Hay dos necesidades básicas para todo ser humano: Un techo para vivir y alimentación. Una de ellas, al menos, está cubierta con el comedor social de La Milagrosa, en el barrio de Las Delicias de Valladolid, que ofrece una comida caliente los domingos y festivos del todo año, incluido el día de Navidad y Año Nuevo, a personas que, precisamente, no cuentan con un hogar.

Es un recurso social que Cáritas Diocesana y los Padres Paúles pusieron en marcha a finales de 2009 para complementar el comedor municipal de la capital que en aquel tiempo solo abría de lunes a sábado.

Cinco años después, y a la vista de la afluencia, es un recurso necesario.

Pese a que el Ayuntamiento de Valladolid reforzó su servicio a partir de 2013 con la apertura del comedor de la calle Antonio Lorenzo Hurtado todos los días de la semana, las instalaciones de La Milagrosa siguen siendo necesarias. La crisis económica aprieta a los ciudadanos de a pie pero ahoga sobremanera a los que menos tienen. Solo hay que ver la afluencia de personas que cada domingo o festivo acuden en busca de un plato caliente. Son más de 85 aunque un número inferior al de la apertura cuando superaba los 120.

Lo sabe bien el párroco de Dulce Nombre de María, el padre Paúl Luis Miguel Rojo, que la crisis agudiza las situaciones de miseria. Además, a diferencia de los comedores municipales donde hay un trabajador social que analiza cada situación para comprobar si el comensal cuenta con nulos o escasos recursos para tener derecho a un plato de comida, aquí no existe un control al uso. Algo que corrobora Napoleón, uno de los voluntarios que organiza a los grupos a la hora de sentarse en la mesa: «Algunos que no tengan necesidades podrán colarse pero, al final, conocemos a casi todos y nos consta que viven en la calle, duermen en los albergues, pensiones o en pisos compartidos a los que no les llega el dinero para comer». Es decir, lugares que no son un hogar digno.

El comedor de La Milagrosa funciona gracias a las aportaciones de Cáritas, el esfuerzo de tres Padres Paúles, dos monjas de las Hijas de la Caridad y una treintena de voluntarios, sobre todo vecinos del barrio.

Todos ellos hacen posible el 'milagro' de dar una comida caliente al colectivo 'sin techo' y disfrutar de un lugar con calefacción. Pero también se alimenta el espíritu y la esperanza porque tanto los religiosos como los voluntarios buscan que el comedor sea también un lugar de encuentro y un espacio de acogida para charlar con los usuarios. Todo de cara a buscar alguna solución para mejorar su situación, según comenta el padre Rojo, ya que se dan a conocer otros recursos y programas de Cáritas: «Buscamos, en definitiva, la promoción integral de la personal», informa la agencia Ical.

Pero no es labor sencilla porque suelen ser personas que solo vienen a comer, sin ganas de dar explicaciones ni hablar de su problemática. Vivir en la calle tiene un punto de libertad que permite estar al margen de las normas. Es, para ellos, lo mejor de no estar resguardados bajo un techo. Son, básicamente, hombres, cada vez más jóvenes, y a diferencia de antes la mayoría es de nacionalidad española. Personas que han sufrido numerosas experiencias traumáticas desde la muerte de un padre, la pérdida de un hijo hasta una separación de pareja, algún tipo de drogadicción o quedarse sin empleo. «Nadie quiere caer en este pozo pero estas situaciones imponen tanto que no hay manera de salir adelante», afirma Luis Miguel Rojo.

«Se van acostumbrando a vivir en estas situaciones pese a que hay servicios suficientes en Valladolid para abandonar la calle como un albergue municipal, desayuno en el centro de día de Cáritas en la calle José María Lacort, comida y cena en comedores pasando por casas de acogida y pisos tutelados», explica el párroco.

La mayor parte hace uso de estos recursos de forma esporádica porque muchos tienen adicciones (alcohol, por ejemplo, para combatir el frío), apenas se asean y todo eso dificulta encontrar un empleo, aunque sea temporal, para salir adelante.

Una parte de los usuarios del comedor social de Las Delicias es perceptor de la Renta Garantizada de Ciudadanía.

El reloj marca las 13:00 horas de un domingo y ya hay una larga cola, bien formada, a las puertas de la calle Huelva. Esperan pacientemente con frío a la apertura del centro, previsto para las 13.15 horas. Se sientan por afinidad, ordenados por los voluntarios en grupos de seis personas para cada una de las mesas, comen y a las 14,30 horas el salón está vacío y todo recogido. Son educados y saludan al entrar porque son conocidos. Tanto que suelen tener una sonrisa pese a su situación que para el resto de los mortales sería de total desesperación.


Stilia es un búlgaro que lleva en Valladolid desde 2004. Pese a tener mujer y un hijo, que viven en un piso de alquiler, acude todos los domingos al comedor de La Milagrosa. Confiesa que la comida es buena y el trato exquisito. Con 44 años, apenas tiene para pagar la renta del piso por lo que agradece este tipo de recursos. Aprovecha su visita al centro de Delicias para coincidir con conocidos pero también para ayudar a los 'sin techo' puesto que trabaja a media jornada como voluntario en la Red Íncola de apoyo al colectivo inmigrante. Stilia reconoce que hay casos perdidos de personas que prefieren vivir en la calle para beber alcohol pese a que las ONGs les brindan apoyo para salir de esa situación.

Pone como ejemplo a un compatriota que llega tarde y solo le dan un bocadillo. Es un enfermo mental que duerme desde hace 6 años en la Estación de Autobuses de la ciudad, de donde no quiere salir porque anhela que su madre venga en un autocar procedente de Bulgaria para llevarle de vuelta a casa.

Hay gente que, incluso, viene desde el principio. Nati, una de las voluntarias, apunta que los que acuden de vez en cuando son personas con un problema puntual. Es de las veteranas en prestar ayuda a los 'sin techo' puesto que ya trabajaba de cocinera en el antiguo comedor municipal. «Dimos mucha guerra para destinar estas instalaciones a este fin tan necesario en tiempos de crisis», reflexiona.

Pese a contar con un espacio reservado para la cocina, la infraestructura sería muy costosa para un solo día a la semana por lo que el comedor de La Milagrosa recibe la comida preparada del Grupo Lince Asprona. “Son platos de alta calidad porque hablamos de personas de la calle pero que tienen derecho a comer bien y sabroso. Hoy alubias blancas y filete y mañana, guisantes estofados y bacalao con tomate”, asevera el párroco el pasado puente de La Inmaculada. La comida casi siempre se complementa con aportaciones de particulares y vecinos que llevan al comedor social el postre.


La comida viene lista para su reparto, unas 85 raciones, pero la demanda es difícil de controlar. Para esos días en que acude más gente a La Milagrosa los voluntarios preparan, sobre la marcha, bocadillos con embutido para los que no hay sitio o para los 'rezagados'. Uno de ellos es Santiago de las Heras, que acaba de salir del hospital y encuentra 'refugio' en este comedor aunque reconoce que es usuario esporádico. En su caso, cobra una ayuda de 436 euros que le permite vivir en una habitación de un piso compartido pero que le impide acudir todos los días al comedor municipal.

Luis Miguel Rojo explica que las instalaciones de la antigua guardería de las Hijas de la Caridad se habían quedado vacías y destinarlo a un comedor social era la “mejor manera” de darle una nueva vida. «Este lugar es necesario porque la gente sigue acudiendo», expresa otro voluntario. Sor Puri es consciente de que «aún hay mucha pobreza» pero se queda con la solidaridad de los ciudadanos. Una solidaridad que no solo está presente en Navidad.