El viernes 29 se estrenó en Estados Unidos Jane got a gun [Jane cogió un arma], una película que demuestra la perennidad del western y su intrínseca proyección moral. Dirigida por Gavin O´Connor, presenta la odisea de Jane (Natalie Portman) en su lucha contra una banda de forajidos. Para defender de ellos a su familia pedirá la ayuda de su antiguo novio (Joel Edgerton), quien, aunque odia a su marido, no la abandonará ante sus enemigos.



Tenemos, pues, todos los elementos de una trama clásica del Oeste, en cuyo guión ha participado el mismo Edgerton, un actor, productor y director australiano de 41 años cuya carrera está tomando velocidad de crucero y parece muy a gusto profundizando en dilemas que obligan a sus personajes a elegir entre el bien y el mal y a enfrentarse a sus responsabilidades y a sus culpas.


Edgerton fue educado católicamente y, aunque dejó de ir a misa, la fe recibida sigue dejando su huella.

Siempre que le preguntan por la presencia de las cuestiones morales en sus películas responde lo mismo: "Crecí como un joven católico. Recuerdo unos fuertes sentimientos de culpa cuando era niño, a veces respecto a cosas mínimas, y me pregunto si no hay algo de eso que aún actúa en mí".


Pero no en forma hostil. Basta recordar Felony [El rastro del delito], una película de 2013 de la que fue guionista bajo la dirección de Matthew Saville, donde ambos parecen empeñados en que tengamos claro que "los buenos" son buenos católicos.



Edgerton interpreta a un héroe de la Policía que deja malherido de forma accidental a un niño en un accidente de tráfico cuando conducía bajo los efectos del alcohol. Avisa a emergencias pero, temeroso de las consecuencias, oculta que el responsable fue él, comenzando un periodo de tortura moral porque sabe que ha obrado mal.

Es un policía honesto e íntegro y un buen padre de familia. Hay una escena en la que, sin decirlo expresamente, se le caracteriza como católico, al ponerse de manifiesto (sin más sentido en la trama que dicha caracterización) que su mujer y él no usan métodos anticonceptivos sino que recurren a métodos naturales de control de la natalidad. Una escena realmente llamativa en la cinematografía actual.

¿Quién es el único que duda de la versión de Edgerton? Otro joven policía honesto e íntegro, interpretado por el también australiano Jai Courtney (el hijo de Bruce Willis en La jungla: un buen día para morir). La película nos deja claro que ese compañero es también católico: un pequeño crucifijo preside su mesa y cuando acude a pasar el domingo con sus padres y hermanos, cuñados y sobrinos, nos encontramos una familia numerosa en plena comida dominical tras un plano que parece no tener otro objeto que mostrarnos un cuadro en el pasillo de San Gabriel de la Dolorosa (18381862), patrono de la juventud católica italiana.

Dos católicos que son "los buenos" (la mentira del primer poli supone para él un remordimiento constante, lo contrario de un cínico)... y hay algún signo más de cristianismo en El rastro del delito:  cuando se llevan al niño al hospital, los dos enfermeros, uno a cada lado de la ambulancia, hacen una cruz. "Eso tampoco es casualidad", dice sonriendo el director, Matthew (Matt) Saville, en una entrevista.



También Saville tiene su historia: "No soy tradicional, pero sí chapado a la antigua", reconoce. Proviene de una familia de seis hermanos, y cuando decidió que quería pasar el resto de su vida con quien es hoy su esposa, la compositora Bryony Marks, sólo puso una condición: "Le dije que si íbamos a tener hijos, teníamos que estar casados". Así fue, y hoy tienen dos.

En cuanto a Edgerton, después de El cuerpo del delito su línea de trabajo ha continuado: la mentira, la culpa, la redención personal. "Tiene que ver con mis años de joven, cuando iba a la iglesia, y una especie de super-conciencia de estar siempre bajo la mirada de Dios", explica.

"Todos somos falibles. El verdadero crimen es cómo manejas la responsabilidad y qué integridad eliges. ¿Qué crimen merece qué castigo? ¿Cómo puedes redimirte asumiendo tu responsabilidad?", se pregunta. En la línea de una experiencia juvenil que le marcó: su padre le hizo una pregunta y abrió ante su hijo un dilema. "Podía mentirle, librarme del asunto [que no detalla] y no tener que rendir cuentas. O podía decir la verdad, lo que en aquel momento suponía un auténtico marrón y atravesar un pedregal", recuerda. Eligió decir la verdad. "Recuerdo el peso de aquel momento" que, confiesa, fue decisivo en su vida.

Como en la de sus personajes, a quienes somete a situaciones parecidas, ya sea como director, guionista o actor. En la violentísima Black Mass [Estrictamente criminal], dirigida en 2015 por Scott Cooper y que coprotagoniza con Johnny Depp, los personajes se mueven "en una atmósfera inequívocamente católica" (señala Catholic News Service), porque la acción transcurre en el mundo del hampa irlandesa de Boston: salvo eso, "la película presta relativamente poca atencion a la fe".


Johnny Depp y Joel Edgerton en Black Mass [Estrictamente criminal].

Sin embargo, en La extraña vida de Timothy Green, de Peter Hedges, que protagonizó en 2012 junto a Jennifer Garner, hay quien rastrea analogías cristianas. Es, desde luego, un emotivo canto al amor familiar, aunque en él Joel se limita a interpretar.



Nada que ver con The Gift [El regalo], que se estrena en España el 18 de marzo y donde hace de director, guionista y protagonista. Un thriller psicológico de psicópata al asalto de un feliz matrimonio, que llega precedido por excelentes críticas y donde Edgerton vuelve a presentar un personaje en conflicto con las culpas del pasado.

Por cierto, que la hermana Helena Burns, de las Hijas de San Pablo, fan de las películas de Edgerton, nos advierte de que no veamos el tráiler, porque contiene spoilers, esto es, cuenta más de lo debido sobre los elementos-sorpresa del film. En el cual -marca de autor- se nos plantean algunos dilemas morales: "¿Qué pasa cuando nos empeñamos en mantener a toda costa una filosofía podrida de la vida? ¿En qué medida somos responsables de cómo moldeamos la vida de los demás, la afectamos y posiblemente la arruinamos?".


Estamos, pues, ante un cineasta que aún tiene mucho que decir, y en cuyas obras, aun si no explícitamente religiosas, cuanto dice delante y detrás de la cámara lleva la imprenta moral de un católico, y una expresión visual y argumental hasta ahora muy respetuosa con la fe.

No es extraño, por tanto, que su presencia encaje bien en Jane got a gun, un western clásico. Género que, en opinión de Itxu Díaz, se nutre de "respeto a la familia, a los mayores, a los valores tradicionales y a la religión en una oda constante a la superación y a la valentía, en una exaltación de la generosidad y de la fortaleza en la que al héroe se le presenta, no como un hombre perfecto, sino como un hombre coherente, real, responsable, sin doblez, que quiere alcanzar el bien y que para hacerlo está dispuesto a luchar contra sus propios defectos cuando sea necesario".


En su libro sobre la vida de numerosos famosos que han encontrado a Dios (Dios siempre llama mil veces, con prólogo de Javi Nieves, publicado por Encuentro), Itxu Díaz dedica un capítulo especial al western como género de neta impronta moral, y a John Wayne, converso al catolicismo en el lecho de muerte, como su exponente más sublime.

Alcanzar a John Wayne, James Stewart o Gary Cooper, que encajan a la perfección en ese retrato, no es fácil, pero da la impresión de que Joel Edgerton está dispuesto a intentarlo.