El 15 de septiembre de hace ochos años moría, después de una larga lucha contra un tumor («el alien» lo llamaba ella), la gran periodista italiana Oriana Fallaci.

Monseñor Rino Fisichella, actualmente presidente del Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización, que la conoció en los últimos años de su vida y la acompañó con su amistad hasta la muerte, ha compartido con Tempi.it su recuerdo personal de la escritora florentina.


-Por pura casualidad. Todo nació después de una entrevista que había concedido al Corriere della Sera y en la que respondí a una pregunta sobre ella. Pues bien, ella me escribió una bonita carta y nos conocimos: una relación que duró hasta su muerte. Una amistad hecha de cartas, recuerdos, encuentros, largas conversaciones telefónicas. Y hecha también, como dos amigos cualquiera, de muchas confidencias que se pueden hacer sólo al amigo y al sacerdote.

-Tuvimos ocasión de hablar mucho sobre la fe. Oriana Fallaci había sido bautizada y había recibido la comunión y la confirmación. La fe estaba en ella, como una identidad cristiana: una identidad que siempre reencontraba, por cultura y formación, en todo Occidente. Más bien al contrario, Oriana acusaba a Occidente de haber olvidado esta identidad religiosa propia.

»A un primer periodo de fe, de niña, le siguió, ya adulta, el alejamiento, el periodo de la no práctica de la fe y, en muchos aspectos, un "abandono". Pero después, como todos, también para Oriana llegó un tercer momento, el del deseo de creer. Lo que puedo decir es que pienso de verdad que vivió los últimos años de su vida con el deseo de creer, que tal vez permaneció tal, un deseo, pero que fue muy importante.

»Para ella era una verdadera "nostalgia de Dios". No es casualidad que utilice este término: “nostalgia” indica el dolor por el retorno. Y en Oriana era muy fuerte el dolor, más que el sentido de un retorno. El deseo de Dios provocaba en ella, efectivamente, un dolor porque no podía acoger hasta el fondo la profesión de fe.



-¡Me confiaba tantas cosas y me daba tantos juicios sobre las personas, no siempre benévolos! Oriana, en los últimos años, sentía en particular un fuerte entusiasmo por sus orígenes, que desembocó en su novela póstuma, incompleta, Un sombrero lleno de cerezas. En mi opinión, allí se encuentra claramente la Oriana que conocí en el último periodo de su vida. Estaba muy orgullosa de Carta a un niño que no llegó a nacer, hablaba a menudo de él y recuerdo que le regaló una copia a Benedicto XVI cuando le visitó. También estaba orgullosa de Un hombre.

»Pero Oriana emerge muy bien en otros libros en los que relata su trabajo como corresponsal. En ellos se percibe, por ejemplo, lo combativa que era. Amaba ser combativa. En su último libro, creo yo, se manifiesta un último pedazo de ella: un profundo sentido de pertenencia a una familia, a una historia, a un territorio y, por lo tanto, a una cultura.

-Sí. Seguramente se sintió atacada visceralmente por el 11 de septiembre de 2001. Vivía en Nueva York, sentía la ciudad como una segunda casa y estaba orgullosa de ello. Por esto ese suceso la afectó tanto. Se sintió atacada sobre todo como ciudadana del mundo y de allí surgió su rabia, su fuerza, su valentía al expresar una razón sin recurrir a lo políticamente correcto. Pero nadie podía esperar que una persona con la historia de Oriana no se expresara con toda la fuerza y la vehemencia que la distinguían. Sufrió mucho por los ataques que le llegaron y, en especial, porque no conseguía hacer entender el grave peligro proveniente de estas "facciones" del islam que atentan contra la paz y el sistema internacional.

-Sin duda Oriana ha tenido una dimensión de previsión. Obviamente, la “cura” que ella proponía para la “patología” no podía ser aceptada de manera tan pacífica por todos. La terapia que Oriana proponía era muy radical y yo mismo, en varias ocasiones, disentía de su análisis, por lo que varias veces fui el objeto de sus “gritos” y de la acusación de no entender hasta el fondo lo que ella decía.

»No es que yo no entendiera. El problema es que no compartía la terapia, pero en su diagnóstico había plena participación. Oriana no era una mujer de medias tintas y tampoco era fácil al compromiso. Era muy radical y, sobre algunos aspectos en particular, muy combativa.

»Pienso que Oriana, ante los fenómenos que vivimos hoy, no hubiera aceptado jamás la distinción entre células o facciones enloquecidas e islam. Pero hay que reconocer también que no se puede admitir una lectura en sentido único en la gran galaxia islámica.

(Traducción de Helena Faccia Serrano, Alcalá de Henares)