Al historiador y superventas inglés Tom Holland le pasó como a Napoleón: ambos, en sus lecturas infantiles, se enamoraron de los grandes hombres del pasado pagano, griegos y romanos, y en comparación el mundo bíblico, judeocristiano, les parecía poco interesante.

En Napoleón, una vida, de Andrew Roberts, se recuerda que el joven corso, a los 11 años, estudiando en una escuela de frailes franciscanos para hijos de nobles, renunció al cristianismo cuando alguien le dijo que sus admirados César o Alejandro Magno ardían en el infierno porque no conocían a Jesús. Toda su vida fue vagamente deísta. En sus últimos días, en Santa Helena, tuvo capellán, se confesó y recibió la extremaunción.

Ahora Tom Holland, otro enamorado de griegos y romanos desde la infancia, explica en un artículo de New Statesman que ha tenido gran eco el “Por qué me equivoqué con el cristianismo”.

El popular autor de Milenio, Rubicón, Fuego Persa y A la sombra de las espadas, que en España publica Planeta, cuenta que, después de muchos años de estudiar y admirar a los antiguos, ha comprendido que la moral más humana, la que ha mejorado el mundo, es la cristiana.


“Primero fueron los dinosaurios”, escribe Holland. Su padre era ateo, pero su madre anglicana lo llevaba de niño a la “escuela dominical” (una catequesis infantil de los domingos) y allí vio en un libro infantil poco serio a Adán y Eva paseando con un braquiosaurio. A sus 6 años él sabía suficiente historia para saber que los humanos y los dinosaurios no coincidieron nunca. Y le indignaba ver que al maestro no le molestaba en absoluto. Fue su primera duda sobre la fe.

“Mi obsesión por los dinosaurios –glamurosos, feroces, extintos– enlazó sin dificultad con mi obsesión con los antiguos imperios”, escribe. Tardaría décadas en entender que también esos imperios eran glamurosos, extintos… y monstruos feroces.

Cuando leía la Biblia, al pequeño Tom le aburrían Israel y Jesús con sus discípulos… le gustaba mucho más leer de sus fascinantes adversarios: egipcios, asirios y romanos. “Aunque vagamente continuaba creyendo en Dios, lo encontraba infinitamente menos carismático que mis dioses favoritos del Olimpo: Apolo, Atenea, Dionisos… En vez de dictar leyes y condenar a otros dioses como demonios, ellos preferían disfrutar. Y si eran vanidosos, egoístas y crueles, eso simplemente aumentaba su encanto de estrellas de rock”.


Después pasó a leer a los grandes historiadores ilustrados de finales del siglo XVIII, como Edward Gibbon, y aceptó sus doctrinas que aseguraban que la Antigüedad clásica estuvo llena de grandeza y de virtudes, que se perdieron por culpa del cristianismo y sus “Eras Oscuras” medievales, hasta que sólo la modernidad fue recuperando esa virtud de los antiguos.

“Mi instinto infantil de que Dios era ese enemigo de la libertad y la diversión quedó racionalizado. La derrota del paganismo nos arrojó al reino de Nobodaddy [nombre despectivo para la divinidad usado por el poeta William Blake a finales del siglo XVIII], y todos los cruzados, los inquisidores y los puritanos de sombreros negros que eran sus acólitos. Le habían quitado la emoción y el color al mundo”.


Después ya empezó a publicar libros de divulgación histórica: primero Rubicón, sobre la Roma de Cicerón (siglo I a.C), después Fuego Persa, sobre el choque entre la “libertad” griega y el “despotismo” oriental de Persia.
Leónidas y sus hoplitas, Julio César y sus legiones
… le fascinaban… “y no dejaban de parecer poseídos por las características de un depredador cumbre, como un tiranosaurio”.



Pero pasaban los años, y Holland aprendía más y más de esa Antigüedad... y algo le preocupaba. “Cuanto más me sumergía en el estudio de la antigüedad clásica, más ajena e inquietante la encontraba. Los valores de Leónidas, cuyo pueblo practicaba una forma de eugenesia peculiarmente asesina, y entrenaba a sus jóvenes para matar de noche untermenschen [infrahombres, humanos inferiores], no podía reconocerlos como míos. Ni los de César, de quien se informa que mató a un millón de galos y esclavizó a un millón más. No solo esos extremos de insensibilidad lo que me asombraba, sino la falta de conciencia de que los pobres o débiles tuvieran algún valor intrínseco.


A la luz de los datos históricos, Holland, ya historiador veterano, concluyó: “La idea fundacional de la Ilustración de que no debía nada a la fe en la que sus mayores figuras nacieron cada vez me parecía más insostenible”.


 
Escenas de la película "300" sobre cómo los espartanos examinaban a sus bebés y arrojaban a la muerte a los que les parecían "débiles"; también la Roma clásica admitía sin pestañear el abandono de bebés para que mueran y se asombraba de que los cristianos lo condenaban


Holland pone el ejemplo de del ácido ilustrado Voltaire (16941778), que intentaba buscar las fuentes de sus principios éticos en cualquier lugar que no fuese el cristianismo, “no solo en la literatura clásica, sino en la filosofía china o su propio poder de raciocinio”. Y, sin embargo, Holland defiende que las motivaciones de Voltaire eran reconociblemente cristianas, al menos en parte.

 Con la autoridad de quien lleva toda su vida sumergido en la mentalidad de los antiguos, Holland escribe: “En el mundo antiguo el papel de los dioses era mantener el orden del universo infligiendo castigos… no sufrirlos ellos mismos”.

Por eso, “la noción de que un dios podía sufrir tortura y muerte en una cruz era tan chocante como para parecer repulsiva. A nosotros, nuestra familiaridad con la narración bíblica de la Crucifixión nos dificulta entender  hasta qué punto Cristo era una deidad completamente novedosa”.


Holland invita a reconocer que son los dos milenios de cristianismo lo que ha conformado nuestra moral. “Es la principal razón por la que la mayoría de nosotros, en sociedades postcristianas, aún damos por supuesto que es más noble sufrir que infligir sufrimiento. O que asumimos de forma generalizada que cada vida humana tiene igual valor. En mi moral y mi ética, he aprendido a aceptar que no soy griego ni romano en absoluto, sino profunda y orgullosamente cristiano”.


Ya en diciembre de 2013 Tom Holland habló de su acercamiento a la ética cristiana, sin terminar de dar un paso a la fe (que debe ser sobrenatural) en una entrevista con Alom Shaha, ateo inglés de familia musulmana de Bangla Desh y autor de un “Manual del joven ateo”.

Hay una especie de agujero persistente con forma de de Dios al fondo de mi mente, y la plantilla de Dios que uso para llenarlo es cristiana. Yo podría leer la narración de la Pasión, ir a la iglesia en Pascua, y sentir que es verdad, sentir que sus verdades articuladoras me afectan más de lo que puedo decir con palabras… Me siento en comunión con la enorme herencia de la fe cristiana, lo encuentro conmovedor, y en esos momentos me pregunto ‘¿es esto creer en Dios?’”, explica el historiador al entrevistador ateo.

Pero luego añade: “No he visto evidencia que me satisfaga de que exista nada sobrenatural. No he visto pruebas de Dios”.

En esa entrevista explica que su padre era ateo pero su madre era “una anglicana devota”. “Mi modelo de gentileza y bondad deriva de ella… siempre asocié el anglicanismo con la bondad y decencia y generosidad de espíritu y compasión, nunca tuve esa asociación visceral del cristianismo con la represión, el dogma o la mente estrecha”.


También en esta entrevista Holland acude a su visión de Cristo  como historiador. “Jesús, la figura de Cristo, funcionó frente a la crueldad de los dioses griegos, los del mundo clásico. Me gustó la idea de una fe que tiene en su centro una deidad omnipotente que es humillada y machacada, porque eso canaliza el tipo de miedo que tengo a cómo funciona el mundo, a la crueldad del mundo”.

Y señala diferencias con el Islam, que ha estudiado para otros de sus libros de historia: “Una diferencia obvia es que el Cristo de los Evangelios no ofrece una plantilla de cómo debe regirse un Estado cristiano; hay una dimensión de lo espiritual y otra de lo secular, algo que se ha marcado profundamente en la cultura occidental”. El cristianismo, dice, ha aportado lo secular a la humanidad.




Como historiador, repasa el pasado para compararlo con el presente y tratar de orientarse hacia el futuro. En un artículo en First Things de agosto de 2016 recuerda cómo el obispo San Ulrico frenó a los bárbaros húngaros en Augsburgo en el año 955, y cómo llegó el Emperador Odón con la lanza de Cristo a la batalla y los venció. Todo eso, con ecos de "El Señor de los Anillos".

A partir de ese momento, señala él, la Cristiandad ya no dejó de extenderse y los bárbaros no dejaron de retroceder. Cincuenta años después, los mismos húngaros, con su rey Esteban a la cabeza, se hacían católicos en masa e ingresaban en esa comunidad plurinacional, la Cristiandad. Lo mismo pasaba con los paganos escandinavos.

La Cristiandad resistió a los mongoles, y si bien los otomanos la presionaron, desde su asedio fracasado a Viena en 1683 (desmantelado por el rey polaco Juan Sobieski) quedó claro que ya no serían una alternativa.

Después llegaron las terribles guerras mundiales y Europa se miró a sí misma con horror. Además, “el auto-odio europeo se abonó con el colapso de los imperios británico, francés y holandés y la llegada a Europa Occidental de grandes números de inmigrantes de países no europeos”.

Europa se avergonzó de sí, dejó de presentar como héroes a sus grandes hombres del pasado y “cruzada pasó a ser una palabra sucia”.



 Escultura icónica de San Esteban, rey de Hungría; en el año 950 los húngaros eran jinetes bárbaros saqueadores; en el año 1000, con San Esteban, son un pueblo más de la Europa cristiana


Pero el caso es que los medievales pudieron integrar a pueblos muy diversos en lengua y costumbres dentro de Europa mediante la fe cristiana y civilizar naciones de saqueadores. ¿Qué tienen los occidentales de hoy para integrar a los millones que llegan a sus fronteras? “Ya todo el Este está en movimiento”, dice Holland citando El Señor de los Anillos, con sus huestes de invasores que llegan de más allá de la oscura tierra de Mordor.


Cuando en 2003 se preparaba un borrador de constitución para Europa, se mencionaba la deuda de Occidente con la antigua Grecia y Roma, se alababa la Ilustración, pero se impidió cualquier mención a las raíces cristianas. Es decir, “entre Marco Aurelio y Voltaire todo se clasificaba como atraso y superstición”, denuncia Holland.

Y, sin embargo, Europa bebe de la Biblia, insiste el historiador: “Sirvió para otorgar a los débiles, a los pobres y a los necesitados una valía que nunca antes tuvieron”.

Y analiza luego el mandato de Cristo: “amad a vuestros enemigos”. “Un mandato así, como muchos que Jesús dio, puede parecer tan contraintuitivo que parezca imposible de cumplir, y sin embargo ha aportado la guía moral a las élite de toda Europa para acomodar a los inmigrantes que llegan de fuera de la tradición cristiana”.


Holland prosigue: “Al hundirse el nazismo, ningún texto hizo más para apuntalar la construcción de una nueva identidad multicultural para el continente que el Sermón de la Montaña. No basta con que los europeos toleren las distintas culturas: deben aprender a respetarlas y abrazarlas. ‘No tenemos demasiado Islam’, dijo la canciller Angela Merkel, ‘lo que tenemos es demasiado poco cristianismo”.

Un político asociado a Merkel, Rainer Eppelmann, pastor protestante que la conoce bien, señala que a ella desde niña le impresionó el Sermón de la Montaña. “El mensaje era: amarás al prójimo como a ti mismo, no sólo a los alemanes; Dios ama a todos”.

A Holland le parece curioso que Viktor Orbán, el Primer Ministro húngaro, dude de la capacidad de integrar a los inmigrantes no bautizados. Orbán se declaraba ateo hasta hace pocos años. Y Hungría padeció bajo los otomanos hace no tanto. Pero precisamente fue bautizándose como los húngaros, los eslavos, los escandinavos ingresaron en Europa.

Holland señala que el emperador Odón derrotó a los húngaros paganos, pero “él nunca dudó de que se pudieran integrar en su reino. El bautismo permitía a cualquier pagano que lo deseara entrar a formar parte del pueblo cristiano”. 


Pero hoy, cuando no hay ritual similar en Occidente, ¿qué se puede hacer? ¿Las clases que dan a inmigrantes en Noruega sobre consentimiento sexual, o las de Austria que enseñan que es admisible que dos hombre se besen en la calle?, se plantea Holland con sorna.  

“Si las ideas de libertad y tolerancia no logran aceptación universal, puede que sea necesario de nuevo reconocer explícitamente que la fe cristiana fue la fuente de la que brotaron y puede aún ser su principal pilar”, plantea Holland. Y cuidado con los antiguos: eran crueles, y no valoraban al pobre ni al débil. 


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