad de Dios en la vida hu­ma­na y so­cial. La ra­zón es la si­guien­te: la pro­ce­sión del Cor­pus es una ma­ni­fes­ta­ción de la reale­za de Je­su­cris­to so­bre los cre­yen­tes y esto lo afir­ma con mu­cha cla­ri­dad la pro­ce­sión del Cor­pus to­le­dano.

Y la pro­ce­sión del Cor­pus ayu­da a en­ten­der que el en­cuen­tro con Cris­to Rey es un en­cuen­tro a la vez con un Cris­to cer­cano; es de­cir es un Rey al al­can­ce de la mano, se pal­pa cer­ca y se ve en las mi­ra­das de la gen­te ha­cia la Cus­to­dia y en ella bus­can­do a Cris­to.


- Es­pe­ro y de­seo que la gen­te se deje to­car por el Se­ñor y que ello les lle­ve a des­cu­brir lo bueno que es el Se­ñor. Y por otro lado que esta fies­ta de Cris­to Eu­ca­ris­tía sus­ci­te vo­ca­cio­nes; voy a pe­dir, muy es­pe­cial­men­te, que el Se­ñor nos con­ce­da mu­chas y san­tas vo­ca­cio­nes sa­cer­do­ta­les por­que la Igle­sia lo ne­ce­si­ta; en un fra­se: “Se­ñor da­nos mu­chos y san­tos cris­tia­nos y sa­cer­do­tes”.