Desde el pasado mes de octubre Pablo VI es santo. Fue canonizado el mismo año en que se cumplían 50 años de la que fue la encíclica más controvertida de su pontificado, y la que sin duda más le hizo sufrir, la Humanae Vitae.

Pero este fue sólo uno de los importantes escritos de un Papa que fue pionero en muchas cosas y que le tocó llevar la Iglesia en tiempos complicados y de enormes cambios políticos, sociales y también eclesiales.

Uno de los que mejor conoce la figura de Pablo VI es el sacerdote domínico José Antonio Martínez Puche, autor del libro Beato Pablo VI. Escritos esenciales (Voz de Papel), que a continuación hace un detallado repaso de los momentos cruciales de la vida y obra de este santo de la Iglesia Católica: 

San Pablo VI, el Papa del Vaticano II

El 14 de octubre de 2018 pasará a la historia de la Iglesia como el día en que Pablo VI fue canonizado. Se completaba así el triunvirato de la santidad de los tres Papas del Vaticano II: los santos Juan XXIII, Pablo VI y Juan Pablo II. El Papa Francisco dijo el día de la canonización: “Jesús nos invita hoy a regresar a las fuentes de la alegría, que son el encuentro con él, la valiente decisión de arriesgarnos a seguirlo, el placer de dejar algo para abrazar su camino. Los santos han recorrido este camino. Pablo VI lo hizo, siguiendo el ejemplo del Apóstol del que tomó su nombre. Al igual que él, gastó su vida por el Evangelio de Cristo, atravesando nuevas fronteras y convirtiéndose en su testigo con el anuncio y el diálogo, profeta de una Iglesia extrovertida que mira a los lejanos y cuida de los pobres. Pablo VI, aun en medio de dificultades e incomprensiones, testimonió de una manera apasionada la belleza y la alegría de seguir totalmente a Jesús. También hoy nos exhorta, junto con el Concilio del que fue sabio timonel, a vivir nuestra vocación común: la vocación universal a la santidad”.                                                                                                                           

El anuncio, la celebración y la repercusión mediática de la beatificación en 2014 y de su canonización, llena de alegría a millones de católicos, que admiramos a san Pablo VI y deseamos que llegue a todo el mundo el testimonio de la Iglesia en favor del gigantesco Papa que tanto amó a Cristo, a la Iglesia y al hombre. Canonización y beatificación han estado precedidas por sendos milagros pro vida. Para la canonización ha habido un claro milagro: en la provincia italiana de Verona, poco después de la beatificación de Pablo VI, nacía la niña Amanda, el 25 de diciembre 2014, con menos de 25 semanas de gestación. Para la ciencia médica es inexplicable que naciera sin anormalidad alguna, cuando a las 13 semanas de gestación se había roto la placenta, con lo que se truncaban todas las esperanzas de vida. Pero su madre, Vanna Pironato, suplicaba cada día la intercesión del Papa Montini en el Santuario de la Virgen de las Gracias de Brescia, adonde cada domingo acudía la familia Montini. Y Pablo VI, el Papa de la Humanae vitae, alcanzó de Dios el milagro del nacimiento de una niña sana y normal: la Iglesia, después de analizar científicamente el proceso, declara que es un milagro sobrenatural, decisivo para la canonización de Pablo VI.

La beatificación la presidió el Papa Francisco, el 19 de octubre de 2014, al finalizar la Asamblea extraordinaria del Sínodo de los Obispos sobre la Familia. Pablo VI instituyó en la Iglesia el Sínodo de los Obispos. Y la familia, con el gran canto a la vida y su más rotunda defensa, es el tema central de la encíclica que más incidió en la vida, el ánimo y la valentía pastoral de Pablo VI: la Humanae vitae. El milagro para la beatificación, ocurrido en Estados Unidos en el año 2001, fue, también, la curación de un feto de cinco meses -condenado a la muerte intrauterina o a una deplorable deformación congénita para su poco probable y muy precaria vida- que llegó a nacer milagrosamente, como Amanda, completamente normal y completamente sano.

Queda patente, con estos dos milagros, la confirmación divina de la encíclica que tantas críticas, incomprensiones y persecución, incluso dentro de la Iglesia católica, fueron minando la salud del gran Papa Montini hasta su muerte. Con motivo de la beatificación, publiqué un libro en “Voz de Papel”, del grupo Libroslibres, que recoge los datos más relevantes de su vida y pontificado; sus encíclicas, escritos y discursos de mayor interés, y las novedades en la vida de la Iglesia que Pablo VI introdujo en la aplicación del Vaticano II: Pablo VI. Escritos esenciales, de 536 páginas. De ese libro ofrezco una amplia síntesis en este artículo.

 

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Cristiano desde la cuna, sacerdote de Cristo, en la Secretaría de Estado

Giovanni Battista Enrico Antonio María nació el 26 de septiembre de 1897 en la pequeña población de Concesio (Brescia, Lombardía). Giambattista, nombre con el que fue conocido hasta que el 21 de junio de 1963 cambió su nombre por Pablo VI, al ser elegido el 262º sucesor de Pedro, fue el segundo de los tres hijos del matrimonio de Giorgio Montini y Giudetta Alghisi. Y fue bautizado a los cuatro días, el 30 de septiembre, el mismo día de la muerte de santa Teresita del Niño Jesús en el Carmelo de Lisieux: “El 30 de septiembre de 1897, a las 19:20, muere Teresa Martín exclamando: ¡Oh, le amo, Dios mío, os amo” (1). Giambattista nació y creció en el seno de una familia profundamente cristiana, un don del cielo que Pablo VI tanto agradecía a Dios: “¡Sean benditos mis padres, tan dignos!... Lodovico y Francesco, hermanos de sangre y de espíritu, siempre me habéis dado ejemplo de virtudes humanas y cristianas”.

La familia fue su primera escuela, que luego ampliaría a la parroquia, la escuela del pueblo y los colegios católicos Cesare Arici y Arnaldo de Brescia. En 1917 aquel joven de veinte años ingresó en el Seminario de Brescia, donde comenzó los estudios  institucionales con excelente provecho. El 29 de mayo de 1920 recibió la ordenación sacerdotal en la catedral de Brescia y celebró su primera misa  en la iglesia de la Madonna delle Grazie. El mismo año fue enviado a Milán para ampliar estudios (licenciado en derecho canónico), y luego, teología en Roma.

En Roma encontró a la persona clave para introducirse en los altos organismos vaticanos: monseñor Giuseppe Pizzardo.  En 1921, logró que Montini ingresara en la Academia Pontificia Eclesiástica, donde se preparaban los futuros diplomáticos del Vaticano: dos años después fue enviado como adscrito a la Nunciatura Apostólica de Varsovia. Después de un período de prueba en la Secretaría de Estado, en 1924 quedó fijo en esa gran escuela para conocer la Iglesia universal.

Allí encontró a sus mejores maestros, entonces sacerdotes y luego monseñores y cardenales: además del mencionado Giuseppe Pizzardo, Domenico Tardini, Francis Joseph Spellman, y, sobre todo, el cardenal Eugenio Pacelli, luego Pío XII, que preparó a Giambattista Montini para ser Papa.

Cerca de Pío XII, cardenal arzobispo de Milán

Sin Pío XII no hubiera habido San Pablo VI. Es verdad que Montini fue conocido por el Papa Pacelli gracias al trato y al trabajo con los cardenales mencionados antes. Pero el olfato del cardenal Pacelli, que acogió al joven Montini en la Secretaría de Estado que Pacelli dirigía en el pontificado de Pío XI, detectó cualidades muy especiales en el joven de Brescia. Admiraba en él la capacidad de organización y del trabajo bien hecho. En 1931 lo nombró profesor de historia en la Academia Pontificia Eclesiástica. En 1937, Montini pasó a ser “sustituto de relaciones ordinarias” de la Secretaría de Estado, por designación del cardenal Pacelli, desde 1939 Papa Pío XII. Si  había conocido la personalidad de Pío XI, mucho mejor conoció a Pío XII, con quien cada mañana preparaba los asuntos más destacados de la jornada. Y luego sería testigo directo y cercano de la revolución espiritual de Juan XXIII. A los tres evocaría Pablo VI  en el primer radiomensaje de su pontificado: “Nuestros predecesores nos han dejado una herencia espiritual sagrada y gloriosa. Pío XI, con su indómita fuerza de ánimo; Pío XII, que adoctrinó a la Iglesia con la luz de un magisterio lleno de sabiduría; y, finalmente, Juan XXIII, que ha dado al mundo entero el ejemplo de su singular bondad”. Del primero heredó Pablo VI la firmeza de sus resoluciones; de Pío XII, la sabiduría de su magisterio; de san Juan XXIII, la bondad que se ganó el corazón de la humanidad, para la que propuso, preparó y celebró la apertura del magno Concilio Ecuménico Vaticano II.

Aunque dedicado a importantes cargos en la Secretaría de Estado, en el pontificado de Pío XII, no se alejó de la pastoral directa, como Asistente espiritual del Círculo Romano de la Federación Universitaria Católica Italiana (FUCI), y su asidua ayuda y evangelización en los barrios más pobres de la Urbe (Porta Metronia, Primavalle), acompañando a las Conferencias de San Vicente de Paúl.  Pero Pío XII, que le encargó leer y contestar en su nombre millones de cartas que llegaban de prisioneros de guerra y refugiados durante la Segunda Guerra Mundial (unas diez millones de cartas), quería que su “discípulo” Montini se preparara a conciencia para lo que podía intuir: le faltaba la experiencia del gobierno pastoral, y lo nombró arzobispo de Milán, la mayor diócesis de la Iglesia, el 3 de noviembre de 1954. Sería la mejor plataforma para que Montini completara su ya tan amplio conocimiento de la Iglesia católica, desde el mundo obrero hasta los intelectuales.

El 12 de diciembre, Montini fue ordenado obispo en la basílica de San Pedro por el cardenal Tisserant, decano del Colegio de cardenales. Pío XII habría deseado ordenar a su “delfín”, que enviaba “como mi regalo personal a Milán”. Pero la enfermedad se lo impidió: desde la cama, pronunció una alocución que llegó a la basílica por megafonía y directamente al corazón del nuevo obispo: palabras y bendición papal “colmada de recuerdos de su prolongado servicio, cuajada de gozos y dolores y luminosa fe y esperanza para el futuro del nuevo pastor”. 

Su pontificado en Milán fue como un ensayo general y un entrenamiento de lo que le esperaba en la Sede de Pedro para toda la Iglesia. Quiso conocer los distintos sectores de su amplia diócesis y comenzó por los intelectuales y los artistas. Tuvo mucho interés en entrar a un contacto muy directo con el mundo del trabajo: organizó o asistió a muchos encuentros con sindicatos y asociaciones laborales, habló frecuentemente sobre la visión cristiana del trabajo y, sobre todo, de los trabajadores. Y, para toda la sociedad milanesa, preparó con esmero y esperanza la gran misión general, del 10 al 27 de noviembre de 1957. Objetivo: la evangelización del pueblo de Dios, los cercanos y los alejados. Los inicios de la renovación litúrgica, que Pío XII puso en marcha con la reforma de la Pascua, encontró un muy favorable caldo de cultivo en la gran archidiócesis milanesa.

El 28 de octubre de 1958 era elegido el cardenal Roncalli para suceder a Pío XII en la Sede de Pedro: Juan XXIII. Nueve semanas después, en su primer cónclave, 15 diciembre, creó cardenal a Montini, arzobispo de Milán. Al mes siguiente, 25 enero 1959, anunciaba la celebración del Concilio Vaticano II, que llenaría el resto de la vida del cardenal Montini-Pablo VI: preparación (desde la Comisión preparatoria central del Concilio), presidencia de las tres sesiones que promulgaron documentos (todos, firmados por “Yo, Pablo, obispo de la Iglesia católica”), y su aplicación, a lo largo de su pontificado.

Pablo VI y el entonces cardenal Ratzinger

Concilio Vaticano II: preparación y presidencia

De 1959 a 1962, el cardenal Montini tuvo que distribuir su tiempo entre Milán y Roma, desde donde fue enviado por el Papa a varios países de África, Brasil y Estados Unidos: se preparaba  para ser el primer Papa peregrino en la historia de la Iglesia, a la que también servía con su participación en las distintas  Congregaciones del Vaticano y en la Comisión Preparatoria Central del Concilio.

Con el cardenal Suenens propugnó en diciembre de 1962 una nueva concepción del Concilio: no valía la bipolarización de los textos conciliares “entre la perspectiva ad intra y la relación de la Iglesia ad extra”. Hacía falta una reflexión propia del mismo Concilio, instancia suprema de la Iglesia, que, en una visión de conjunto de lo que el Concilio se proponía, descubría una tripolarización. El tercer polo daría cabida a temas y “textos controvertidos durante el Concilio y posteriormente, sobre la Revelación y su transmisión, la fe y la libertad de conciencia” (2). San Juan XXIII estuvo de acuerdo con esa proyección, que venía a poner en práctica la característica, más pastoral que doctrinal, más expositiva que condenatoria, que él quiso imprimir al Vaticano II.

Esto llevó tiempo e impidió que se promulgara algún documento conciliar en la primera sesión, la única que presidió san Juan XXIII. El cáncer de estómago que minaba la salud del Papa pudo haber acabado, además de con su vida, con el Concilio que él convocó. El 3 de junio de 1963, moría el gran “párroco del mundo”, Juan XXIII, que se había ganado el corazón de católicos, cristianos y gentes de toda clase y religión, era llorado por el mundo entero: moría el abuelo de la humanidad.

El 21 de junio de 1963, los cardenales reunidos en cónclave eligieron al cardenal Giambattista Montini, que quiso llamarse Pablo VI, por su admiración al Apóstol Pablo, el gran enamorado de Cristo. Con el gran bagaje de conocimientos internos del Vaticano y de la Iglesia, por sus últimos años al frente de la mayor diócesis de la Iglesia, con sus viajes en nombre del Papa, y con su acertada actuación en la preparación y en la primera sesión del Concilio, el cardenal Montini era indudablemente el mejor preparado para la sede de Pedro. El nuevo Papa podía continuar al  frente del Vaticano II o dejar el proyecto de su predecesor. A los dos días de su elección pontificia, el 23 de junio, en sesión solemne para aceptar el gesto de obediencia de los cardenales, en la Capilla  Sixtina, Pablo VI despejó todas las dudas: “Continuaremos el Concilio, procuraremos la unidad de los cristianos, pondremos la Iglesia al servicio de todos los hombres de buena voluntad para edificar la paz en la justicia social” (3).

El 30 de junio de 1963 fue el día de la última coronación papal. Pablo VI recibió como regalo de sus diocesanos de Milán una de las más sencillas tiaras, y aceptó ser coronado con ella, la última tiara de la historia de la Iglesia. Luego la regaló a los católicos de los Estados Unidos, y se exhibe en la cripta del Santuario Nacional de la Inmaculada Concepción de Washington. Despojarse de la tiara era un gesto significativo: gran parte del esplendor y grandiosidad de las ceremonias que rodeaban el papado fueron cayendo, y quedaron como un recuerdo histórico de la secular nobleza romana en la corte pontificia. Acabó con la Guardia Palatina y la Guardia Noble. En adelante quedaría la Guardia suiza como el único cuerpo militar del más pequeño estado de la Tierra: el estado-ciudad del Vaticano.

En su discurso programático, de pontificado y de Concilio, utilizando siempre el “Nos” mayestático como sus predecesores en la Cátedra de San Pedro, dijo Pablo VI: “Defenderemos  a la santa Iglesia de los errores de doctrina  y de costumbres, que dentro y fuera de sus confines amenazan la integridad y ensombrecen la belleza; Nos, trataremos de conservar y acrecentar la virtud pastoral de la Iglesia, que la presenta libre y pobre en su doble faceta de madre y maestra, amorosísima para con sus hijos fieles, y respetuosa, comprensiva y paciente, en su invitación cordial a quienes todavía no lo son: Reanudaremos, como ya anunciamos, la celebración del Concilio ecuménico; y esperamos de Dios que este gran acontecimiento confirme en la Iglesia la fe, no se debiliten las energías morales, rejuvenezca las formas y las adapte a las necesidades de nuestro tiempo, y así la presente más atractiva a los hermanos cristianos separados de su perfecta unidad” (4).

Con estas palabras, Pablo VI no rechazaba la orientación preferentemente religiosa y doctrinal que dio al Concilio san Juan XXIII, pero subrayaba su apertura al hombre de nuestro tiempo (católico o todavía no), que en realidad constituye la “verdadera religión”.  Fue el anuncio de lo que sería una constante en su pontificado papal, como lo había sido en su ministerio episcopal en Milán. Pablo VI iba a ser el Papa de la renovación de la Iglesia, del camino decidido hacia la unión con los hermanos separados, del diálogo con el mundo contemporáneo y del servicio al hombre. 

Discurso de Pablo VI en la sede de la ONU en Nueva York en 1965

“Yo, Pablo, Obispo de la Iglesia Católica”: con estas sencillas palabras terminan todos los documentos del Vaticano II: las 4 Constituciones, los 8 Decretos y las 3 Declaraciones, que fueron apareciendo en las sesiones segunda (1963), tercera (1964) y cuarta (1965) del Concilio. El Papa Pablo promulgaba así los documentos oficiales del Concilio Ecuménico Vaticano II, que comenzó a presidir el primer día de la segunda sesión, 29 de septiembre de 1963. En su discurso inaugural, dijo el Papa: “Los fines principales de este Concilio, por razones de brevedad y de mejor inteligencia, los reduciremos a cuatro puntos: el conocimiento, o si se prefiere de otro modo, la conciencia de la Iglesia, su reforma, la reconstrucción de la unidad de todos los cristianos y el coloquio de la Iglesia con el mundo contemporáneo” (5). Con mirada retrospectiva, veía así los trabajos del Vaticano II, en su discurso en la última jornada de trabajo del Concilio, 7 de diciembre de 1965: “Los documentos conciliares sobre la Revelación Divina, sobre la Liturgia, sobre la Iglesia, sobre los Sacerdotes, sobre los Religiosos, sobre los Laicos, dejan clara la evidencia de esta intención religiosa primaria” (6).

Todo el pontificado de Pablo VI está marcado por el Vaticano II: lo presidió empuñando el timón con mano firme, promulgó todos sus documentos y dedicó el resto de su pontificado a aplicar lo que en las cuatro sesiones del Concilio habían deliberado y aprobado los más de dos mil quinientos obispos que, llegados de los cinco continentes, representaban a la Iglesia universal.

En la última homilía de San Pedro y san Pablo -su onomástico-, el 29 de junio de 1978, solo cuarenta días antes de su muerte, destacó Pablo VI lo más importante de su pontificado, comenzando por sus encíclicas y exhortaciones apostólicas, entre ellas, la insuperable Evangelii nuntiandi. Luego alude al más completo “Credo” o “Símbolo de la fe” de la Iglesia:  “Pero sobre todo, no queremos olvidar aquella nuestra "Profesión de fe" que, el 30 de junio de 1968, pronunciamos solemnemente en nombre y cual empeño de toda la Iglesia como Credo del Pueblo de Dios, para recordar, para reafirmar, para corroborar los puntos capitales de la fe de la Iglesia misma, proclamada por los más importantes Concilios Ecuménicos, en un momento en que fáciles  ensayos doctrinales parecían sacudir la certeza de tantos sacerdotes y fieles y que requerían un retorno a las fuentes” (7). Hay que reconocer una lamentable realidad: ¡qué poco se ha hablado de este “Credo”, el más completo y actual, que contiene todo lo que el católico debe conocer y creer como doctrina de la Iglesia!  Pablo VI trabajó a conciencia en la redacción del Credo del Pueblo de Dios, no solo para pronunciarlo solemnemente en la basílica de San Pedro, sino para que todo cristiano lo tuviera a mano y lo leyera a menudo, como la mejor síntesis de la fe católica.

Suerte muy distinta ha tenido la famosísima encíclica Humanae vitae, que Pablo VI tuvo el coraje de promulgar por el sagrado deber de conciencia de proponer la Verdad sobre la generación humana en defensa de la vida: ha tenido muy amplia repercusión, tantas veces negativa. Se refiere a ella al final de su vida, con estas palabras: “La defensa de la vida debe comenzar desde las fuentes mismas de la existencia humana. Ha sido esta una enseñanza importante y clara del Concilio, el cual, en la Constitución pastoral Gaudium et spes, advertía que "la vida, una vez concebida, debe ser protegida con el máximo cuidado; el aborto, lo mismo que el infanticidio, son crímenes abominables" (Gaudium et spes, 51). No hicimos otra cosa más que recoger esta consigna, cuando publicamos la encíclica Humanae vitae: inspirados en la intocable doctrina bíblica y evangélica que convalida las normas de la ley natural y los dictámenes insuprimibles de la conciencia sobre el respeto de la vida, cuya transmisión ha sido confiada a la paternidad y a la maternidad responsables. Aquel documento resulta hoy de nueva y más urgente actualidad por las heridas que públicas legislaciones han causado a la santidad indisoluble del vínculo matrimonial y a la intangibilidad de la vida humana desde el seno materno (8).

 Después de la experiencia tan dolorosa ante la reacción que despertó la Humanae vitae no publicó más encíclicas: en menos de cuatro años, del 6 de agosto de 1964 (Ecclesiam suam) al 25 de julio de 1968 (Humanae vitae) promulgó todas sus encíclicas, algunas tan importantes como la Populorum progressio, o la Ecclesiam suam.  Las reacciones contra la Humanae vitae fueron numerosas y de hondo calado. Para la ONU, amenazaba su clamor y su campaña contra la superpoblación de la tierra, y los grupos que defendían la contracepción y el aborto atacaron la encíclica al unísono. Pero lo que más dolió al Papa fueron las críticas que hubo dentro de la Iglesia, por parte de sacerdotes, grupos de laicos, y algún miembro de la jerarquía que defendió la relativización del contenido de la encíclica apelando a la "conciencia individual": entre ellos, los cardenales: Julius Döpfner, arzobispo de Múnich, o Bernhard Alfrink, arzobispo de Utrecht, y  la conferencia episcopal francesa, que tuvo que ser rectificada desde las páginas de L´Osservatore Romano. La beatificación y canonización de Pablo VI ponen las cosas en su sitio, para quien quiera ver en la historia la mano de Dios, autor de los dos milagros de curación de dos fetos: san Pablo VI dio su vida por la Verdad y por la Vida.

Aplicación del Concilio

El Vaticano II fue clausurado por Pablo VI el 8 de diciembre de 1965. Los obispos regresaron a sus diócesis, y el Papa se quedó en la suya, Roma, para seguir al frente de la Iglesia y aplicar las decisiones del Concilio. Estas son las más importantes, tratadas ampliamente en la obra  Pablo VI. Escritos esenciales (Voz de Papel) (9). Creación de nuevos organismos, nuevos ministerios y servicios y la renovación de los libros litúrgicos. Creó el Sínodo de los Obispos, la Pontificia Comisión para las Comunicaciones Sociales, el Pontificio Consejo Cor unum, el diaconado permanente, los nuevos Años Litúrgicos, Calendario Romano, Misal Romano, Oficio Divino, y las dos Congregaciones vaticanas Del Culto divino y De las Causas de los Santos (antes eran la Sagrada Congregación de Ritos). Renovación de la doctrina eclesial sobre la Penitencia y las Indulgencias.

1. Visitó y dirigió los primeros discursos papales, en sus sedes, a las más altas instancias internacionales: la Organización de las Naciones Unidas, ONU (1965), y la Organización Internacional del Trabajo, O.I.T. (1969) (10). Entre sus creaciones están la Jornada Mundial de la Paz que se celebra cada 1 de enero, y la Comisión Pontificia “Justicia y Paz”.

2. El 5 de enero de 1964 tuvo lugar en Jerusalén el histórico abrazo al Patriarca Atenágoras I, con quien firmó un acuerdo conjunto con la derogación de los decretos de mutua excomunión que las Iglesias católica y ortodoxa habían promulgado en el año 1054, inicio del Cisma de Oriente.

3. Enamorado ardiente de Cristo y de María: destacan sus homilías antológicas del himno a Jesucristo en Manila, y su Canto a Nazaret y a María, Madre, Señora y Dueña de la Casa. Proclamó a María Madre de la Iglesia, al final de la tercera Sesión del Concilio, y dejó a la Iglesia una de las más logradas síntesis de la doctrina mariana: la exhortación Marialis cultus.

4. El Colegio cardenalicio se internacionalizó. Fue perdiendo su aplastante mayoría italiana y ha hecho posible que los tres últimos Papas hayan sido de Polonia, Alemania y Argentina.

5. Convocó seis consistorios, entre 1955 y 1977, con la creación de 143 nuevos cardenales de todo el mundo. El de 1976, de los 20 nuevos cardenales, 5 eran africanos. 

6.  Fue el primer Papa peregrino: comenzó por Tierra Santa, en la que tuvo el encuentro, el abrazo con Atenágoras (1964), y siguió por Bombay (Congreso Eucarístico Internacional, 1964), Nueva York (ONU, 1965), Fátima (1967), Estambul, Éfeso y Esmirna (1967), Bogotá (1968), Ginebra (1969), Uganda (1969), y Asia Oriental, Oceanía y Australia (1970). A pesar de su expreso deseo de visitar a “mis queridos hijos de España”, no vino, por la oposición del Jefe del Estado.

El sufrimiento, que fue consumiendo su vitalidad, forma parte destacada del pontificado de san Pablo VI. Cuando le quedaban menos de cuarenta días de vida terrena, decía él mismo en su última homilía en la basílica vaticana, describiendo su trayectoria papal:

 “He ahí, hermanos e hijos, el propósito incansable, vigilante, agobiador que nos ha movido durante estos quince años de pontificado. Fidem servavi, [he guardado la fe], podemos decir hoy, con la humilde y firme conciencia de no haber traicionado nunca "la santa verdad" (A. Manzoni). Queremos hacer una llamada, angustiada sí, pero también firme, a cuantos se  comprometen personalmente a sí mismos y arrastran a los demás con la palabra, con los escritos, con su comportamiento, por las vías de las opiniones personales y después por las de la herejía y del cisma, desorientando las conciencias de los individuos y la comunidad entera. En este empeño generoso y lleno de sufrimientos de magisterio al servicio y en defensa de la verdad, consideramos imprescindible la defensa de la vida humana” (11). Y en su Testamento (1965 y 1972), desde la belleza de la vida humana afronta la muerte: “Fijo la mirada en el misterio de la muerte y de lo que a esta sigue en la luz de Cristo, el único que la esclarece; y, por tanto, con confianza humilde y serena. Percibo la verdad que para mí se ha proyectado siempre desde este misterio sobre la vida presente, y bendigo al vencedor de la muerte por haber disipado sus tinieblas y descubierto su luz. Por ello, ante la muerte y la separación total y definitiva de la vida presente, siento el deber de celebrar el don, la fortuna, la belleza, el destino de esta misma existencia fugaz: Señor, te doy gracias porque me has llamado a la vida, y más aún todavía, porque haciéndome cristiano me has regenerado y destinado a la plenitud de la vida” (12).

Aun en los momentos más duros de su existencia, jamás perdió su entusiasmo por la vida. En su espléndida Meditación ante la muerte, hace este bello canto a la vida: Esta vida mortal es, a pesar de sus vicisitudes y sus oscuros misterios, sus sufrimientos, su fatal caducidad, un hecho bellísimo, un prodigio siempre original y conmovedor, un acontecimiento digno de ser cantado con gozo y con gloria: ¡la vida, la vida del hombre! (13).

El 14 de julio de 1978 se trasladó a la residencia papal de Castelgandolfo. A las tres semanas, el 4 de agosto, tras una audiencia que concedió a Sandro Pertini, nuevo Presidente de la República Italiana, manifestaba síntomas de cansancio y problemas de respiración. El día 6, domingo, intentó dirigir la alocución sobre la Transfiguración que tenía preparada y rezar el Ángelus con los peregrinos. Pero no tuvo fuerzas para levantarse de la cama. La fiebre inició una escalada continua de subidas. A las 18 horas siguió con toda la atención que pudo desde la cama la misa que celebraron para el enfermo. Poco después de terminar, del diálogo con Jesús-Eucaristía pasó a un coma irreversible por un agudo infarto de miocardio. A las 21,40 volaba al cielo el Papa de la vida. 

El 19 de octubre de 2014 fue beatificado por el Papa Francisco, quien fijó para el 14 de octubre de 2018 la canonización de Giambattista Montini: ¡San Pablo VI!

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  1. 1. MARTÍNEZ, Emilio: Santa Teresa del Niño Jesús, en “Nuevo Año Cristiano”, tomo 10, p. 31, 1 octubre. EDIBESA, 2001.
  2. 2. VATICAN II. L’Integrale. Introd. de Christoph Theobald, S.J. Bayard compact, París 2002. Introd., pp. IV-V, XIV-XVIII.
  3. 3. BEATO PABLO VI. Escritos esenciales. Vozdepapel, Madrid 2014, p. 309.
  4. 4. BEATO PABLO VI. Escritos esenciales. Vozdepapel, Madrid 2014, pp. 9-10.
  5. 5. Ibid.. p. 316, n.16. Texto completo del discurso, en: BEATO PABLO VI. Escritos esenciales. Vozdepapel, Madrid 2014, pp. 311-328.
  6. 6.BEATO PABLO VI. Escritos esenciales. Vozdepapel, Madrid 2014, p. 330, n.72. Texto completo del discurso, en pp. 329-336.
  7. 7. BEATO PABLO VI. Escritos esenciales. Vozdepapel, Madrid 2014, p. 444, n.263. Texto en español, ibid. 293-301. AAS 56,1964, pp.809-659.
  8. 8. Homilía retrospectiva de Pablo VI, en: BEATO PABLO VI. Escritos esenciales. Vozdepapel, Madrid 2014, p. 445, n. 265b. Texto de la encíclica Humanae vitae, ibid. , pp. 157-177.
  9. 9. II Parte, pp. 303-440.
  10. 10. Textos de ambos discursos en español, o.c., pp. 421-440.
  11. 11.Ibid. p. 443. Texto íntegro del Testamento, pp. 441-446              
  12. 12.Ibid., p..453, n. 276.13. Ibid., p. 448, n.268.

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