Les sonará raro el titular, pero es que no hace mucho estuve tomándome un café con mi compañero de blog Alex Navajas en la conocida tienda sueca. Como siempre acabamos hablando más de lo divino que de lo humano, y la conversación derivó hacia el tema de cómo tienta el diablo hoy en día.

Decir que el diablo tienta con los pecados y pasiones es un lugar común que todos reconocerán y muy poca gente se atrevería a negar. El caso es que nos pareció muchísimo más interesante preguntarnos cuál es la tentación que sufren los “buenos”, aquellos que no caen en los pecados más aparatosos.

Pecadores somos todos, pero muchas veces, con eso de estar y militar en la Iglesia, uno puede sentirse un poquito mejor que el resto y no caer en la cuenta de que luchar por no pecar gravemente y cumplir los mandamientos no es suficiente si lo que se trata es de hacer la voluntad de Dios.

La cuestión empezó a ir por los derroteros de la parábola de los talentos, y así, divagando, llegamos a la conclusión de que a veces hay gente que es tentada con lo bueno, con lo santo, y con cosas que aún siendo de Dios, pueden apartarnos de escuchar la voluntad de Dios.

A veces nos creemos que la tentación está en lo malo, lo pecaminoso, y podemos olvidar que, como en la parábola, el Señor es como aquel amo exigente, que quería de sus siervos que pusieran a producir los talentos que les dio (Mt 25, 14-30).

Quizás en la Iglesia hay un montón de gente haciendo cosas buenas, pero distraídos de hacer la voluntad de Dios en sus vidas, y me cuestiono si acaso no nos pasa a todos en cierta medida.

 Así que empezamos a preguntarnos cómo tentaría el demonio y si el demonio hace lo que en inglés se llama “control de daños” (sacrificar ciertas cosas, para salvar la integridad de la misión).

El control de daños del demonio consiste en que, puestos a tentar, muchas veces prefiere la inoperancia de los buenos, y no le importa que la gente rece y haga cosas buenas, si consigue que se hagan sordos a la voluntad de Dios.

Ya lo advertía Jesucristo con aquello de “¿por qué me llamáis Señor, Señor, si no hacéis lo que os digo?” (Lc 6,46)

La conclusión es escalofriante: se puede uno pasar la vida rezando, haciendo obras de caridad, dándolo todo y al final no estar dando lo más importante, como se cuenta en 1 Cor 13: “ya podría yo hablar las lenguas de los ángeles,  profetizar, sacrificar mi cuerpo…sin caridad, de nada me sirve”.

Y lo que es más preocupante aún, se puede incluso predicar, hacer milagros sanando a los enfermos, expulsar a los demonios…en definitiva se puede actuar en nombre de Jesucristo, con su poder y su gracia, y aún así merecer el reproche de Jesús cuando dice “apartaos de mí…agentes de maldad” (Mt 7, 22-23).

Así que la tentación de los “buenos” es algo muy sutil, tanto que a nosotros no nos es dado el separar el trigo de la cizaña, y esta criba hay que dejarla para el momento de la recolección, cuando todas las obras serán expuestas a la luz.

Esto no quita, sin embargo, para que aprendamos a tener un poco de juicio crítico para entender que por mucho grupo de oración, movimiento, lugar de apariciones marianas, misa tridentina o compromiso social  y pastoral que valga, si todo eso no lleva a la voluntad  de Dios,  es una pérdida de tiempo y una distracción, cuando no un grave pecado de omisión.

Cuando ves y conoces gente en la Iglesia dispuesta a defender a capa y espada lo que viven, aferradas a sus prácticas, a sus tiempos y a sus caminos, uno se pregunta dónde queda la apertura a la voluntad de Dios, que al fin y al cabo es lo que nos enseñó Jesucristo siendo obediente hasta la Cruz.

Me imagino que Jesucristo podría haber orado más, predicado más, sanado más, profetizado más. Pero nada de eso era lo que le tocaba hacer cuando llegó su hora, la hora de hacerse obediente a la voluntad del Padre. De las muchas tentaciones que sufriría no me extrañaría que una de ellas fuera la tentación de los buenos.

Personalmente no me siento libre de esta tentación, y de hecho me preocupa ver que en momentos de mi vida actúo como un funcionario de Dios, ocupado de las cosas de Dios y la misión que me ha encomendado, pero no reposando en El ni gozándome en su Santa Voluntad.

La conclusión es que tentaciones son muchas y más sutiles de lo que pensamos. Por eso la lucha es ardua, y creo que son tiempos que necesitan de un especial discernimiento en la Iglesia, para que no nos deslumbremos a la primera de cambio por pietismos, liturgismos, ni activismos varios, que sutilmente nos pueden apartar de aquello que la Virgen María supo tan bien expresar con el “hágase en mí”.