Frente al feminismo radical y la confusión de géneros, el escritor y periodista Denis Tillinac propone, fiel a sí mismo y desafiando la corrección política, un viaje intelectual singular al Eterno Femenino, asumiendo a necesaria singularidad de hombres y mujeres frente al empeño de que desaparezcan todas las diferencias. Así es como se presenta Elle. Éloge de l'Éternel Fémenin [Ella. Elogio del Eterno Femenino], último libro de este ensayista y novelista francés de 71 años, director durante tres lustros de la célebre editorial La Table Ronde y antiguo colaborador de Jacques Chirac. "La especificidad de nuestra civilización nace del culto a la Virgen", le dice a Eugénie Bastié en una entrevista en Le Figaro:

-Usted dedica su ensayo al Eterno femenino. ¿Cómo define usted este Eterno? ¿No se debería hablar, más bien, de "misterio", so pena de caer en el esencialismo?

-Hablo de "Eterno femenino" porque es el penúltimo verso del Fausto II de Goethe, que termina con una invocación a la Virgen: "Se torna en hacedero, lo inaccesible aquí; lo Eterno femenino elévanos tras sí". Este Eterno no es la mujer ideal. Es un llamamiento, un impulso, una fuerza ascensional, un capacidad propia del femenino de suscitar en nosotros, lo masculino, lo que es más diligente, más ligero, más sublime. Más tarde, he encontrado un poema en prosa del teólogo Teilhard de Chardin en el que exalta a la mujer como mensajera de nuestras aspiraciones más triviales. He descubierto, leyendo sobre todo la poesía china y japonesa, que esto era específico de la civilización judeocristiana occidental.

-Usted insiste sobre la figura de María, que ha marcado nuestra cultura con una forma concreta de feminidad. ¿En qué?

-Cuando era niño, tenía en mi habitación una pequeña Virgen de plástico fluorescente, de una estética discutible, que mi abuela me había traído de Lourdes. Sentía que ella me protegía, me comprendía, que era como yo. La especificidad de nuestra civilización nace del culto a la Virgen, en paralelo al de María Magdalena, lo que ha creado en el imaginario masculino una especie de respetuoso asombro ante la encarnación de la ternura, la pureza, la llamada al absoluto. Esta noción de pureza es fundamental. Porque el deseo carnal del hombre no es inocente. Aquí es donde está el doble error de la generación del 68: haber creído en la inocencia del deseo y en la creatividad del inconsciente.

-Usted afirma que, a la inversa, no existe eterno masculino. ¿Por qué?

-El príncipe azul puede tener varias formas: desde el caballero de la Edad Media al playboy, pasado por el bobo [burgués bohemio, hippy-chic], el dandy, el futbolista. El hombre en sí, la virilidad, no son portadores de nada que vaya más allá de sus funciones antropológicas: la protección, la fuerza. Necesita siempre del femenino para alcanzar las virtualidades espirituales, afectivas, estéticas, ideales. El eterno femenino es una creación del imaginario masculino. La mujer se nos escapa y, asimismo, es la página en blanco en la que grabamos las más bellas representaciones de nuestro ensueño.

-La literatura y el arte ocupan un lugar predominante en su ensayo. ¿Hay un vínculo entre la feminidad y la creación artística?

-Claro que lo hay. Toda nuestra historia del arte, incluso el barroco, está en deuda con el culto a la Virgen. En este libro hago una reflexión sobre la iconoclastia. El judaísmo, el islam, pero también el protestantismo, rechazan la idea de representar lo invisible, lo divino y, por consiguiente, en paralelo, la feminidad. El momento cumbre de la historia de nuestra civilización es la victoria contra los iconoclastas, en Bizancio, en el siglo VIII. Sin embargo, desde los cistercienses a la Reforma hasta el arte abstracto, esta tentación subsiste.

-"Durante mucho tiempo he detestado el feminismo", escribe usted. ¿Por qué? ¿Ha cambiado de opinión?

-El feminismo de la generación del 68 es demasiado cautivo de la idiotez beauvoiriana según la cual "la mujer no nace, se hace". No es verdad: nacemos mujer u hombre, incluso si los roles difieren según las distintas culturas. Encontraba más interesante el feminismo, ciertamente impregnado de freudo-marxismo, vinculado a las diferencias femeninas que profesaba Antoinette Fouque, por ejemplo.

»Sin embargo, creo que la historia de la emancipación femenina se inscribe en nuestra historia en paralelo a la de este eterno femenino. Tiene su origen en el cristianismo y, sobre todo, en la frase de San Pablo: "No hay hombre y mujer" (Gal 3, 28). La civilización cristiana es la única en la que la mujer no tiene un papel predeterminado. Es la Iglesia la que, en el siglo XIII, establece el sacramento del matrimonio (*), matrimonio basado en el consentimiento. Es la Iglesia la que ha puesto a las mujeres en primer lugar en la historia gracias a las santas. Y esto a pesar de que los teólogos de los primeros siglos, como ha demostrado de manera sobresaliente Sylviane Agacinski, retrasaron un poco el proceso.

(*) Nota de ReL: El sacramento del matrimonio fue instituido por Jesucristo. Tillinac se refiere probablemente a las Decretales del Papa Gregorio IX en 1234, recopilación canónica que precisó enormemente la disciplina de la Iglesia respecto al consentimiento matrimonial.

-La liberación sexual que desvincula la sexualidad de la procreación, ¿no ha sido negativa para las mujeres? Sin caer en el puritanismo, ¿no tenemos derecho a hacer balance de esta revolución?

-El acto sexual está ritualizado en todas las sociedades. La nuestra es la primera sociedad en la que la sexualidad está desvinculada de la fecundidad y, por ende, de lo sagrado. Hemos suprimido todas las mediaciones que frenaban el deseo, y hemos descubierto qué es la sexualidad fuera de toda cultura: Sade y sus fantasmas de crueldad y destrucción, pura pulsión. La sexualidad tiene que ver con mancillar, con la muerte y el pecado. Pero también con el ideal de una fusión, de una eternidad. Cada hombre está habitado por un Sade y un Mauriac, por una pulsión de apropiación y por un freno ante la pureza. No hay nada inocente en todo esto.

»Hemos querido acabar con esta ambivalencia para, así, considerar la sexualidad como un instrumento de realización personal igual a otros. Esta visión higienista de la sexualidad es profundamente falaz. Creo que la banalización de la sexualidad es una amenaza seria, casi tanto como el transhumanismo, que grava sobre la condición humana. A cambio de esta banalización del deseo, el neofeminismo produce una "masculinofobia". El hombre es un violador potencial, por lo que, como ha dicho recientemente una neofeminista, hay que ampliar las aceras. Ya no debemos rozarnos. Y, sin embargo, este rozamiento continuo era el centelleo de nuestra civilización.

-En su opinión, la alteridad de los géneros es la base de nuestra civilización. ¿Por qué?

-La globalización de los imaginarios está a punto de igualar los psiquismos. Estamos amenazados por el reino de lo indiferenciado. Ahora bien, lo indiferenciado produce caos y violencia. Creo, como Lévinas, que la alteridad es creadora. Alteridad del rostro, pero también alteridad de género. Preservar esta alteridad del género se ha convertido en una misión de la civilización. El fin programado de las bodas inmemoriales de lo masculino y lo femenino sería una tragedia.

-Usted se ha mostrado bastante optimista sobre el futuro de las mujeres musulmanas que, en su opinión, acabarán ciñéndose a los códigos de libertad occidentales. ¿No es ingenuo pensar así?

-En nuestra tierra, la sociedad de consumo y del espectáculo ha acabado, en cuarenta años, con veinte siglos de cristianismo. Nike, Adidas y el Mac World acabarán rápidamente con el islam. El gran reemplazo que temo es el de la era de la civilización por un totalitarismo técnico-mercantil.

Traducción de Elena Faccia Serrano.