El ya cardenal José Manuel Estepa de 84 años confiesa que recibió el nombramiento de Benedicto XVI “con mucha sorpresa” y dice entre bromas “soy un obispo amortizado”, es decir “ya he terminado de pagar mi servicio”.

Apasionado con el tema de la formación y la catequesis, se ha desempeñado como consultor de la Congregación para el Clero, fue miembro de la comisión de reacción del Catecismo. Fue también obispo auxiliar de Madrid y luego arzobispo castrense.

ZENIT entrevistó al purpurado, quien asegura que una vez reciba este título honorífico continuará con su labor de “leer, estudiar y rezar”, especialmente “por la Iglesia y las naciones y la juventud”. Un reconocimiento que recibe “con profundo sentido de gratitud y fidelidad al Papa”.

- Hablemos primero de sus años como sacerdote… ¿Nos puede contar su experiencia como consultor y luego como colaborador de la Congregación para el clero?
- Empecé colaborando con la comisión del Clero en el sector de Catequesis en el año 69. Después he seguido. Ya son más de 40 años de colaboración. Siempre en el sector de la catequesis como una perspectiva que en mí se acentuó con la colaboración con el CELAM en América Latina.

- Usted que fue nombrado obispo por Pablo VI en 1972 y pudo trabajar con él y conocer su magisterio, ¿qué es lo que más destaca de este Papa?
- El esfuerzo por unir cada vez más la reflexión cristiana de anuncio de fe. En esta colaboración la catequesis ha tenido una dimensión misionera. Esto está en sintonía, lo veíamos desde aquel tiempo, con lo que el actual Santo Padre pide, este dinamismo de evangelización.

Estábamos convencidos de que los países de raíces cristianas necesitaban un nuevo impulso. Siempre hay que buscar que la evangelización bañe y se impregne de la cultura de cada tiempo. Propiamente estábamos en una mutación y en un cambio de cultura. Todo esto se vio con la celebración del Concilio Vaticano II. Era importante que el Evangelio se hiciera presente.

A eso se ha hecho frente con dos sínodos universales: primero el de 1974 sobre la Evangelización. Eso fue una visión muy profunda de Pablo VI. Cuando al año siguiente se le pide que determine el tema del siguiente sínodo, Pablo VI dijo que debería ser la de la Catequesis, que se celebró en 1977 porque no se podía separar evangelización de catequesis.

La evangelización es la siembra, la catequesis es el crecimiento. Por ello no se pueden separar. Si se hace sólo evangelización en el sentido de la predicación de conversión y no se fortalece el crecimiento de la personalidad cristiana en el fondo de la cultura, pues también ahí hay una inmadurez.

- ¿También hizo parte de los obispos que redactaron el Catecismo de la Iglesia Católica. ¿Cómo fue esta experiencia?
- Al comienzo éramos seis obispos, luego fuimos siete los de la comisión de redacción del catecismo. Siempre que hacíamos reuniones en Roma, el Papa Juan Pablo II venía un día a ver nuestro trabajo y nos escuchaba mucho. Fueron prácticamente seis años de trabajo con un ritmo bimestral.

Recuerdo mucho al cardenal Ratzinger, quien se caracterizaba por la certeza de saber que esa tarea iba a poder culminar. El objetivo valía la pena y había que trabajar con confianza, sin estar obsesionados y también estando seguros de que lo que estábamos haciendo valía la pena.

El cardenal Ratzinger fue ejemplar en ese dinamismo de confianza. Éramos un grupo muy reducido. A los pocos meses el grupo creció con el actual cardenal Levada, hoy prefecto para la Congregación de la Doctrina de la Fe, luego con el actual arzobispo de Viena, el hoy cardenal Cristoph Schoenbom, quien había sido alumno de Ratzinger. Ahí me encontré muy a gusto y trabajé con confianza. Personalmente esta experiencia me ayudó para mi madurez de fe.

- Pasemos ahora al tema de su servicio episcopal. Usted asumió como obispo auxiliar de Madrid en un momento de muchas tensiones en la historia de su país en el llamado período de transición...
- Así es. Estuve allí por 11 años (1972 – 1983). Acompañé al cardenal Tarancón, quien durante el mismo período era el arzobispo de Madrid. Esta gran personalidad a quien pude colaborar en un tiempo muy duro para nosotros. Era el conocido tiempo de tránsito desde la dictadura hacia la democracia. La Iglesia tuvo que guardar un gran equilibrio y hacer posible el acompañar a una sociedad que evolucionaba hacia formas políticas distintas. Creo que la Iglesia lo hizo con gran prudencia y con gran sentido de generosidad.

- Y luego pasó a ser arzobispo castrense…
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Sí fue ahí cuando se incrementó el terrorismo que a mí me afectó de una manera muy particular porque durante unos años los objetivos primeros de los terroristas eran los militares y la policía. Era una preferencia macabra y trágica. Tuve que presidir muchas celebraciones y funerales.

Fueron 20 años y 10 meses de arzobispo castrense (1983 – 2004) en que, sobre todo los 10 primeros años, tuve que acompañar víctimas de terrorismo, después las preferencias de los terroristas fueron cambiando de objetivo, dejaron de ser preferencias los militares.

Mi experiencia de arzobispo ordinario militar me ayudó porque encontré un sector de la sociedad española caracterizado por la fortaleza. Con esto no quiero hacer distinciones de más católicos o menos católicos pero sí debo proclamar que en los militares y profesionales y la policía veo un gran sentido cristiano en general y una formación más sólida como cristianos que en otros sectores de la sociedad. Y yo me permití hacerlo público. Estaba sirviendo en un sector donde la fe estaba siendo sembrada y donde había dado frutos. Eso me llena de satisfacción.

- ¿Y cómo ve la situación de fe en España?
- Creo que con la visita reciente del Papa se ha podido apreciar que la fe vive, no sólo en generaciones mayores sino en un sector de juventud y creo que el proceso que tenemos que hacer se cultive. Estamos necesitados de un gran fortalecimiento que necesita una gran catequesis.

- A un obispo recién ordenado ¿qué consejo le daría?
- Primero que tenga esperanza. Un sacerdote que no tenga un gran vigor, no debe aceptar ser obispo porque se esto detecta cuando hay un vigor de fe y una perspectiva de esperanza. Luego le diría que la densidad de la fe no se mide por el sistema métrico decimal. Más bien le diría que se entregue al Señor y que reme mar adentro. No se puede estar con la preocupación de medir sino más bien de sembrar y confiar porque la semilla de la fe siempre da fruto el mejor fruto.