El Papa Francisco ha promulgado, entre otros, el decreto que reconoce que el sacerdote Valentín Palencia Marquina, de Burgos, y cuatro de sus discípulos y colaboradores murieron mártires, por odio a la fe cristiana, el 15 de enero de 1937, en plena Guerra Civil española, cerca de Suances, en Cantabria.

Él, que era famoso por su generoso trabajo con niños y jóvenes, fue denunciado a los milicianos del Frente Popular en Torrelavega por un alumno enfadado porque no le había dado una propina.

Que el padre Valentín Palencia realizaba un magnífico trabajo humanitario ayudando a niños y jóvenes lo reconoció el Gobierno español de Primo de Rivera en 1925 otorgándole la Cruz de Beneficiencia con distintivo blanco.

«Aunque no hubiera sido mártir también hubiese tenido la posibilidad de ser beatificado por las tareas que llevó a cabo», ha declarado en numerosas ocasiones Saturnino López Santidrián, catedrático de Teología Espiritual en la Universidad de Burgos, autor de una biografía de este sacerdote.


Valentín Palencia, en una foto de recuerdo al recibir
la Cruz de Beneficiencia en 1925


Fundó en 1898 un Patronato de San José para la educación de niños huérfanos y pobres. La mejor educación era la formación práctica, y por eso puso en marcha un taller de oficios para formar a todos aquellos niños. Dio cobijo a 110 muchachos, 40 internos y unos 60 o 70 externos, a los que ayudaba, también, financiando un comedor de invierno.

El Padre Palencia usaba una pedagogía activa y enseñaba a sus pupilos dibujo para potenciar la habilidad manual, música para ‘refinar el espíritu’ y mucho teatro para educar en la expresión. A medida que llegaban a la mayoría de edad conseguía ir colocándolos en talleres y empresas.

"Procuraba que la instrucción fuese amena y alegre para hacer de un niño pobre, un hombre de provecho orientado hacia el amor a Dios. Tenía un coro además y formó una banda, actuando en conciertos y procesiones. Consiguió formar musicalmente a muchos de sus alumnos", explicaba hace un tiempo López Santidrián al Diario de Burgos.

Un ejemplo de que el coro era un elemento más de crecimiento espiritual es que el director de la banda musical, Donato Rodríguez, de 25 años, sería asesinado con el sacerdote que había sido su maestro. Donato, natural de Santa Olalla de Valdivielso, es uno de sus cuatro jóvenes discípulos y compañeros mártires. Los otros son Germán García García (de 24 años, natural de Villanueva de Argaño), Zacarías Cuesta Campo (de 20 años, natural de Villasidro) y Emilio Huidobro Corrales (de 19 años, natural de Villaescusa del Butrón).

El padre Valentín era muy activo también en el mundo cofrade: fue capellán de la capilla del Santo Ecce Homo y San Enrique de la Catedral, así como Hermano Espiritual de la Cofradía de Santa Lucía y de la de San José del Círculo. Fundó, en el Patronato, la Cofradía de la Sagrada Familia.

Que estaba dispuesto a morir por Cristo estaba escrito en su testamento, donde se lee: «la dicha por la que siempre ha suspirado mi alma es dar mi vida por Él...».

La Guerra Civil llegó el 18 de julio de 1936. Las autoridades civiles le prohibieron celebrar misa desde el 15 de agosto. Uno de sus alumnos lo denunció ante los milicianos del Frente Popular en Torrelavega porque no le había dado una propina.

Seis muchachos fueron llamados a declarar sobre el sacerdote y sus actividades, y cuatro se mantuvieron firmes en su declaración de ser cristianos que colaboraban con el sacerdote. Fueron asesinados junto a su maestro en el monte Tramalón de Ruiloba el 15 de enero de 1937.

La causa oficial para la beatificación del grupo se presentó en Roma en el año 2003. Doce años después, y en la misma semana en que Cantabria va a celebrar la beatificación de 18 mártires cistercienses también asesinados durante la Guerra Civil, llega el decreto papal confirmando que el padre Palencia y sus cuatro discípulos serán beatos de la Iglesia.

Vídeo sobre el contexto internacional de la persecución contra sacerdotes en la primera mitad del siglo XX: Rusia, México, Europa Oriental, España...