Al acercarse la proclamación de Santa Hildegarda de Bingen como doctora de la Iglesia en 2012, la escritora y pianista italiana Lucia Tancredi explicó en una entrevista en Città Nuova cómo esta santa polifacética -música, herbolaria, filósofa, abadesa- la cautivó y cómo quiso explorar su figura en un libro que hoy se puede disfrutar en español: Hildegarda, el poder y la gracia (Ciudad Nueva).




-Satisfacción por el reconocimiento a una mujer cuyos documentos, libros y testimonios, ya en el siglo sucesivo al de su muerte, acaecida en 1179,  eran mirados con sospecha y desconfianza. A una mujer, en esa época, le bastaba poco para ser acusada de ser una bruja: vivir sola, buscar hierbas en el bosque, leer.

»Hildegarda no amaba las mortificaciones y la espiritualidad con la impronta del concepto de culpa. Fundaba sola sus monasterios, vestía a sus monjas con hábitos verdes, no les cortaba el cabello, dejaba que se pusieran perlas y flores para que no se avergonzaran de su belleza y juventud. Había acuñado la palabra "viriditas", para significar la lozanía siempre verde de la naturaleza y la virginidad como fidelidad de cada mujer a sí misma.


Hildegarda, en la película alemana de 2009 "Visión"

»Hildegarda hacía que sus monjas estudiaran, escribieran, se movieran haciendo figuras de danza y, sobre todo, que cantaran la música que escribía para ellas. Tenía un gran talento para la felicidad. Había elaborado un método de curación natural convencida de que para llegar a Dios era necesario tener también buena salud.

»Es evidente que tanta libertad en una mujer resultaba desestabilizadora y peligrosa: este es el motivo del silencio que ha rodeado su figura y gran parte de su obra.

»Ha sido necesaria la llegada de un Papa alemán que no sólo la confirmara como Santa, sino que además le concediera el título más prestigioso: el de doctora de la Iglesia, reconociendo así su autoridad intelectual y el alto magisterio de su enseñanza.
 

- Dice la filósofa francesa Julia Kristeva, autora de una bellísima biografía sobre Santa Teresa de Ávila, que no somos nosotros los que buscamos a las místicas, sino que son ellas las que nos persiguen.

»Al principio las místicas parecen distantes, absortas en sus vidas tan distintas de nuestras existencias enmarañadas y distraídas. Después, lentamente, se instalan dentro de nosotros, se convierten en nuestras coinquilinas, amigas, hermanas, cómplice esa doble ciudadanía con la cual se configura a menudo la vida de una mujer: la exterior, dedicada a los otros, y la escondida, en la que cada una debe enfrentarse con su excessus, con su potencia.

»Las místicas saben muy bien que las mujeres no son tranquilas, timoratas, que están satisfechas de sus límites. Las mujeres están siempre desequilibradas hacia el amor.

»Después de Yo, Mónica, dedicada a la madre de San Agustín, me llegó de Ciudad Nueva la propuesta de una biografía sobre Hildegarda. De ella no sabía casi nada y me negué. En el caso de Mónica, me tuve que enfrentar a la falta de fuentes; en el caso de Hildegarda, era lo opuesto: sus summae enciclopédicas, sus innumerables textos, las poderosas biografías de personajes históricos con los que había tenido contacto, Federico Barbarroja, Bernardo de Claraval, Leonor de Aquitania. Era un trabajo que no quería aceptar. En cambio, allí donde fuese veía el nombre de Hildegarde o la encontraba en los libros. Sin darme cuenta, ya estaba dentro del trabajo.


 

-El caso de Hildegarda es emblemático. Precisamente ella, que se había rodeado de vírgenes sabias, cómplices, educadas en los conocimientos de los sentidos más sutiles, con las que se comunicaba en una lengua secreta, había dictado o inspirado su biografía sólo a secretarios hombres como Gottfried y Wilbert de Gembloux, primero y Teodorico de Ecternach después.

»He imaginado que hubiera podido dictar su biografía más íntima y privada a una de sus pupilas como Adelheidis, futura abadesa de Gandersheim, que se quedó junto a ella hasta la muerte. Tal vez en Adelheidis he querido ocultarme yo misma. También yo he sido una especie de escriba, un jarrón para sus palabras.
 
»Cuándo escribía acerca de Mónica, me consta que su fe tenía más dudas que certezas y estaba desprovista de soportes teológicos. ¿Qué pasó mientras profundizaba sobre Hildegarda?

»Sigo teniendo mis dudas acerca de los soportes teológicos, de una cierta codificación de la Iglesia y de la inevitable estructuración mundana. Mi fe, en cambio, se ha reforzado con la convicción de que las mujeres tienen con Dios una confianza a veces sorprendente, que tiene poco que ver con reglas y soportes. La teología de las mujeres es una especie de teología fabulosa en la que se hacen "obreras del pasaje", manteniéndose abiertas al misterio, siguiendo el ejemplo de María de Nazaret.


 

-Las  místicas deberían ser iconos de la modernidad. De Mónica a Teresa y a Hildegarda, todas tienen características comunes: estaban obligadas a roles, dentro de reglas, muros y gineceos, a menudo enfermas –o, como habría dicho Freud, histéricas-; y sin embargo, desafiaban al mundo, fundaban monasterios, viajaban, hablaban con Papas y emperadores.

»Sobre todo, buscaban el alma mediante el cuerpo. Hoy nosotras, las mujeres, pensamos que sabemos todos acerca del cuerpo: lo velamos y desvelamos, lo vendemos, lo esculpimos con el bisturí, pero del cuerpo no sabemos nada. Hildegarda habla del cuerpo no como una materia opaca, sino como algo que puede ser soplado, arrastrado por vórtices de energía, curado, algo que puede ser un calco del cuerpo mismo del mundo.

»La bella profecía de Hildegarda es la de un hombre hecho luz, capaz de mantenerse fiel a las enseñanzas de la justicia y de convertir el hierro de las armas en instrumentos para acercarse a la tierra.

»La gracia especialísima que me ha dado Hildegarda es la de la escritura. Por la mañana llegaba tarde al colegio, impartía mis clases y corría a recoger a mi hijo, para luego empujar un carro de la compra; pero una parte de mí permanecía aún dentro de la página que había escrito en cuanto me había despertado, en el silencio de la casa: Hildegarda, por la noche, en su estudio alrededor de un brasero junto al secretario Volmar y a la fidelísima Richardis mientras escribe o compone música; de vez en cuando llega del bosque cercano el canto de un búho o la carrera lejana de una manada de gamos y, en esa celda afelpada, estos sonidos de la Naturaleza proporcionan una aguda sensación de existir en la gracia de Dios.

 (Traducción del italiano por Helena Faccia Serrano, diócesis de Alcalá de Henares)

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Hildegarda, el poder y la gracia

Editorial Ciudad Nueva
I
SBN: 978-84-9715-269-3
256 páginas
14 X 21
16 euros