En una ocasión encontré en internet una imagen de una cruz en cuyo interior se leía en inglés: “All you need is love. God is love. All you need is God”. Su traducción sería algo así: “Todo lo que necesitas es amor. Dios es amor. Todo lo que necesitas es Dios”. Durante algún tiempo tuve esta imagen en mi perfil de whatsapp, ya que su sencillez me cautivó y al mismo tiempo su mensaje me parecía sublime.

¿Quién no ha escuchado o leído alguna vez el famoso texto bíblico de san Pablo a los corintios que se ha denominado “Himno de la caridad”? Está presente en bodas, canciones y en multitud de situaciones o circunstancias en las que se quiere destacar la belleza del amor. Creyentes como no creyentes están de acuerdo en reconocer que el amor es lo que une al género humano y le da su auténtico valor.

“Si hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, pero no tengo amor, no sería más que un metal que resuena o un címbalo que aturde. Si tuviera el don de profecía y conociera todos los secretos y todo el saber; si tuviera fe como para mover montañas, pero no tengo amor, no sería nada. Si repartiera todos mis bienes entre los necesitados; si entregara mi cuerpo a las llamas, pero no tengo amor, de nada me serviría. El amor es paciente, es benigno; el amor no tiene envidia, no presume, no se engríe; no es indecoroso ni egoísta; no se irrita; no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad. Todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor no pasa nunca. Las profecías, por el contrario, se acabarán; las lenguas cesarán; el conocimiento se acabará. Porque conocemos imperfectamente e imperfectamente profetizamos; mas, cuando venga lo perfecto, lo imperfecto se acabará. Cuando yo era niño, hablaba como un niño, sentía como un niño, razonaba como un niño. Cuando me hice un hombre, acabé con las cosas de niño. Ahora vemos como en un espejo, confusamente; entonces veremos cara a cara. Mi conocer es ahora limitado; entonces conoceré como he sido conocido por Dios. En una palabra, quedan estas tres: la fe, la esperanza y el amor. La más grande es el amor.” (1 Corintios 13)

Quiero compartir contigo algo que he descubierto en estas líneas y que puede cambiar tu perspectiva de la vida en general, y de nuestra identidad cristiana.

Debemos partir de la verdad más importante que forma parte del primer anuncio, el kerygma, y es que “Dios es amor” (1 Juan 4,8). No podemos olvidar que el himno de la caridad del apóstol Pablo encuentra su fuente de inspiración última en el amor de Dios manifestado en Jesucristo.

Ahora viene la novedad que el texto paulino nos aporta. Yo puedo tener dones carismáticos, extraordinarios, y un gran conocimiento; sin embargo, si no tengo a Dios y Cristo no ocupa el centro de mi vida, no soy nada aunque haga mucho ruido a mi alrededor. Tú puedes ser la persona más generosa y desprendida hasta la heroicidad o el martirio; sin embargo, si no tienes a Dios y Cristo no ocupa el centro de tu corazón, siento decirte que no te sirve de nada.

San Pablo nos describe cómo es el amor de Dios (1 Corintios 13,4-7), al mismo tiempo que nos anuncia que no pasa nunca y que será lo único que permanecerá para siempre. ¿Por qué motivo el amor es un lenguaje universal para todas las personas, incluso para aquellas que no han conocido a Dios? Muy sencillo: porque hemos sido creados por amor y para amar. Por supuesto, Dios es la parte más importante de esta ecuación aunque muchos aún no lo sepan.

Cada uno de nosotros somos fruto del amor de Dios. Antes de que nos creara, nos pensó y nos soñó, y antes de soñarnos nos amó. “Ahora vemos como en un espejo, confusamente; entonces veremos cara a cara. Mi conocer es ahora limitado; entonces conoceré como he sido conocido por Dios” (1 Corintios 13,12).

Todo lo que necesita cada persona en este mundo es amor. Dios es amor. Cada persona que te encuentras en el camino de la vida necesita a Dios. Esta verdad es la pauta que debería guiar nuestra existencia y nuestra perspectiva vital. Nuestra identidad más profunda está en el amor de Dios; somos hijos de Dios por el amor que se ha manifestado en Cristo.

Cuando descubrimos esto y lo vivimos a cabalidad, ya no es posible vivir ajenos a la dimensión misionera de nuestra vocación cristiana. Afirma el papa Francisco:

“La misión en el corazón del pueblo no es una parte de mi vida, o un adorno que me puedo quitar; no es un apéndice o un momento más de la existencia. Es algo que yo no puedo arrancar de mi ser si no quiero destruirme. Yo soy una misión en esta tierra, y para eso estoy en este mundo. Hay que reconocerse a sí mismo como marcado a fuego por esa misión de iluminar, bendecir, vivificar, levantar, sanar, liberar. Allí aparece la enfermera de alma, el docente de alma, el político de alma, esos que han decidido a fondo ser con los demás y para los demás. Pero si uno separa la tarea por una parte y la propia privacidad por otra, todo se vuelve gris y estará permanentemente buscando reconocimientos o defendiendo sus propias necesidades.” (Evangelii gaudium 273)

¿Por qué crees que tantas personas que se reconocen cristianas viven una vida gris, sin pasión y sin la auténtica alegría? Es posible que no sientan la urgencia de la misión porque aún no se han encontrado con Cristo. Quizás han escuchado acerca del amor de Dios, pero todavía no son testigos de ese amor que lo cambia y transforma todo.

Cuando yo me encontré con Cristo por primera vez hace ya más de 25 años, desapareció para siempre el color gris y comencé a descubrir una vida nueva llena de color. Cuando dejas de vivir una vida en blanco y negro por el amor de Dios, hallas una nueva dimensión vital que da sentido y llena de propósito tu existencia: “Yo soy una misión en esta tierra, y para eso estoy en este mundo”.

Tú y yo somos parte de este río de Dios que da vida allí por donde pasa, según la visión del profeta Ezequiel (47,1-12). Es el amor que brota del Corazón de Dios y que se convierte en un torrente que todo lo sanea y lo alimenta. Nunca olvides que el llamado más grande que Dios te hace es a caminar con Él y tener una relación de amor que es muy real, personal y práctica. Más que ninguna otra cosa que pudieras hacer, el Señor te creó con el propósito de caminar en su amor y vivir para amarle con todo tu ser.

 

Fuente: kairosblog.evangelizacion.es