Este martes 13 de marzo se pone a la venta El Santo. La revolución del Padre Pío (Temas de Hoy), la nueva aportación del escritor y periodista José María Zavala al conocimiento de San Pío de Pietrelcina (18871968), en el siglo Francesco Forgione. Según Javier Sierra, Premio Planeta 2017, Zavala consigue en este texto contagiar al lector "su fascinación por uno de los grandes hombres del siglo XX". Junto a nuevos testimonios y documentos inéditos descubiertos por Zavala en el convento capuchino donde vivió casi toda su vida religiosa, el libro incluye 150 fotografías desconocidas del santo.

Este año se conmemoran los cincuenta años de su fallecimiento y el centenario de la aparición de sus estigmas en manos,  pies y costado. Con ese motivo el próximo sábado el Papa se desplazará a Pietrelcina, donde nació, y a San Giovanni Rotondo, centro de peregrinación mundial aún en vida del santo, y donde fundó el hospital Alivio del Sufrimiento, su obra no directamente espiritual más característica.

Allí será donde, el próximo 29 de marzo, Zavala presente su libro en presencia del director del hospital, Domenico Crupi, de su director de Comunicación, Giulio Siena, y del obispo de Manfredonia-Vieste-San Giovanni Rotondo, Michele Castoro.


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Por cortesía del autor y de la editorial, ReL ofrece a sus lectores en primicia dos hechos extraordinarios recogidos en él: sendas resurrecciones obtenidas por intercesión del Padre Pío, cuyo relato recogemos directamente del texto de Zavala.



Durante mi estancia en San Giovanni Rotondo, aproveché para visitar de nuevo en su casa a la viuda de Giuseppe Sala, el médico personal del Padre Pío.
 
Ana María Sala –apellidada Ghisleri, de soltera– es ya una anciana nonagenaria, en el ocaso de su vida. Su longevidad se la debe al Padre Pío. Todavía hoy recuerda, impactada, el accidente de automóvil que marcó un antes y un después en su atareada existencia de madre de familia numerosa.
 
Corría el verano de 1965…
 
–Acompañé entonces a mi marido a Nápoles –recuerda ella–, donde Giuseppe debía pronunciar una conferencia sobre cardiología. Me hacía ilusión, siempre que podía, escaparme con él aunque fuera unas horas porque su absorbente trabajo nos impedía estar juntos en el hogar durante el día. La conferencia se alargó más de lo previsto y tuvimos que regresar demasiado tarde a San Giovanni Rotondo. Pronto se nos hizo de noche. Era una noche oscura, sin apenas luna. Giuseppe conducía muy deprisa, deseoso de llegar a casa cuanto antes. Viajábamos a bordo de nuestro Citroën DS plateado, grande y espacioso por dentro cuando, de repente, Giuseppe se salió de la carretera en una curva cerrada, empotrándose contra una enorme cosechadora.
 
–¡Dios mío! –exclamo–. El golpe debió de ser terrible…
 
–Todavía me duele –bromea Ana María, gesticulando con los brazos, como si el mundo entero estuviese a punto de caérsele de nuevo encima. ¿Ha visto alguna vez una trilladora? –pregunta.
 
–Sí, claro –asiento–. Aunque sea de ciudad, recuerdo haberla contemplado a mi paso por algún pueblo.
 
–Pues aquella era de un tamaño descomunal. Por la propia inercia del choque, todo el mecanismo de transporte y almacenaje, incluida la parte de la cabina, se desplomó sobre el lado derecho del coche. Quedé atrapada en el asiento del copiloto sin poder moverme. Lo que sucedió a continuación debió contármelo ya Giuseppe…
 
–¿Perdió el conocimiento?
 
–Estaba muerta.
 
–¿Cómo dice?
 
–Lo que oye: acababa de fallecer. Giuseppe se apresuró a auscultarme con su estetoscopio y comprobó, descorazonado, que ya no respiraba ni tenía pulso.
 
Ante él yacía el cadáver sanguinolento de su mujer, atrapado entre un amasijo de hierros, sin que el médico del Padre Pío pudiese hacer ya nada por ella. Su impotencia le hizo golpear a Giuseppe las piedras a puntapiés y gritar con rabia y lágrimas en los ojos: “¡Padre Pío, cómo has dejado que sucediera esto! ¡Me prometiste que Ana María y yo estaríamos juntos hasta la vejez con nuestros siete hijos! ¡Y ahora qué hago yo…!”.


El Padre Pío junto a su médico y amigo, el doctor Giuseppe Sala.
 
–Giuseppe atisbó entonces –prosigue Ana María– las luces de un coche que venía de frente. El vehículo se detuvo y su conductor reconoció enseguida a mi marido:
 
»–¿Qué ha sucedido, doctor? –inquirió el paisano, nervioso.
 
»–Ayúdeme a sacarla de aquí. Está muerta… Vamos a llevarla al hospital –dijo el doctor, desconsolado.
 
»Mientras intentaban sacarme del coche –agrega Ana María–, mi marido reparó en que tenía colgado del cuello un pequeño objeto que brillaba en la oscuridad. Se acercó a mí para distinguirlo mejor y comprobó que era una medallita azul. Cuando lograron finalmente extraerme del vehículo tras grandes dificultades, percibieron ambos un tenue lamento que salía de mi boca. Mirándose atónitos, me subieron con cuidado al Citroën para conducirme hasta el puesto de socorro más cercano. Una vez allí, le indicaron a Giuseppe que me llevase al hospital del Padre Pío, advirtiéndole de que no sobreviviría probablemente a esa noche.
 
»Me operaron de urgencia, a vida o muerte. Permanecí cuatro días enteros sin poder hablar durante el postoperatorio. Hasta que por fin fui capaz de preguntarle a mi marido:
 
»–Giuseppe, ¿dónde están mis medallas?
 
»Él me las entregó, pero enseguida se disculpó porque faltaba la medallita azul que relumbraba en el interior del vehículo accidentado.
 
»–¿Azul…? –repliqué yo, sorprendida–. Yo nunca he tenido una medallita azul.
 
»–¡Era de la Virgen de Lourdes! ¡Yo la vi, te lo juro! ¡La llevabas puesta junto a las otras! –adujo él.
 
»Lo primero que hizo Giuseppe al verme restablecida fue visitar al Padre Pío para darle las gracias. El Padre Pío se limitó a responderle: “Yo no tengo nada que ver. Ha sido la Virgen de Lourdes…”».
 

José María Zavala, en uno de los archivos de San Giovanni Rotondo, donde ha pasado en los últimos años varios periodos de investigación y estudio.
 

“Todo es un juego de amor”. El Padre Pío resumía en esta sola frase toda su vida marcada por el sufrimiento. ¿Y qué mayor prueba de amor que devolverle la vida a alguien como Pauletta Preziosi, terciaria franciscana y madre de familia muy querida en San Giovanni Rotondo, a imagen y semejanza de como hizo Jesús, según nos cuenta el evangelista San Lucas, con la hija de Jairo, el jefe de la sinagoga?

Recordémoslo si no:
 
“Estaba él [Jesús] todavía hablando, cuando llegó uno de la casa del jefe de la sinagoga diciendo:
 
»–Tu hija ha muerto. No molestes ya al Maestro.
 
»Pero Jesús, al oírlo, le dijo:
 
»–No temas, basta que creas y se salvará.
 
»Después de llegar a la casa, a nadie permitió que entrara con él, excepto a Pedro, Juan y Santiago, y al padre y a la madre de la niña [San Marcos nos indica que tenía doce años]. Todos lloraban y plañían por ella. Pero Él dijo:
 
»–No lloréis, no ha muerto, está dormida.
 
»Y se reían de Él, sabiendo que estaba muerta. Él, tomándola de la mano, dijo en voz alta:
 
»–Niña, levántate.
 
»Volvió a ella su espíritu, y se levantó al instante; y mandó que le dieran de comer. Sus padres quedaron asombrados; pero él les ordenó que no dijeran a nadie lo que había sucedido».
 
La historia volvía a repetirse así dos mil años después con Pauletta Preziosi.
 
El Padre Pío la cubría de los mejores piropos: los del alma. Decía así de ella: “Unas conciencias tan delicadas como la de Pauletta confunden al confesor, que no encuentra en ellas nada que absolver”.
 
Si la salud del alma de Pauletta era excelente, la del cuerpo no lo era en cambio tanto. Durante una Cuaresma, ella había sufrido una pulmonía doble, con graves complicaciones. Los médicos consideraban que su caso era desesperado. Agotados los remedios de la ciencia, sólo quedaba el recurso a los sobrenaturales.
 
El marido de Pauletta acudió así con sus cinco hijos al convento para suplicarle al Padre Pío que la curase. El mar de lágrimas del padre y de los chiquillos inundó de emoción al capuchino, que lloró como Jesús cuando supo que su amigo Lázaro había muerto.
 
Entretanto, las numerosas amigas de Pauletta, congregadas a la entrada de la clausura, imploraban también al Padre Pío que la sanase. El capuchino las escuchó meditabundo antes de proclamar, convencido:
 
–Ella resucitará el día de Pascua.
 
Pero el Viernes Santo, el estado de Pauletta empeoró. Perdió el conocimiento y, en la madrugada del sábado, entró en coma. Desesperados, algunos miembros de su familia subieron al convento para formularle al Padre Pío una última súplica. Ignoraban que la enferma ya no daba señales de vida. Los que permanecieron al pie de su cama, custodiándola entre rezos, se dispusieron a ponerle su vestido de novia como mortaja, creyéndola muerta.
 
A esa misma hora, Emanuele Brunatto llegó al convento y se encontró en el pasillo con el Padre Pío, dirigiéndose a celebrar los oficios matutinos.
 
El Padre –recordaba Brunatto– estaba alterado: me asió del brazo hasta hacerme daño y, casi gritando, me conminó: “¡Reza, reza, reza! Está a punto de morir”.
 
Entretanto, en la iglesia repleta de fieles, los padres y las amigas de Pauletta lloraban y rezaban en voz alta. De repente, enmudecieron. El Padre Pío, más pálido que de costumbre, acababa de salir al altar. En el rezo del Gloria, mientras repicaban las campanas de la Resurrección, el Padre Pío se quedó sin voz, con la garganta anudada…
 
En aquel preciso instante, Pauletta abrió los ojos en su casa, se incorporó de la cama, apartó las sábanas y, postrándose en el suelo, entonó tres veces seguidas el Credo. ¡Había vuelto a nacer!
 
Días después, el Padre Pío explicó:
 
–Ya no podía más. Esos niños, ese pobre hombre llorando amargamente me desgarraron el corazón. Así que me dirigí a San José: “No puedes dejarles sufrir de ese modo… Llévatela contigo o cúrala, te lo suplico”.
 
Quienes se disponían a introducir a Pauletta en el interior del ataúd, el sábado por la mañana, no tuvieron la menor duda de que habían presenciado una resurrección en toda regla. ¿Y qué dijo la protagonista? Se limitó a comentar que había sido arrebatada a una gran luz sobrenatural. ¿No significaba eso acaso que había vuelto a nacer…?

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