En el convento de las Clarisas de Ciudad Rodrigo [Salamanca, España] viven seis monjas que dedican su vida a la oración . La primera impresión que dan las Clarisas de Ciudad Rodrigo es la de ser personas felices.

La misma superiora, la madre Rebeca, matiza que a medida que iba conociendo la vida de estas religiosas hacía la siguiente reflexión: «Esta gente está aquí, no tiene nada y son súper alegres, y yo no veo a la gente de fuera así».

De hecho, en su caso concreto, llegó por casualidad a conocer a estas monjas ya que en su parroquia estaban de obras y las eucaristías se celebraban en este convento. «Yo no quería ni entrar a verlas, vine porque se empeñaron las otras chicas del coro», comenta, «al principio, a ellas les encantaron y poco a poco, yo no sé cómo, ellas fueron dejándolo y yo seguí».

Insiste la superiora en ese «testimonio de vida y la alegría» que a ella la cautivó y aunque ella confiaba en que «entrara alguna antes, fue algo así como si el Señor me dijera tienes que ser tú la primera y luego ya vendrán más».


Sor Rebeca es natural de Ciudad Rodrigo, al igual que sor Clara, que tampoco flaqueó a la hora de seguir los pasos de Dios. Dice sor Clara que «el que sienta la llamada, que siga al Señor porque encontrará la felicidad». O sor Sara, que procedente de Kenia, tuvo un camino más largo, «pero es algo maravilloso sentir la llamada», concluye.

Estas mujeres saben bien de lo que hablan a la hora de afianzarse y no desviarse del camino, ya que sus comienzos no fueron sencillos pues tuvieron que esperar a cumplir los 18 años para poder entrar en la clausura. La madre reconoce que «mi entorno lo vivió muy mal, estaba en el instituto y todo el mundo se oponía, 21 años después, todo es distinto».

La historia de sor Rebeca no queda aquí, y ella explica con mucha gracia que tuvo que escaparse al igual que hizo su fundadora, «y yo, como buena hija de Santa Clara, hice lo mismo».

Sobre este aspecto, su percepción es que en países como Kenia, «las familias lo ven muy bien, aquí es más complicado; allí si quieres ser monja todos son facilidades; aquí es el contrario, si quieres ser monja, todo son dificultades y si te pueden echar para atrás te echan, es muy difícil para la gente de aquí».

Sor Clara coincide en esa teoría de su superiora, en que «la realidad es esa, pero si tú lo tienes claro y tu vocación es esa, hay que seguir adelante».




Ella también destaca que «nuestra principal labor es la oración». Evidentemente, tienen que trabajar para mantener el convento y las seis hermanas Claras de esta congregación mirobrigense se dedican a elaborar dulces y formas.

Afirma la madre que «la crisis se nota a la hora de vender dulces», y a pesar de que «no pasamos necesidad, el Señor no deja, siempre suscita personas que te ayudan»; no es menos cierto que «no nos sobra nada, necesitaríamos más, pero sí que se nota mucho la providencia de Dios y como somos franciscanas, lo tenemos muy arraigado».

En este convento, la media de edad es de 36 años, la más baja de la federación a la que pertenecen, pues en otros, en la mayoría, la media puede oscilar entre los 70 y 80 años.

Las monjas tienen contacto con el mundo exterior, «no estamos en una cárcel», y aunque llevan a rajatabla lo de la clausura y salen al exterior en ocasiones excepcionales, están al día de lo que pasa en el mundo a través de los informativos, las redes sociales e incluso, el whatsApp.


A pesar de que estas seis monjas mantienen contacto con el mundo exterior a través de diferentes vías, declaran que «es poca la gente que se acerca al convento a vernos, cada vez menos», por lo que en cierta medida, se pierde ese contacto más directo entre las monjas y los laicos.

Es evidente que la mayoría de los momentos del día son propios para la comunidad pero, por ejemplo, los domingos puede asistir a las misa de las 11:00 horas todo aquel que así lo considere oportuno.

Otra de las opciones para acercarse a estas monjas es el grupo de oración que se reúne todos los jueves del año a las 21:30 horas, o la exposición del Santísimo en otros momentos, en los que la gente puede orar con ellas, sin ir más lejos, las vísperas.

En su día a día, también hay momentos para la formación religiosa o la formación musical para algunas de las monjas.

Hay otras ocasiones que se podrían considerar como excepcionales y el año pasado su convento también acogió alguna de las celebraciones programadas con motivo del Año Franciscano, en concreto, una de las más multitudinarias, una vigilia en la que participó el cardenal Carlos Amigo y un nutrido número de personas de todas las edades.

Sor Rebeca es de las que opina que «a la gente tienes que llegar donde esté y con los medios que ellos utilizan; todo está bien si se utiliza correctamente».

Precisamente, a través de sus perfiles de facebook o por medio del correo electrónico, les llegan mensajes de mucha gente que piden que recen por ellos o que les cuentan sus problemas o preocupaciones, del tipo que sean.

Otra experiencia que está resultando «muy positiva», tiene que ver con los grupos de catequesis de adolescentes con los que participan.

«Se ha creado muy buena relación», indica la superiora, «no tenían ni idea de lo que era una monja, pensaban que era una señora vieja, y hemos conectado muy bien, me cuentan sus problemas y están viendo otra parte que no conocían, es una experiencia enriquecedora».

Bromea la madre cuando cuenta que «alguna de las chicas me dice que al final la convencemos para hacerse monja».

Sobre esa visión que tiene el mundo de las monjas de clausura o de vida contemplativa, expresión que se utiliza más en los últimos tiempos; asume la madre que «aparentemente, no hacemos nada», y cita a Inés de Praga para señalar algo así como que «somos colaboradoras del mismo Dios y ayudamos a los demás desde aquí». Añade que «los problemas de todos son los nuestros y estamos del lado de la gente, vemos el telediario para rezar por mucha gente que lo necesita».

Desde ese punto de vista, el de los problemas que afectan a la gente, no son ajenas, ni muchísimo menos, a sucesos como el acaecido la semana pasada en una universidad de Kenia, donde fueron asesinadas 150 personas y muchas otras resultaron heridas. Precisamente, sor Sara es natural de ese país y habla de la «profunda tristeza» que sintió al enterarse de estos hechos porque «la gente de allí, son mi gente, cristianos muy inocentes sin culpa ninguna».

Sobre los términos que se utilizan para referirse a ellas: monjas de clausura o de vida contemplativa; argumenta sor Rebeca que «quizás lo de clausura suene a muy cerrado y a lo mejor para estos tiempos suena mejor lo de contemplativa porque aunque estamos aquí y no salimos sí estamos en contacto con la gente, no es una cárcel en la que no queremos saber nada del mundo, al contrario, estamos para servir a todos los que están ahí fuera».

Lo que queda claro tras hablar con ellas es que su elección de vida las hace sumamente felices; es fácil oírlas reír en numerosos momentos de la conversación e interesarse por los que les cuentan los interlocutores que se acercan hasta su convento.