Daniel Navarro, ordenado sacerdote, dejó su trabajo como ingeniero de telecomunicaciones en Londres, su novia y amigos: «Los dedos de Cristo tocaron mi corazón y le dieron la vuelta como un calcetín», explica. 

«Desde que me encontré con el Señor, ha sido un progresivo crecer con Él. Yo llegaba con muchas heridas humanas, como una planta de apariencia sana, pero en realidad frágil, a la que metes en un invernadero. La relación con el Señor va creciendo y robusteciéndose, y ahora hay un suelo sólido, listo para que otros lo pisen»

El padre Daniel extendió su mano en la consagración -su primera consagración como sacerdote, concelebrante con su obispo que le acababa de ordenar- y pronunció las palabras: “Ésta es mi Sangre”.

Entonces comprendió que esa sangre de Cristo es también la sangre de Daniel Navarro. Ya son uno. Una sola carne. La Misa de la ordenación sacerdotal, el pasado sábado, fue la culminación de un camino de formación que comenzó para el ya padre Daniel hace ocho años, en Londres.


Tenía 33 años y vivía desde los 21 alejado de la Iglesia. «Si existes, y alguna vez quieres que vuelva, ya me lo dirás», dijo a Dios antes del portazo de salida. Y Dios quiso que volviera.

Daniel Navarro Úbeda, hoy ya el padre Daniel, trabajaba en Londres en proyectos de telefonía móvil. Este ingeniero de Telecomunicaciones ganaba «más dinero del que había imaginado», tenía casa, coche, novia, amigos- «todo lo que el mundo nos dice que hay que tener para ser feliz». Pero en su vida había preguntas: “¿No hay nada más? ¿Mi vida es una de tantas? ¿En general, ya está escrita?”

El primer paso de lo que hoy identifica claramente como la Providencia de Dios, fue conocer a un grupo de gente católica. «Tenían una alegría que no era ficticia». Y empezó a ir a misa otra vez. En Londres, y también en Madrid, cuando viajaba a visitar a su novia.

Luego llegó la primera Confesión en más de diez años.

Y una tarde, la del 27 de agosto de 2006 «entre las 19 y las 20 horas», un encuentro «real» con Jesucristo.

No fue, cuenta, como en una oración, sino después de una Eucaristía.

«Fue un encuentro real. No con las coordenadas de espacio-tiempo que conocemos, pero absolutamente real. Cristo vino caminando hacia mí; sus dedos tocaron mi corazón y le dieron la vuelta como un calcetín. Me dijo: ´¡Ya te vale, decirme que no!´, y ese decirme -igual que a san Pablo el deja de perseguirme-, fue clave».

Para un hombre de ciencia como él, la situación era difícil de asimilar, pero era real.


Como un puzzle al que le falta la pieza del centro -«aunque está casi hecho, queda fatal»- y de repente, esa pieza del centro lo encaja todo. Horas después, estaba escribiendo un correo al seminario de Madrid, y una semana más tarde su novia le preguntaba: ´Oye, ¿tú no irás a hacerte cura?´

«Tres meses después ya no tenía novia. Es duro, pero el Señor sabe hacer muy bien las cosas», explica.

Comenzó así un año de discernimiento a caballo entre los estudios del seminario y el trabajo anterior. Luego, el seminario: «Desde que me encontré con el Señor, ha sido un progresivo crecer con Él. Yo llegaba con muchas heridas humanas, como una planta de apariencia sana, pero en realidad frágil, a la que metes en un invernadero. La relación con el Señor va creciendo y robusteciéndose, y ahora hay un suelo sólido, listo para que otros lo pisen».




Un momento de la ordenación con el
cardenal Rouco



Esos otros son los fieles a los que el padre Daniel, hasta ahora, sólo podía escuchar y, después, mandarlos a su director espiritual para la Confesión. «Venían a contarme preocupaciones y yo les decía que todavía no podía confesar, pero daba igual, ellos necesitaban sentirse escuchados». Ahora sí puede atenderlos él mismo, y eso es lo que más desea: darse a los demás en Cristo.

«Les voy a dar lo que he recibido en el seminario y lo que recibo de Dios. Quien va a hablar con un sacerdote debería percibir que recibe a Dios y, si no lo recibe, tiene que cambiar de sacerdote. La confianza que dan los sacerdotes realmente unidos al Señor es impresionante. Te acoge y te escucha el Señor».

Y cuando dice eso, el padre Daniel habla por propia experiencia. «Yo en el seminario había veces que decía una cosa y tenía la maleta preparada, porque pensaba: Me echan. Tenía la mentalidad de las leyes del mundo. Pero con Dios no. Él te escucha y te dice: Te perdono. Eres bienvenido. No te dice que no pasa nada. Te dice la verdad, pero no te juzga».

Dice que encontrarse con Él no quita nada y, cuando le preguntan si echa de menos el mundo anterior, lo tiene claro: «Cuando te has encontrado con Aquel que lo ha creado todo, lo recibes todo. Lo del ciento por uno del Evangelio se queda muy, muy pequeño».

Daniel Navarro fue ordenado sacerdote en Madrid el pasado sábado 10 de mayo junto a otros 15 diáconos.

Un detalle de la ordenación de Daniel por el cardenal Antonio María Rouco