La francesa Anne-Marie Pelletier, exegeta de renombre, es la primera mujer que recibe el Premio Ratzinger. Lo recibirá el próximo 22 de noviembre «por sus trabajos sobre hermenéutica y exégesis bíblica, pero también por haberse dedicado a la cuestión de la mujer en el cristianismo y en la Iglesia», ha anunciado el cardenal Camillo Ruini, presidente del comité científico de la Fundación Ratzinger.

De 68 años de edad, madre de tres hijos, agregada de Literatura moderna y doctora en Ciencias de la Religión, es la primera mujer en recibir este premio considerado como el “Nobel de la Teología”.

Enseña desde 1993 Escritura y hermenéutica en el Studium de la Facultad de Notre Dame, el actual Colegio de los Bernardinos. Ha sido directora de estudios en el Instituto Europeo de Ciencias de la Religión, en la Ecole Pratique des Hautes Etudes (EPHE). En diversas obras ha abordado la cuestión de las mujeres en la Iglesia: Le christianisme et les femmes (2001) y Le signe de la femme (2006).

-El Premio Ratzinger que acaba de recibir recompensa su recorrido atípico, de la literatura a la hermenéutica bíblica… ¿Qué la impulsa?
-Mi vida profesional como profesora e investigadora está atravesada en el fondo por dos poderosas líneas. La primera es la literatura, el “amor a las Letras” según una antigua expresión, que me cautivó en la adolescencia y me llevó a estudiar Letras y a presentarme a oposiciones. En los años 70 las ciencias del lenguaje tuvieron un desarrollo estimulante. He sido feliz ejerciendo la enseñanza de la lingüística y la poética en la Universidad y descubriendo también nuevos caminos para la lectura. Me ha gustado también hacer sentir a los estudiantes el placer de un texto y el poder de las literaturas que ponen en palabras, cuestionándola, la vida y la historia de los individuos y las sociedades.

La segunda línea que ha atravesado estos decenios de mi vida es una pasión aún más radical: las Escrituras Bíblicas. Es una antigua pasión que hunde sus raíces en algo muy modesto. Pienso en esas veladas cuyo centro era la Biblia en una parroquia de la periferia parisina. Eramos un grupo muy reducido de adolescentes. Un sacerdote, hombre de gran cultura, nos acompañaba y acogía nuestros apasionados debates en los que se cruzaban Sartre, Camus, Beauvoir y los textos de la Biblia. Allí aprendí a saborear las Escrituras, su capacidad de vibrar en nuestro tiempo presente, incluso donde la fe cristiana es ajena. ¡Conservé este aprendizaje para el futuro!

»Incluida la universidad donde, en los años 90, creé un proyecto que proponía trabajar la Biblia a estudiantes de Letras. Proyecto que no podía darse por descontado, porque el Libro estaba exiliado del mundo universitario, laicidad obliga. En todo caso, fue a partir de esta época que en mi trabajo empezaron a converger la literatura y la exégesis bíblica, a través de lo que se ha convertido en un centro de interés mayor: la cuestión, a la vez literaria y filosófica, de la interpretación de las Escrituras.



-Usted ha impartido clases, y aún lo hace, tanto en la universidad pública como en el mundo eclesiástico… ¿Qué le aportan estos mundo distintos?
- Efectivamente, amo abrir la Biblia ante públicos distintos. Cada nuevo auditorio hace que la descubra de manera distinta, o que descubra un poco más de lo que ya había entendido hasta ese momento.

»Por esto, recientemente he propuesto unas conferencias al Instituto Europeo de Ciencias de la Religión, en el seno de la École Pratique des Hautes Études (EPHE), que profesa una laicidad puntillosa. Al mismo tiempo trabajaba, y lo sigo haciendo, para auditorios confesionales. Unos son monásticos, otros son lo de un studium de seminario, el del Colegio de los Bernardinos, en París.

»De alguna manera, esta “polivalencia” es una realidad de mi vida, en parte fruto de las circunstancias, pero que progresivamente se ha convertido en una elección, una opción intelectual y espiritual, que me parece rica de sentido. Me recuerda la figura bíblica de la Sabiduría, que el libro de los Proverbios describe apostada en la entrada de la ciudad, en los puntos de paso y de encuentro, allí donde se hacen los intercambios en las relaciones de mestizaje. En este sentido, efectivamente amo pasar las fronteras, experimentar o suscitar el vínculo entre mundos que se bordean sin hablarse forzosamente. ¡La Biblia es un interfaz notable!

-Usted es una mujer, profesora en dos instituciones - la Universidad y la Iglesia católica - donde los lugares de responsabilidad están ocupados normalmente por hombres. ¿Cómo vive usted está casi singularidad?
-Tuve la suerte de recibir un encargo oficial de responsabilidad en el seno de un mundo eclesial que es, incontestablemente, sobre todo masculino. Es obvio que me otorgan una confianza de la que hago experiencia y en la que se incluyen tareas de “autoridad” espiritual que durante mucho tiempo han sido reservadas a los clérigos. Por consiguiente, no sufro personalmente esa marginación que sufren algunas mujeres en la Iglesia. Ello no me impide ver los problemas y desear una evolución… aunque yo no me identifico con un feminismo cristiano de combate. Simplemente, ¡porque no veo como éste podría estar de acuerdo con el espíritu del Evangelio!

»Estoy convencida de que las grandes evoluciones de fondo dependen de ritmos lentos, ¡en todo caso, más lentos que nuestra impaciencia! Constato que en los últimos decenios, para quien quiera verlas, se han puesto en marcha, precisamente, algunas evoluciones. Evidentemente, estas no han resuelto todavía todos los problemas. Pero deben darnos confianza. Me impresiona el número de mujeres que se dedican a estudiar teología al lado de los hombres.

»Es obvio que hay que asegurar que ellas puedan, seguidamente, vincularse al trabajo de la Iglesia, que puedan acceder a verdaderos lugares de responsabilidad que les permitan una eficacia real. Entiendo que ésta es también la preocupación del Papa Francisco. Y esto es también motivo para mí de confianza.

»Sin embargo, está claro que sobre la cuestión hombres-mujeres nos enfrentamos con un problema que tiene una profundidad antropológica que sobrepasa soluciones simplemente funcionales. Las Escrituras bíblicas expresan esto con una clarividencia notable. En su apertura, en el libro del Génesis, ellas sitúan esta relación bajo el signo del “muy bueno”. Pero muestran también que en la vida tal como la vivimos esta relación ¡es un nudo de problemas!

»La Iglesia está presa en este desafío de encontrar y mostrar los caminos de una experiencia justa en la relación hombre-mujer. Esto no ha sido nunca sencillo, pero es también por esto por lo que es una piedra de toque del anuncio cristiano de la salvación. El Papa Francisco lo recuerda con fuerza: sea lo que sea lo que se haya hecho hasta ahora, queda por abrir una obra. Dicho de otro modo, tenemos trabajo ante nosotros.

-Usted ha escrito sobre el lugar de las mujeres en la historia del cristianismo...
-Mi tesis sobre el Cantar de los Cantares me hizo hacer experiencia de la acogida generosa que las Escrituras pueden hacer de lo femenino. Feliz experiencia, pues las mismas Escrituras pueden ser a menudo copiosamente misóginas. Pienso que esto se encuentra en la historia del cristianismo. Creo que encontramos esta mezcla de estima de las mujeres y de denigración, que a veces raya el menosprecio.

»Encontramos la coexistencia de modelos de vida femeninos sometidos y acosados con ejemplos de vidas ardientes, audaces y en contacto directo con la historia. Esto debe ser también un poco verdad a escala de la gran historia.

»Siento una gran admiración por las mujeres en general. ¡Decirlo no quita nada a la estima que siento por los hombres! Se trata en cambio de ser consciente de esta inmensa historia de vida, a menudo escondida pero muy real, que las mujeres construyen y custodian en la vida cotidiana de las sociedades. En este sentido, no hay historia perdida de las mujeres.

»Pero, ciertamente, hay que liberar un potencial de invención, de creatividad al servicio del futuro, del que las mujeres son portadoras y del que se privan nuestras sociedades cada vez que las maltratan o las humillan.

-Usted acaba de recibir el Premio Ratzinger. ¿Qué le aporta la teología de Benedicto XVI?
-Pienso ante todo que tenemos la suerte de ser cristianos en una época donde se han sucedido grandes Papas. Ciertamente, sus perfiles son diferentes. Y es bueno que así sea; es incluso un buen signo. En lo que respecta a Benedicto XVI, me impresiona sobre todo el increíble vigor de un cristiano eminente que lanza todas sus fuerzas en el debate entre fe y razón, tan necesario en nuestra coyuntura cultural actual.

»Nos deja grandes textos que testimonian su pasión para que pongamos en marcha lo que la Encíclica Fides et Ratio de Juan Pablo II ya nos indicaba como tarea. Debemos mantener firmes en este diálogo entre fe y razón, pero también debemos seguir en la brecha para hacer que entren en diálogo la fe y la cultura.

»Es esta otra magistral lección del Papa Benedicto XVI, esta vez en su Discurso al Colegio de los Bernardinos, en ocasión de su viaje a Francia en 2008. Nos repitió en especial la necesidad de arraigo, no para repetir el pasado, lo que sería mortal, sino para sujetarnos al presente y encontrar los caminos de un futuro que sea verdaderamente humano.

»Y esto a pesar de lo que nosotros percibimos como amenazas e incluso si los tiempos son a veces desconcertantes y el futuro poco legible. Este programa también me parece esencial. ¡No deberíamos dudar de lo que el Evangelio contienen de novedad, de recursos de energía!

-Después de este premio, ¿tiene usted otros proyectos?
- ¡El año que viene lo tengo ya muy programado! Mi proyecto: intentar seguir siendo cristiana y, por lo tanto, pensar en cristiano, en la medida de lo posible, las realidades de nuestro mundo tal como ellas se nos presentan.

(Traducción de Helena Faccia Serrano, Alcalá de Henares)